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ABC MARTES 7- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 65 ALTOS VUELOS A PASO DE GIGANTE Camilo José Cela fue un beatnik años antes de que los beatniks se inventasen. Lo que pasa es que lo fue por tierras de miel y cardo camino, los rasca el corazón y después hace literatura con las virutas. A todos escopetea con su mirada de gigante, asomándose a los ojos de los alcaldes y de los perros como el que se asoma al brocal de un pozo ciego. Camilo José Cela fue, en la Alcarria y fuera de ella, pluma cortada por el Quevedo más tremendo, viajero llevado y traído por los brochazos de un Goya espeso y primitivo. Camilo José Cela fue el gigante que resistió calores, venció barrancos y se adelantó a los beatniks de las barbas de chivo por no ser borrego. PRÓXIMOS O QUE FINALICEN A medida que aumenta el tráfico de personas, me voy convenciendo de que sólo tiene sentido viajar allí donde se pueda llegar en taxi desde donde te envío esta postal. En los aviones premiosos se toca a menos oxígeno por viajero que en un contenedor de transporte de mercancías, porque los carga gente que ha jugado mucho al Tetris, y los amueblan en Ikea donde, como sabes, se venden inodoros plegables que también emiten chorros de hidromasaje y además permiten cocinar al vapor. Aquí, en cambio, han desaparecido hasta los coches. No todos, claro, sólo los que sobran. Se dice que han marchado en estampida al Naranjo de Bulnes en busca de aire puro, y gracias a eso respiramos mejor que nunca. Uno de los que debe de andar en ese tráfago es mi vecino, porque estos días no le oigo esputar, lo cual me procura una paz inmensa. El perro de abajo también ha dejado de ladrar. Más que viajar, me da la impresión de que han huido. No dijeron ni adiós, que esquilan La comida por aquí es fabulosa y, sin el engorro de reservar, pruebo cada día una especialidad. El queso feta y el vino de California los compro en el Carrefour, pero ayer cené en un libanés y luego me fui a un turco, sólo por el placer de fumarme una shisha. Como los camareros tenían poco trabajo, hablaron largamente con nosotros. A los libaneses los encontré preocupados, pero los turcos acabaron improvisándonos un baile, con cucharas de madera que hacían sonar como castañuelas. Se llama danza de la cuchara y, según nos contaron, es típica de las zonas de Konya y Silifke. Como todo aquí va lento, también me ayuda a hacer mis pinitos en mandarín la dependienta de la tienda de la esquina, que no ha cerrado porque, al ser china, trabaja como es proverbial. Ya sabes cuánto me gusta aprender idiomas y conocer otras culturas. El calor se soporta y, cuando arrecia, pongo el aire acondicionado. Sólo sufro por ti: te veo embozado en ese pañuelo de lunares que te has agenciado hibridando a Billy el niño y el Tempranillo, y temo que te dé muchos sudores. El otro día hasta me pareció que se te derretían algunos topos. Cuando cae el sol salgo a pasear, porque los únicos palmos de tierra sin explorar que quedan en el mundo pertenecen a mi ciudad. La foto que ves al dorso es precisamente de uno de esos rincones. Me dirás que por ahí han pasado miles de personas, y es cierto, pero nadie se ha quedado lo suficiente para vivir lo que he vivido yo. Por lo demás, sigo al tanto de las noticias sin gran esfuerzo, porque si en el siglo XV el Papa tardó 40 días en saber que Constantinopla había caído en manos de los turcos, hoy nos enteraríamos aquí de un atentado en el Gran Bazar antes que los turistas de la Capadocia. En fin, que no me falta de nada. Y tú dirás lo que quieras, pero a medida que aumenta el tráfico de personas, animales y cosas, me voy convenciendo de que sólo tiene sentido viajar allí donde se pueda llegar en taxi. Todo viaje es odisea, salvo los planeados y los recordados, o sea, cuando se encuentran próximos o que finalicen. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora o de viajar en verano, más que placer es un incordio. Con todo y con eso, siempre habrá quien se líe los bártulos y arranque a pie y por la cuneta. Y haga como aquél que, siendo joven y espigado, viajó a la Alcarria y luego lo contó en un libro. Camilo José Cela fue un beatnik años antes de que los beatniks se inventasen. Lo que pasa es que lo fue por tierras de miel y cardo, tierras donde aún no había llegado la puñetera Coca- Cola. Así que ahora no vengan algunos a señalar que los beatniks fueron pioneros en lo del viaje cultural contemporáneo ni sandeces parecidas. Los beatniks no fueron más que una pandilla de niñatos que lucían barbitas de chivo y cabellera franciscana. Un coro de bujarrones que, en vez de liarse los bártulos y arrancar a la aventura, se liaban cigarrillos de mandanga y se quedaban en la cuneta de las autopistas, plantados y a la espera de que un automóvil les acercase hasta el garito más cercano. Desde la orilla del asfalto, los beatniks arrancaban señales de humo a sus porros. Un fumeteo que los automovilistas interpretaban de la única manera posible. Llegado el momento, el bendito dólar les costeó los aullidos. Luego hicieron igual que con la Coca- Cola, que se la vendieron a todo el mundo y recuperaron la inversión con creces. Los chaperos de entonces se mudaron a editores de libros. Al día de hoy, los de aquí siguen sacando traducciones de estos zangolotinos con barbas de chivo, olvidando que el pionero del asunto ya lo escribió años antes y en la misma lengua con la que se escribió nuestro Siglo de Oro. Por decirlo con buen pie, los beatniks vendieron el humo años después de que Camilo José Cela inventase el fuego. El mismo fuego que recorre la sangre del que se dispone al camino para después contarlo. sCuando Cela se quedaba sin cigarrillos, como sabía que los pocos automóviles que cruzaban los caminos no iban a entender su señal, ni corto ni perezoso, se liaba una picadura de ortiga. El que resiste, vence. Sin dineros ni camisas, aquellos eran tiempos de carestía donde la necesidad obligaba a engaño. Lo del pitillo emboquillado vendría después, junto a la chofer Otiliña, hembra de carne negrona, buen ver y mejor palpar. El viaje a la manera de Cela es el único que aquí se entiende por ser viaje en estado puro y donde el trayecto es lo importante. Y aunque sea de mal gusto hacerle una felación a un muerto, en esta ocasión su cadáver exquisito lo merece. Cegado por un sol que revela lo tremendo, Camilo José Cela da cuenta de las gentes que van apareciendo por su L Q uerido Montero: Ahora que el gentío está lanzado a trashumar y las terminales de los aeropuertos parecen pajareras, he tomado la precaución de no moverme de mi ciudad, La entrada a Torrevieja, con colas kilométricas, un primero de agosto ABC