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64 40 RICOS SOLEMNES MARTES 7- -8- -2007 ABC Mike Bloomberg Una estrella en la alcaldía ISABEL GUTIÉRREZ omo cada mañana desde que llegó a la alcaldía de Nueva York en 2002, el pasado 19 de julio Mike Bloomberg (Boston, 1942) tomó el metro con dirección al sur de Manhattan para incorporarse a su puesto de trabajo horas después de que la calle 41 con Lexington volara por los aires a causa de la explosión de una tubería de vapor. Unas semanas antes, a principios de mayo, era recibido por la editora Anna Wintour, la actriz Cate Blanchett y el diseñador Nicholas Ghesquière, anfitriones de C la fiesta del Costume Institute- la madre de todas las fiestas en el Museo Metropolitano. Es obvio que el alcalde de una gran ciudad nunca debería estar fuera de lugar; pero en ambos casos, tanto en los obsoletos y destartalados andenes subterráneos de Nueva York, como en el evento más fascinante y glamouroso de la ciudad, Bloomberg evidencia que no es un líder al uso, que se siente verdaderamente cómodo en los contextos más dispares y que puede ensanchar a conveniencia las cuadrículas de la política tradicional sin que al ciudadano de a pie le cau- El alcalde de Nueva York, Mike Bloomberg, en el metro de la ciudad de los rascacielos REUTERS se la menor distorsión. ¿Es, pues, el mejor regidor que ha podido tener Nueva York tras el 11 de septiembre? Precisamente para ganarse el puesto en las elecciones de 2001, se unió al Partido Republicano porque, cuentan, en el seno de los demócratas las primarias a la alcaldía estaban abarrotadas. Y cuando, tras anunciar que habría nuevas restricciones en las donaciones a campañas políticas, alguien le preguntó si no se sentía un hipócrita por gastar 150 millones de dólares de su propio bolsillo para ser elegido y reelegido, simplemente sugirió que antes de que cualquiera corra a por el cargo, debería salir ahí fuera y convertirse en billonario. Eso lo hace más fácil En un reportaje publicado hace unas semanas en la revista Time bajo el título Bloomberg y Schwarzenegger: los nuevos héroes de acción en el que se realiza una exhaustiva comparativa de estos atípicos líderes, Warren Buffett, amigo de ambos, explica que son dos tipos excepcionales que ya no necesitaban trabajar; tenían una gran vida antes de meterse en política. Hacen cosas, y las hacen mucho mejor que cualquiera en Washington D. C. En el caso de Bloomberg, esa misma reflexión la comparte un ingeniero español, vecino de Manhattan, mientras pasea por Battery Park durante una calurosa tarde de junio: Con los millones de la indemnización que le dieron cuando le despidieron de Salomon, a principios de los 80, podría haberse dedicado a vivir de las rentas, sin problemas ni preocupaciones. Pero no, los usó para levantar un imperio Se refiere, en concreto, al año 1981, cuando un grupo empresarial adquirió Salomon Brothers, compañía en la que Bloomberg ingresó en 1966 y donde llegó a supervisar los sistemas de información bursátil de la empresa. Antes de llegar a Salomon, se había criado en un suburbio de clase media de Boston; se graduó en Ingeniería en la Universidad Johns Hopkins (estudios que se pagó a base de préstamos y trabajos veraniegos en un aparcamiento) y pasó por Harvard para licenciarse en Negocios y, según cuentan, comprender que codearse con la élite no era una experiencia tan encantadora como él pensaba. Después de Salomon, decidió plantar batalla en Wall Street y usar los 10 millones de dólares de la indemnización para crear Bloomberg LP, una compañía que, bajo las premisas de la eficacia y la transparencia, suministraba información a las firmas bursátiles a través de las nuevas tecnologías. De 20 se ha pasado a 250.000 suscriptores, en una multinacional que incluye Bloomberg News, Bloomberg Radio y Bloomberg Television. Maneja como pocos la dialéctica de la riqueza. Para él, el dinero tiene un lenguaje propio que utiliza convenientemente. Al igual que tantos colegas de la lista Forbes, la generosidad es una obligación y la filantropía, una necesidad. Y es posible que ese amor al género humano le haya llevado a tomar las riendas de una urbe tan compleja como Nueva York precisamente en momentos de profunda conmoción y desconcierto tras los atentados contra el World Trade Center. Frente a la parálisis y el terror, Bloomberg propuso optimismo, trabajo y audacia. Y así, declaró la guerra al paro, la delincuencia, la marginación, la contaminación, las infraviviendas, los atascos, la incultura, la desidia y hasta la obesidad. El desarrollo de Harlem, el control de las escuelas, los bajos índices de violencia o la recuperación de espacios verdes son buenos ejemplos. No siempre acierta, no siempre le aplauden, pero las cuentas le salen. Su ciudad, enorme, frenética, a veces histérica y en muchos aspectos bastante anticuada marcha razonablemente bien. Sus actuales retos van más allá de la política local: contribuir a la salvación del planeta y un mayor control sobre el uso y posesión de armas. Para el primer desafío propone un ambicioso plan para rebajar las emisiones de carbón en la Gran Manzana. Para el segundo, entre otras cosas ha creado junto a Thomas Menino, regidor de Boston, la coalición Alcaldes Contra las Armas Ilegales, bajo la alta responsabilidad de hacer cumplir la ley y proteger a la gente a la que servimos Ojo, que en ningún momento reclama la ilegalización del uso privado de armas. En ambos casos, sin embargo, en Washington ha encontrado un hueso duro. Se lamenta de la mezquindad e inmovilismo de quienes llama partisanos políticos gestores y burócratas que siente a años luz de sí mismo y de sus propósitos. Y es que contentar al establishment le interesa muy poco.