Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
96 40 TIRIOS Y TROYANOS BAJOS FONDOS DOMINGO 5- -8- -2007 ABC ALTOS VUELOS FUEGO REDENTOR Llevado a los veranos, el fuego, más que milagro de civilización, ha sido una indecencia que nadie se atreve a explicar como los incendios vienen pegados al dinero lo mismo que el excremento viene pegado al saco, lo mejor para evitarlos es dar ejemplo y sacar un fuego con otro fuego de la única manera posible, esto es, cogiendo a los culpables de la barbarie y bajándoles los pantalones hasta los tobillos. Lo siguiente sería agarrar una candela viva de brasas. Y lo que viene después tiene tan fácil acierto como profundo dolor pues así cabe proceder hasta que el infierno se congele. El ejemplo, que no puede expresarse con palabras, repercutiría hasta el infinito. Y, gracias al fuego redentor, los incendios finalizarían de una puñetera vez. PIRÓMANOS HAY MUCHOS Son personas con problemas familiares y mentales. O sea, como todos, pues ya sabemos que, visto de cerca, nadie es normal reímos las gracias, y a los de a pie los mandamos, lógicamente, a Alcohólicos Anónimos; si juzgamos a erotómanos como Juan Negrín por su papel de hombres de Estado; y si a los heroinómanos les pagamos la terapia de metadona, ¿no deberíamos odiar el incendio y compadecer al incendiario? Parece ser que los pirómanos son personas con problemas familiares y mentales. O sea, como todos, pues ya sabemos que, visto de cerca, nadie es normal. Hay gente, no obstante, que pese a sus taras psicológicas llega a dirigir los destinos de un país. A éstos, aunque prendan fuego a medio mundo, se les llama gobernantes y pasan a la historia. A aquellos que, en cambio, se quedan en celadores y queman un bosque se les llama delincuentes y pasan la noche en el cuartelillo. Algunas piromanías tienen su origen en problemas laborales. Se dan en todos los oficios, pero en verano la atención se centra en los guardas forestales. A punto de expirar su contrato, se encuentran en medio de la tentadora yesca sin una miserable fogata que llevarse a la boca. No hay testigos y ellos, enfermos de cesantía con la candela en la mano, ¿qué hacen? Pues una lumbrecita de nada que les asegure el puesto de trabajo. Cuántos casos habrá de los que no nos enteremos porque no pasen del conato y salven a un temporero de la precariedad. Sólo conocemos los de final catastrófico. Ésos no tienen defensa posible, pero cuando ocurre en otros gremios se contempla como una variante del autoempleo: también se procura trabajo a sí mismo el periodista que se inventa noticias, el fabricante de antivirus que suelta a la red termitas devoradoras de discos duros, el vigilante que rompe una luna, el mecánico que te desguaza la junta de la trócola para cobrarte dos reparaciones en vez de una... La lista es interminable, porque el mundo está lleno de pirómanos hasta las alturas: a algunos les da por secuestrar enfermeras búlgaras para luego presentarse como almas generosas que acceden a su liberación. Son gentes que crean un problema para ofrecerse como solución, y hay que esforzarse en comprenderlos, porque nadie es tan fuerte que no necesite ser necesario. Han abundado siempre, pero sólo cada cinco generaciones a la humanidad le es dado conocer al auténtico maestro de la pira. Los hombres y mujeres de hoy gozamos el privilegio de compartir época con el gran genio pirómano que invadió Iraq, lo destruyó y, una vez instaurado el caos absoluto, no duda en proclamarse imprescindible para apagar el incendio y llevar la paz a ese país. Ignoro si su delirio tuvo un origen psicológico o laboral, aunque no cabe duda de que el fuego le asegura la soldada. No voy a juzgarlo con severidad, porque hoy me ha tocado hacer la apología del pirómano. Pero me queda una duda taxonómica, ¿es gobernante o delincuente? Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora adie sabe lo que es el fuego. Por mucha inteligencia invisible que encierren las palabras que lo definan, toda explicación del fuego acaba ardiendo a la temperatura del papel. Sin embargo, y aunque del fuego nada se sepa, todo indica que es el principio de las cosas. Lo demás, incluido el verbo, vino después. Y así fueron los rayos del sol y no otros fuegos, los que, hace millones de años, calentaron los charcos donde se nos incubó para el sufrimiento de las demás especies. Llevado esto a los veranos, el fuego, más que milagro de la civilización, ha sido una indecencia que nadie se atreve a explicar. De un tiempo a esta parte viene siendo costumbre que los meses de verano sean meses de incendios forestales. La tradición obliga a saltearlos cada año en algún lugar del mapa, allí donde todavía quede leña por arder. De esta manera, lo del fuego viene resultando milagroso, ya que, además de traer trabajo, trae dineros. El pasado año los pirómanos anduvieron en Galicia, tierras de musgo, agua y vergüenza que recibieron de las llamas su bautismo. Este año, las tierras elegidas han sido las Canarias, islas de plátano pintón, guanches, atlantes y papas arrugás. Vecinos que saben maldecir en nuestra lengua porque razón no falta a su boca caliente. Desde el espacio exterior tomaron una foto de las Canarias que salió en todos los noticieros y que, con sólo mirarla, entraba una culebrilla de esas que llaman fuego de San Antón y que no tiene cura ni aún rascando con lija. La citada foto, con las islas en pequeñito echando humo, hace pensar en un bromista cósmico jugando con su cigarro sobre el mapamundi. Pero nada más lejos. El causante de tal desgracia no habita cielo alguno, se encuentra al alcance de la mano y pertenece a nuestra bendita especie que, dicho sea de paso, maldita la hora en que evolucionó. Con lo bien que estaba cuando era embrión de anfibio, o gusano, con lo bien que estaba antes de llegar a ser hijo del hombre y ponerse a presumir de cerebro abultado en las sienes. Para qué entonces tanto satélite y tanta puñetería si aún no aprendimos la regla de oro de la convivencia entre las especies. La misma que viene a decir que el movimiento de las alas de una mariposa, por muy leve que sea, tiene su repercusión en el infinito. Por lo tanto, el azar queda reducido a un absurdo inventado para regocijo literario. A la hora de la verdad, y mal que nos pese, toda catástrofe natural no es fortuita, sino culpa del ser humano. Y N ienen muy mala prensa los pirómanos, pero ¿no merecerían la misma indulgencia que otros enfermos? Quizá sean sólo víctimas de una adicción, tan patológica como la del cleptómano, el morfinómano o el opiómano. Si a dipsómanos célebres, como Paris Hilton, les T Viene siendo costumbre que los meses de verano sean de incendios forestales EFE