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ABC DOMINGO 5- -8- -2007 VISIONES 40 97 BELLEZA Teresa de la Cierva Marta Barroso Neceseres que suben al avión L o siento, señorita, pero tiene que dejar esta crema en el puesto de control ¡Pero si me ha costado una fortuna! Es por su seguridad ¿Le suena? Seguro que a más de una- -y uno- -sí. Aunque creamos conocer las normas de seguridad de los aeropuertos, lo cierto es que con el número de potingues requisados por los guardias se podría abrir una perfumería. En plena vorágine vacacional, no viene mal recordar las medidas en materia aeroportuaria: sólo permiten llevar en el equipaje de mano envases de 100 ml. la suma de todos no puede superar el litro y tienen que ir en una bolsa de plástico transparente con autocierre, para facilitar su revisión en los controles. Pero a problemas nuevos, nuevas soluciones. Bourjois no quiere que arruinemos nuestra imagen (la bolsita de plástico, entre otras cosas, es indiscreta) y con la compra de dos productos, regala un neceser que deja los productos a la vista para inspección, pero luego se puede envolver en una loneta fucsia que los mantiene al abrigo de curiosos. El Kit de Viaje de Natura Bissé incluye siete productos que cuidarán su piel durante más de una semana (87 euros) A los hombres se lo ponen fácil. Biotherm Homme con Easy Travel (8 euros) un neceser transparente homologado con Espuma de Afeitar, Crema de Tratamiento y Contorno de Ojos en pequeñas tallas; y Trousse Coffret de Matis (72 euros) con After- shave, Gel Resplandor- Energía y Contorno de Ojos. Sephora ha optado por otro Kit de Viaje (4,90 euros) que esconde varias monodosis y un tarrito vacío para su crema preferida. ¿Más? Las minidosis 15 ml. de los cosméticos IVR Swiss Made, que gracias a su tapón dosificador, se pueden reutilizar hasta quince veces (2,45, en farmacias y grandes superficies) y las Mascarillas Express ultraplanas de Apivita (2 x 10 ml. 2,95 euros) que se pueden llevar hasta en la cartera. ¿Que no quiere abandonar sus indispensables? En las tiendas MUJI encontrará frascos rellenables con tapón de rosca, levadizo o de spray (entre 1,50 y 3,95 euros) ¿Sigue sin tenerlo claro? No se complique y compre sus cosméticos a bordo o en las tiendas del aeropuerto situadas más allá del control de seguridad. Pero ojo, si vienen en bolsas selladas, no las abra hasta alcanzar su destino, y si hace escalas, espere hasta que haya salido del último aeropuerto porque se arriesga a quedarse sin sus compras. ¿Un último consejo? Simplifique su vida y facture su equipaje. Entre otras cosas, se podía haber ahorrado llegar hasta esta línea. El bullicioso barrio tokiota de Ginza por la noche LAURA CASIELLES El ruido y la nada En Tokio, una de las más impresionantes y afanosas, pero también silenciosas urbes del planeta, uno puede contemplar el pasar de los días sin quedar aturdido por el fragor de la metrópoli RICARDO MENÉNDEZ TOKIO. Lo primero que llama la atención al visitante que llega a Tokio es el ruido, pero no su presencia, sino su domesticación. El ruido en Madrid, Roma o Lisboa es hace tiempo un animal salvaje; en la ciudad más poblada del mundo, con 33 millones de habitantes si se incluye su extrarradio, se respira una paz más propia de una morigerada ciudad de la Vieja Europa, Oslo o Salzburgo, por ejemplo, que de la mayor megalópolis conocida. Los tokiotas hablan en voz baja, sus conductores circulan con insólita prudencia y los miles de trabajadores que se mueven por las estaciones de tren y metro lo hacen con urgencia de atletas, cierto, pero en silencio como ectoplasmas. El corazón de la infinita urbe palpita sin pausa, aunque sin estrépito, e incluso muchas obras públicas se ejecutan de noche, provocando un ruido de fondo parecido al que generaría un fantástico electrodoméstico. Como los fumadores que se detienen en los puntos de reunión para apurar ensimismadamente su dosis, así Tokio permanece atenta al recogimiento que cada uno de sus vecinos demanda. Esa es la razón de que, paseando por Ginza, el barrio donde se reúnen las primeras marcas del mundo de la moda, la tecnología y el lujo, una especie de Callao elevado a la milésima potencia, nos asalte la sensación de que, entre lo que se ve y lo que se oye, no existe correspondencia plausible. Es como llevar escafandra en una boda. Esta escuela del silencio, esta vocación de una actividad no destinada al ruido, sino a la eficacia, revela acaso una verdad más profunda, que Roland Barthes detalló en El imperio de los signos El centro de nuestras ciudades europeas siempre está lleno, es un abigarrado ónfalos que aglutina el conjunto de nuestros valores: religiosidad (lugares de culto) poder (oficinas) dinero (bancos) mercancía (grandes almacenes) y palabra (ágoras del café y el paseo) Acudir al centro es tropezar con la encarnación de cierta verdad social modificada a lo largo del tiempo y de las circunstancias históricas, ser partícipe de lo que el escritor francés denominó la plenitud soberbia de la realidad Pero Tokio, cuyas calles carecen de nombre y cuyos 23 distritos son otros tantos fascinantes ecosistemas, presenta una curiosa contradicción, al menos para el pensamiento occidental: todo su avasallador poder económico, toda la brutal objetividad de sus logros, todo el anillo opaco de murallas, aguas y copas de árboles esa asombrosa estructura vertical de férreas jerarquías y colectivismo anímico, gira en torno a un centro espiritual y, en ese sentido, vacío. Ese ónfalos vacío, ese vórtice de mäelstrom que los taxis evitan como si fuera una gigantesca mancha de aceite, esa nada que purifica, sustenta y presta sentido a la abigarrada vida material del país, es el Palacio Imperial, en el que habita la destilación última del sueño japonés: el emperador y su familia, los casi invisibles. Calles sin nombre El imperio de los signos Un empleado de aeropuerto muestra una bolsa para líquidos AP Los tokiotas hablan en voz baja, sus conductores circulan con insólita prudencia y los trabajadores se mueven en silencio