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ABC MIÉRCOLES 8 s 8 s 2007 Tribuna Abierta ESPAÑA 13 Teresa JiménezBecerril ¿Cómo que no hay nada que hacer? Hay mucho que hacer; de momento, callar a quienes nos desprecian y demostrarles de lo que somos capaces ABÍA decidido tomarme unas vacaciones mentales pero no resulta fácil cuando lees que la alcaldesa de Hernani tiene a sueldo en su Ayuntamiento a un miembro de ETA- Batasuna o que los pactos entre el Gobierno y los terroristas incluían, junto al premio político de la independencia encubierta, una remuneración económica vitalicia para los asesinos. Uno lee y aguanta, se convence de que es el momento de disfrutar del mar y de los suyos. Pero abres de nuevo el periódico y ahí está el obispo Uriarte llamando a los terroristas huidos exiliados y pidiendo comprensión para sus familiares. Respiro hondo confiando en que alguien conteste semejante indecencia. Afortunadamente, Cristina Cuesta, desde Covite, lo hace, y yo sigo de vacaciones. Cedo a la tentación de leer la prensa diaria y descubro que, según el alcalde de Vitoria, el hecho de la bandera española ondee en un cuartel de la Policía vasca no es una prioridad para los ciudadanos. Esta vez no puedo evitar responder, saltándome el retiro mental que me había impuesto, LA BANDERA DE LA DIGNIDAD H para decirle a este señor que lo que para muchos ciudadanos no tiene ninguna importancia para otros muchos, entre los que me incluyo, tiene mucha. Que un trozo de tela roja y amarilla ondee movido por el viento del norte no sería un asunto de vida o muerte si no fuera porque para tantos lo ha sido literalmente. Yo no me he olvidado cuantos han muerto por defender España: muchos no juraron dar su vida por la patria, ni jamás tocaron un arma, pero aún así trabajaron para que el nuestro fuera un país justo y libre. Y fueron amenazados, extorsionados, secuestrados y asesinados por ello. Ninguno enarbolaba una bandera cuando les mataron. Todos ciudadanos españoles, Buesa, Múgica, Pagazaurtundúa, Ortega Lara, Caballero, Casas, Portero, Miguel Ángel, Ascen, Alberto, Máximo, Silvia, Irene y tantos nombres de muchachos, niños, ancianos, políticos, jueces, fiscales, policías, guardias civiles, militares, escritores... personas cuya única culpa era vivir y creer en España. Algunos más culpables que otros a los ojos no sólo de ETA, sino de la parte marchita de la sociedad vasca, por re- presentar de manera más directa al poder central. Algunos más escogidos, otros menos, pero todos víctimas inocentes que perdieron la vida por ser españoles. En su nombre, nosotros, los que hemos corrido por ahora mejor suerte, debemos exigir que la bandera de España se vea allí donde se tiene que ver, y a quien le moleste que mire para otro lado, donde quizás tenga la fortuna de descansar su vista en la cara de los asesinos de nuestros padres, hijos y hermanos, cuyas fotos empape- lan el horizonte del País Vasco ante la repugnante indiferencia de las autoridades y vecinos. Ya que el Gobierno de España permitió en su día que la bandera de la indignidad se alzase en un gran número de municipios vascos, exijámosle hoy que muestre igual determinación en devolver algo de dignidad a aquellas tierras, de la mano de una bandera que no representa otra cosa que la libertad que los españoles nos hemos ganado a pulso y donde algunos han pagado y pagan un precio muy alto por defenderla. Es nuestro deber honrarles porque representan no sólo el dolor y el miedo que nos sigue acechando, sino el triunfo de la razón, de la justicia, de la verdad, de la nobleza y de la vida sobre la ignorancia, la injusticia, la mentira, la mezquindad y la muerte. Y yo estoy segura de que la prioridad de la mayoría de los españoles no es sólo pagar la hipoteca. Y el día que lo crea dejaré de creer en España, pero hoy todavía creo, como hacían quienes fueron asesinados por ETA y como hacen la mayoría de los ciudadanos que se sienten impotentes ante tanta provocación y tanta desidia. ¿Cómo que no hay nada que hacer? Hay mucho que hacer; de momento, callar a quienes nos desprecian y demostrarles de lo que somos capaces.