Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
4 OPINIÓN MIÉRCOLES 8 s 8 s 2007 ABC DIRECTOR: JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PRESIDENTA- EDITORA: CATALINA LUCA DE TENA DIRECTOR GENERAL: JOSÉ LUIS ROMERO Área Financiera: Jorge Ortega Área de Márketing: Javier Caballero Área Técnica: José Cañizares Área de Recursos Humanos: Raquel Herrera DIRECTOR GENERAL DE DESARROLLO: EMILIO YBARRA PRESIDENTE DE HONOR: GUILLERMO LUCA DE TENA Director Adjunto: Eduardo San Martín Subdirectores: Santiago Castelo, Fernando R. Lafuente, Alberto Pérez, Alberto Aguirre de Cárcer Jefes de Área: Jaime González (Opinión) J. L. Jaraba (España) Miguel Salvatierra (Internacional) Ángel Laso (Economía) Juan Cierco (Cultura, Ciencia y Deportes) Mayte Alcaraz (Fin de Semana) Jesús Aycart (Arte) Adjuntos al director: Ramón Pérez- Maura, Enrique Ortego y Ángel Collado Redactores jefes: V. A. Pérez (Continuidad) A. Martínez (Política) M. Erice (Internacional) F. Cortés (Economía) A. Puerta (Regiones) J. Fernández- Cuesta (Sociedad) A. Garrido (Madrid) J. G. Calero (Cultura y Espectáculos) J. M. Mata (Deportes) F. Álvarez (Comunicación- TV) A. Sotillo (S 6 y D 7) L. del Álamo (Diseño) J. Romeu (Fotografía) F. Rubio (Ilustración) y S. Guijarro CONFUSIÓN DE LENGUAS L nacionalismo en materia lingüística no sólo es una imposición contraria al pluralismo social, sino también una rémora para el desarrollo económico. Así lo denuncia la Mesa del Turismo, que representa a uno de los sectores más dinámicos e influyentes de la economía española. Aeropuertos, carreteras, mapas y otros elementos de señalización inducen a confusión a los visitantes extranjeros puesto que algunas comunidades autónomas no respetan la cooficialidad del idioma español. La dispersión legislativa provoca frecuentes conflictos, sin que desde el Ministerio de Industria se haga una labor eficaz en favor del conjunto del sector y del cumplimiento de las leyes. Los empresarios advierten de que la situación puede repercutir en inversiones futuras de entidades foráneas, sin olvidar que el turismo es un sector muy sensible al malestar de los clientes. Cuando la competencia crece de día en día y otros países ofrecen también opciones atractivas, resulta absurdo tirar piedras contra el propio tejado. El turista que busca un nombre propio y no lo encuentra por culpa de una absurda decisión política, tal vez prefiera en el futuro pasar sus vacaciones en un lugar donde no le creen problemas innecesarios. Lo mismo que la calidad de las infraestructuras o la eficacia de los servicios, las facilidades para la organización y desarrollo del desplazamiento determinan el grado de satisfacción de unos usuarios que suelen ser exigentes y que tienen a su alcance otras muchas posibilidades. Sin duda, los competidores del turismo español se estarán frotando las manos ante este gol en propia puerta que encaja nuestra industria. El nacionalismo fundamentalista hace de la lengua un arma política en contradicción con su función natural como elemento de comunicación. La lengua española ocupa una posición de privilegio en el ámbito internacional. Es absurdo desperdiciar las ventajas competitivas que ello conlleva y por eso algunos nacionalistas deberían aprender de otros modelos, por ejemplo de Irlanda o de la India, donde la lengua inglesa es uno de los secretos del éxito económico. La Constitución es muy clara al establecer que el castellano es la lengua española oficial del Estado El nombre de las localidades, el menú de los restaurantes o las cartas de servicios turísticos deberían figurar siempre en el idioma que los visitantes mejor pueden conocer e identificar, sin perjuicio de que se haga constar también en las otras lenguas. Cualquier turista sabe que no es sencillo orientarse en un país extraño, en especial cuando los carteles son confusos y no se corresponden con las guías que se manejan desde el lugar de origen o con los conocimientos más o menos amplios que se tengan de la lengua española. Algunos políticos nacionalistas ponen su aldeanismo cultural por delante de cualquier otra consideración. Por eso es muy positivo, como en este caso, que la sociedad civil llame la atención sobre los problemas que realmente importan a los ciudadanos. TURISMO Y E LA ESTÉRIL POLÍTICA IBEROAMERICANA BEROAMÉRICA se ha dividido entre los partidarios de dos modelos de sociedad: los defensores de la democracia y la economía de mercado, que buscan alianzas estrechas y provechosas con Estados Unidos y la Unión Europea, y aquéllos que pretenden defender una alternativa que denominan el socialismo del siglo XXI y que está basada en recetas fallidas, probadamente fracasadas, y que se deslizan con gran facilidad hacia modelos totalitarios. Los primeros están representados por Chile o Brasil, que no por tener presidentes socialdemócratas han dejado de confiar en los beneficios del liberalismo económico y el pragmatismo político. Estos países progresan, están venciendo las rémoras históricas que han mantenido a gran parte de sus sociedades en la pobreza, y encaminan su porvenir hacia el logro de importantes mejoras. Los otros, abanderados ideológicamente por el languideciente modelo castrista y alentados por el dinero fácil que obtiene Hugo Chávez del petróleo venezolano, avanzan hacia el caos y el fracaso. Si un Gobierno con el ascendente histórico como el que tiene España en América no es capaz de distinguir entre unos y otros, no debe extrañarse de que su capacidad de influencia se neutralice y se agote en gestos estériles. A falta de una definición racional de nuestra política exterior en Iberoamérica, el Gobierno sigue con una trayectoria errática, sorteando sin mucha fortuna las actitudes irritantes de ciertos gobiernos hacia las compañías españolas que arriesgaron sus inversiones en aquellos países en momentos en los que nadie más creía en su futuro. Para tener una política iberoamericana hace falta que se enmarque dentro de una diplomacia que defienda principios y objetivos claros y razonables. Lo único que se puede decir por ahora es que el Gobierno carece de ellos. Al contrario, con iniciativas de tan poco calado como esta gira de la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega- -obligada de nuevo a soportar en solitario el peso del Ejecutivo- -no contribuimos en absoluto a mejorar la si- I tuación en aquellos países con los que tantos lazos nos unen. España tiene la obligación de ayudarles, señalando al menos los errores graves a los que se encaminan si continúan con las excéntricas políticas del castro- chavismo. El Ejecutivo debería defender los intereses de las compañías españolas, tantas veces pisoteadas injustamente para alimentar los bajos instintos del populismo rampante. Cuando Rafael Correa se jacta de que va a hacérselas pasar moradas a Telefónica a la hora de renovar sus concesiones, o Evo Morales presume con orgullo de haber expropiado por decreto parte de los intereses de Repsol, quiere decir que la proyección económica de la política exterior no funciona como debiera. Lo que está pasando en Argentina con las compañías pesqueras españolas merecería que la visita de la vicepresidenta fuera acompañada de un gesto inequívoco de firmeza que expresase el descontento legítimo frente a una serie de abusos intolerables, ante los que las autoridades de Buenos Aires hacen oídos sordos. ¿De qué les han servido a los pobres nicaragüenses las fotografías dramáticas de la vicepresidenta en un miserable basurero de Managua si acto seguido el Gobierno sandinista de Daniel Ortega da pasos para alejarse de la esfera occidental y prefiere expresamente las conspiraciones antinorteamericanas de Hugo Chávez y sus amigos iraníes, que se dedican luego a culpar a España y a los quinientos años de todos sus males? Probablemente gestos como éste han tenido el efecto electoral que deseaba el Gobierno (en España) pero no pueden considerarse como un avance en nuestra política exterior, ni tampoco redundan en el progreso de estos países. Quiera o no, el Gobierno tendrá que optar por apoyar uno u otro modelo en Iberoamérica, y si no rectifica, lo único que conseguirá es debilitar la propia imagen de España en el exterior. Bien está la gira de la vicepresidenta primera, siempre que se utilice para defender los legítimos intereses españoles en un área convulsa. CRECIMIENTO, PERO MENOS L servicio de estudios del Banco de España estima que la economía española creció el pasado trimestre un 4 por ciento, dato que suele confirmar, con variación de una décima, el Instituto Nacional de Estadística, organismo al que corresponde establecer las cifras oficiales. El avance del Banco de España ratifica un patrón de crecimiento semejante al de trimestres anteriores, con una desaceleración del sector inmobiliario, compensado por un mayor crecimiento de la inversión en bienes de equipo. Los datos del segundo trimestre de este año mejoran dos décimas los del mismo período del año anterior, pero muestran algunos síntomas de debilidad para el futuro que no deberían ser pasados por alto, sobre todo si se pretende mantener un ritmo de crecimiento semejante al de los últimos años. Los datos se corresponden perfectamente con los de la Encuesta de Población Activa (EPA) del mismo período dados a conocer semanas atrás, que dieron la oportunidad al presidente del Gobierno para unas declaraciones de optimismo desaforado sobre la situación económica y el mérito de su Gobierno para alcanzar esos resultados. La economía española en el primer semestre del año creció algo más del 4 por ciento y el mejor reflejo es el empleo. Pero los indicadores iniciales del tercer trimestre, los correspondientes a julio, y otros datos indiciarios de la evolución económica, así como las encuestas de expectativas, ponen de E relieve que hay fragilidad en los nuevos datos y síntomas evidentes de retroceso. El propio Gobierno revisó sus pronósticos y objetivos de crecimiento para este año, elevándolos cuatro décimas: del 3,4 al 3,8 por ciento. Cuando lo hizo conocía las estimaciones favorables del segundo trimestre pero resistió la tentación del optimismo y optó por pronosticar para el segundo semestre un crecimiento medio más cercano al 3,5 por ciento que al 4 por ciento. De manera que el Gobierno es consciente de que estamos en una fase de desaceleración del crecimiento, que se nota en el turismo, especialmente el local. Pero esa conciencia no le ha llevado a la diligencia de adoptar medidas que alienten la actividad y sostengan el crecimiento; con estrategia electoral, el Gobierno quiere resaltar la buena situación económica presentada como consecuencia de su buena gestión. Esa falta de diligencia puede significar perder un tiempo precioso para hacer frente a una coyuntura económica menos favorable, con precios energéticos y tipos de interés más altos que los conocidos durante los últimos cuatro años. Contrarrestar esos factores negativos debería ocupar al Gobierno, más que esa autocomplacencia ante lo que ya ha ocurrido. El primer semestre del año ha sido la parte cómoda del ejercicio, para este segundo semestre concurren factores negativos una inflación al alza, un entorno monetario desfavorable y con síntomas de estancamiento del empleo.