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ABC MARTES 7 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CIBERESCAQUEO LEGAN cada mañana, a veces de madrugada, para instalarse en la bandeja del correo electrónico con la familiaridad de los viejos conocidos. Vienen de cualquier parte, a través de esa tela de araña, esa madeja virtual que forman las listas de contactos, y que según los estudiosos americanos conecta en una malla de siete u ocho pasos a personas por completo dispares o desconocidas entre sí. En ocasiones traen adjuntas bellas imágenes, músicas cursis, frases melosas o afectadas sobre la amistad, el amor, la vida y la muerte, o ácidos montajes de crítica política, o simples curiosidades, o esos bulos que ahora se conocen como leyendas urbanas Yo no sé ustedes, IGNACIO pero a menudo me pregunCAMACHO to quién los inventa, los diseña, los elabora con la minuciosa dedicación y la compleja laboriosidad que requiere su progresivo perfeccionamiento. Nadie conoce la respuesta, pero a todos nos invade una sospecha que resulta casi una certidumbre: toda esa banal quincalla electrónica, esa gigantesca bagatela que abraza el mundo a través de la red virtual, se fabrica y difunde en su inmensa mayoría durante el horario laboral de miles de empleados que dedican a esta tarea fútil buena parte de su tiempo de trabajo. Un reciente estudio de la Fundación BBVA ha recogido la declaración de una abrumadora mayoría de españoles (casi un 70 por 100) que confiesa distraerse a menudo en la oficina. La desmotivación, la ausencia de tareas que cumplir o una cierta rebeldía ante los mandos aparecen como justificaciones de este generalizado escaqueo por el que casi nadie se siente culpable. No somos precisamente calvinistas. Desde la implantación masiva de las nuevas tecnologías, la navegación por Internet constituye la principal vía de escape de este absentismo presencial, si vale la expresión, en el que el trabajador está sin estar, evadido de sus obligaciones sin abandonar físicamente su puesto. Una ausencia que en no pocos casos se torna, con ayuda de los medios supuestamente catalogados como bienes de producción, francamente creativa si juzgamos por la cantidad de correo ocioso que circula a diario por el océano virtual. La mayoría de las páginas de diarios on- line se miran en horas de oficina; a partir de las tres de la tarde decrece sensiblemente el tráfico. Hace pocos años, un conocido juego cibernético incluía en su página de inicio un link con el expresivo epígrafe de que viene el jefe Pinchabas allí y se descargaba de inmediato una falsa cubierta... del Boletín Oficial del Estado. Existen miles de crucigramas, sudokus y pasatiempos virtuales que alimentan la picaresca elusiva de medio mundo laboral. Prácticamente nadie siente mala conciencia por este incumplimiento masivo, que sustituye la antigua ética del trabajo por lo que Lipovestky dio en llamar el crepúsculo del deber Ya se sabe que los crepúsculos son, en todo caso, hermosos, relajados, estéticamente fecundos. Pero la inmensidad de horas perdidas quizá merecería al menos más talento creativo del que manifiesta este derroche de trivialidades tan trabajosamente manufacturadas. L LA LEVEDAD DE TANTO LIDERATO ONCEDERLE al cinismo la exclusividad de la política práctica es una actitud de muy alto riesgo. En realidad, finiquitadas las ideologías y agotado el radicalismo, es hora de reforzar la idea de virtud y cosa pública. La política consiste en ofrecerle al ciudadano un sentido de la vida pública. El radicalismo de los años sesenta nos ha legado un lastre cuya inercia parece permanecer más allá del sentido común. Aquella actitud hipercrítica ante todas las instituciones sedimenta desconfianza y turba las relaciones entre los individuos y los sistemas institucionales. Es la idea del buen salvaje que se enfrenta a la perversión institucional. En realidad, suele ocurrir al revés: las instituciones son el resultado evolutivo de una acción humana predispuesta a una noción del bien común que someta los peores instintos del hombre a formas consensuadas de convivencia y de avance social. Para los sesenta, la institución resultaba sospechosa. Eso origina en parte el recelo ante instituciones como el ejército o la iglesia- -toda forma de autoridad, por legítima que sea- al igual que cierta indiferencia ante la aportación histórica que representa en España VALENTÍ la monarquía parlamentaria. Sin conPUIG fianza en las instituciones legítimas una sociedad cae en la disgregación y el desencuentro. Mutatis mutandi ocurre con la Constitución de 1978. Ha existido siempre el cálculo de beneficio político, como parte consustancial de la política. Lo que cambia en los últimos tiempos es el gobernar atendiendo de forma preferente a las encuestas y sondeos de opinión. Al menos en apariencia, eso desprovee al político tradicional de viejas capacidades de iniciativa porque las iniciativas proceden de los porcentajes de aceptación de un programa o de una coyuntura. Si existió un tipo de político que actuaba por instinto, hoy actúa más bien sometido a los dictados del olfateo demoscópico. De ahí la creciente inutilidad de los ideólogos. De ahí el retorno de los augures. La política sigue siendo el arte de lo posible, pero su práctica está sometida a la presión del share Esa es a la vez causa y efecto en el diagnóstico de ausencia de líderes C con voluntad política que logre anticiparse a las solicitaciones de la ciudadanía en lugar de ser seguidora de sus extroversiones demoscópicas. Por no tomar decisiones que puedan turbar a la opinión pública, luego hay que tomarlas con premura, recurriendo a eufemismos, haciendo las cosas a medias. Trágicamente, el envite del islamismo radical globalizado requiere de decisiones colectivas tan consistentes como complejas: son decisiones que se verían facilitadas por la existencia de líderes más articulados y capaces de avanzar contra viento y marea, aunque tuvieran que ser amarrados al palo mayor de la nave para superar la tempestad. Europa es, en este aspecto, como una gran pecera. Sus políticos en general se resisten a ponerle su verdadero nombre al enemigo terrorista o a asumir lo que de cierto pueda haber en el choque de civilizaciones. Incomoda aceptar que a partir del 11- S las instituciones del mundo occidental- -especialmente en el contexto de los vínculos entre libertad y seguridad- -están pasando por pruebas muy duras. Para ganar tiempo o por ceguera, las democracias europeas creyeron en Múnich que Hitler cumpliría su palabra. Aquella imprevisión de los años treinta tiene elementos comparativos con el paso del siglo XX al XXI: entonces tampoco se calibró lo que significaría la llegada de Jomeini al poder en Irán, del mismo modo que posteriormente la implosión de la Unión Soviética y la liberación de Centroeuropa no entraban en la anticipación de Occidente, como no se calculó que Bin Laden era una posibilidad. La política no es algo inútil, por distorsionados que estén los principios del siglo XXI. Las democracias fueron más débiles en los años treinta del siglo pasado y la libertad fue puesta en mayores peligros por el imperialismo soviético. La pobreza y el hambre aparecían como una devastación imparable a mediados de siglo y sin embargo la revolución verde y el crecimiento económico han tenido unos efectos espectaculares. Ahora el nuevo maltusianismo ha hallado cobijo en las tesis del calentamiento global, pero, a pesar de augurios y riesgos, el mundo no está en uno de sus momentos más desastrosos. No vendrían mal, de todos modos, líderes con mayor peso específico. vpuig abc. es