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ABC LUNES 6 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA FOMENTO DEL CAOS S proverbial. El caos en Fomento se ha convertido en un rito más del verano, como la paella del chiringuito, la ocupación tempranera de hamacas, el ligue de Ibiza, las picaduras de las medusas, el tinto con soda, la saturación de los ambulatorios costeros o las canciones de Georgie Dan. Cuando no es una huelga de pilotos, es de personal de tierra; cuando no sobreviene un paro de RENFE, sucede una protesta de maquinistas del AVE; cuando no se atasca una autovía, se colapsa la red de cercanías, o incluso las dos cosas a la vez. La cuestión es que siempre haya un proIGNACIO blema capaz de convertir a CAMACHO los viajeros en rehenes y despojarlos de su condición deciudadanos ante la indiferencia o el desprecio ministerial. En honor a la verdad, se trata deun asunto antiguo, anterior incluso a este Gobierno que en su adánico descubrimiento del mundo parece haber inventado también los problemas; pero la incompetencia desdeñosa de Magdalena Álvarez, la ministra de queroseno, la mujer que anda por la política con una lata de gasolina siempre dispuesta a volcarla en el primer rescoldo que halla a su paso, lo transforma en un ejercicio de rutina veraniega, como la gimnasia en la playa, con el agravante de la displicencia o la arrogancia que empantana los contratiempos y los eleva a la categoría de crisis. Ya es una tradición: el mismo caos de todos los veranos, parafraseando el melancólico endecasílabo de Esther Tusquets. Hay que reconocerle a este Ministerio de Fomento (del cabreo) una inusual superación para superarse encontrando variantes sofisticadas e innovadoras del lío. Dejar a 400 personas encerradas a cuarenta y tantos grados en un tren de cercanías barcelonés, en medio de un fenomenal desbarajuste de toda la red, supone un grado de virtuosismo fastidioso francamente insuperable. Como lo es el hallazgo de la no huelga novedosa modalidad de conflicto laboral consistente en que el paro no existe ni goza de reconocimiento oficial, pero los trenes- -en este caso, del AVE- -tampoco arrancan por incomparecencia encubierta de su personal especializado. Lo de las autovías saturadas, en cambio, ya es viejo, pero igualmente eficaz; además, goza de la propiedad inmarcesible de no tener remedio a corto plazo, ya que este Gobierno no invierte en obras que no pueda inaugurar. La otra gran novedad de este verano es que, al menos de momento, la ministra no comparece para echar carburante verbal al fuego, que se alimenta solo dada su alta combustibilidad. Como la consigna preelectoral de Zapatero es que el ciudadano siempre tiene razón, sea víctima o causante del problema, éste ha de satisfacerse mediante la intervención de mandos intermedios cuya ineptitud no salpique directamente al Ejecutivo, lo que equivale a dejar la hipotética solución a la buena ventura. Al final, se arregla o no del mismo modo, es decir, por su propia inercia, pero al menos nadie alimenta con desplantes y chulerías la irritación ciudadana. Pronto, la gente se acostumbrará y acabará entendiendo que el Gobierno, en el fondo, le hace un favor: genera el caos habitual, pero de buen talante se digna no echarle la culpa a sus víctimas. E CÓMO NACER SIENDO VIEJO N la Galería de la Academia de Florencia puede admirarse el David de Miguel Ángel. Es una obra soberbia, en la doble acepción de la palabra, que nos anonada aunque la hayamos visto mil veces reproducida en las láminas de los libros de arte. Miguel Ángel la esculpió cuando apenas contaba dieciséis años; es la tarjeta de presentación de un genio pletórico de arrogancia. No se conforma con exhibir su virtuosismo; también quiere desafiar a los centinelas del buen gusto. Esculpe un torso masculino digno de Praxiteles que es una celebración de la belleza juvenil; pero a continuación le añade unos brazos y una cabeza desmesurados, en un desafío petulante a las proporciones clásicas. Contemplada desde su pedestal, la desmesura de los brazos se agiganta, en cambio la de la cabeza se corrige, lográndose así un efecto de perspectiva que añade a la composición una majestuosidad apabullante. Eso era, precisamente, lo que anhelaba Miguel Ángel: apabullar al espectador, rendirlo ante la pujanza de su genio. Imagino que a los hombres de su tiempo la desproporción evidente de la escultura al principio los escandalizaría, provocándoles una esJUAN MANUEL pecie de soliviantada perplejidad; sólo DE PRADA después de contemplarla durante un rato alcanzarían a penetrar la intención de tanto desafuero. Porque el David es, ante todo, un desafuero: arrogante, jubiloso, pagado de sí; es la apoteosis de un genio que se sabe bendecido por unos dones que ningún otro artista ha poseído hasta entonces y que disfruta de esos dones con voluptuosidad, con una exultación rayana en la inconsciencia, como se disfruta del éxtasis de la carne. El David es la apoteosis de un hombre que se cree divino, tan orgulloso de su arte que ni siquiera se detiene a indagar el misterio que lo alienta. Muchos años después, un anciano Miguel Ángel esculpiría otra obra de naturaleza muy diversa, casi antípoda. Es una Piedad que se conserva en el Museo de la Catedral de Florencia. Al parecer, la concibió con el propósito de que fuese el monumento funeral que presidiese su propia tumba; no la pudo terminar, esta vez no por E desinterés o hastío- -fueron muchas las obras que dejó inconclusas, como si su genio se aburriese de ser sublime sin interrupción- sino porque le sobrevino la muerte. Desde que esculpiera su David, Miguel Ángel ha saboreado hasta las heces todos los placeres que el mundo ofrece: los cuerpos más hermosos han discurrido por su lecho, ha atesorado riquezas sin cuento, sus contemporáneos se han rendido a su genio. En su vejez ahíta de éxito, Miguel Ángel se detiene al fin a indagar el misterio que alienta su arte arrebatador e irrepetible. Acude con unción a los Evangelios y descubre que hay palabras más imperecederas que su propio arte. Un día, mientras lee el pasaje de la conversión de Nicodemo (Jn, 3) Miguel Ángel se tropieza con la pregunta que el fariseo le formula a Jesús: ¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y volver a nacer? Y, leyendo la respuesta de Jesús, comprende al fin que un hombre, no importa cuán viejo y achacoso sea, puede en efecto volver a nacer del Espíritu, que sopla donde quiere, como el viento. Miguel Ángel se sabe entonces bendecido por el Espíritu, descubre que su arte, toda la inmarcesible belleza que ha derramado por la tierra, es una prefiguración de la vida eterna que le va a ser concedida. Y es entonces, ya en sus postrimerías pero recién nacido, cuando decide esculpir la Piedad que se guarda en el Museo de la Catedral de Florencia, testimonio de su conversión. Nicodemo es un anciano que está volviendo a nacer, mientras sostiene el cuerpo exánime de Jesús. La composición, al estar inconclusa, posee aún mayor fuerza genesíaca: los rasgos de Nicodemo- -que son los del propio Miguel Ángel- -aparecen borrosos, todavía no concretados por el cincel, como si en efecto estuviese naciendo ante nuestros ojos, como si fuese un embrión de hombre que se alimenta de la fuerza que le transmite el Crucificado. En esta Piedad no hay arrogancia, ni tampoco la majestuosidad apabullante del David juvenil. Pero la impresión que causa en el espectador es mucho más perdurable: acabamos de leer el testamento de un genio que al fin puede morir sin miedo, puesto que sabe que ha vuelto a nacer. www. juanmanueldeprada. com