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ABC DOMINGO 5- -8- -2007 40 VICIOS Y VIRTUDES E. Rodríguez Marchante 93 FESTIVAL DE BAYREUTH Anillo de oro, pero sonoro OVIDIO GARCÍA PRADA BAYREUTH. Tankred Dorst declaró después de las cáusticas críticas del año pasado que modificaría, al menos un 30 por ciento, esta decimotercera puesta en escena de El anillo del nibelungo que resultó dramáticamente árida, estatuaria, minimalista. No lo hizo. Los cambios operados no llegan siquiera al uno por ciento. En el Ocaso resulta tediosa, al repetir incluso todos menos uno los decorados de partes anteriores. Por tanto, podría repetirse también la desfavorable evaluación crítica del año pasado, incluida la referencia al abucheo del equipo escénico. En el apartado canoro de este Ocaso se impone hacer distingos: H. -P. König ofreció con su imponente bajo negro un Hagen malvado, pero actoralmente rudo e inocuo. A. Shore convenció como perverso Alberich y E. Haller como grácil y frágil Gutrune. Excelente, una vez más, el coro, compacto y expresivo. Discretos, R. Lukas (Günther) M. Fujimura (Waltraute) las nornas y ninfas. L. Watson (Brünnhilde) pletórica de vigor, pero con entonaciones inseguras en los agudos, metálicamente penetrantes al borde del chillido e ininteligible articulación textual, incluso en la tesitura media. Tras su fulminante actuación en Sigfrido S. Gould (Siegfried) no cumplió las (altas) expectativas. Parecía indispuesto, no se hacía con el papel y en el tercer acto se produjo el fiasco: marró de lleno el tritono, un inter- PANTALONES PIRATA lgunos de los hombres más elegantes del mundo no tienen por costumbre usarlos, pero esta circunstancia no ha de quitarle a los pantalones pirata ni un ápice de esa distinción que desprenden. Y el hecho de que esta prenda aúne al tiempo gracia, frescura, propiedad, elegancia y un cierto y soportable grado de informalidad la convierte en una de las estrellas del verano. Pero no deja de ser curioso que a los pantalones pirata se les llame así, pirata, cuando más bien habría que llamarlos pantalones grumete, puesto que ninguno de los grandes piratas de la Historia, ni en su versión real ni en su versión cinematográfica, tuvieron el acierto o la personalidad de ponérselos. Ni Francis Drake, ni Jean Lafitte, ni Henry Morgan, ni Barbanegra o Barbarroja... ni siquiera el amanerado Jack Sparrow se permitieron ese gesto de suma confianza en sí mismos que es el quitarles los pantalones a sus grumetes y exhibirse con ellos, porque solamente alguien con la firmeza y la solidez de un gran pirata tiene el valor de entrar al abordaje con uno de esos veraniegos pantalones. Y si a los piratas de verdad les faltó valor, qué podemos decir de sus sucedáneos en la pantalla: ni Gregory Peck, ni Anthony Quinn, ni Tyrone Power, el Cisne Negro, ni George Sanders o Errol Flynn, ni siquiera a la mujer pirata, Anne Bonney, o Jean Peters... al único que quizá sí se le ven maneras y posibilidades en ese terreno es a Johnny Depp, que no desentonaría del todo con ellos apoyado en el trinquete. El motivo del éxito de este curioso atuendo sólo puede deberse a dos motivos: a su belleza en sí, o al ansia del ser humano por surcar los siete mares con la intención de apropiarse de cuantos tesoros y propiedades se le pongan al alcance de su mano, o de su garfio... De cualquiera de las maneras, es mucho más saludable que nuestros congéneres sacien sus ansias de piratería colocándose esos calzones ridículos que no, como suele ocurrir, en las consejerías de urbanismo de los Ayuntamientos. A Stephen Gould, junto a Fionnuala McCarthty, Marina Prudenskaja y Ulrike Helzelas en El anillo valo diabólico de quinta rebajada (Do 4- Fa trastabillando el siguiente relato de su vida. Con la escena casi huérfana, la base sustentadora de la producción estuvo durante toda la tetralogía en el foso orquestal. Thielemann conformó un bloque compacto sin fisuras, auténticamente magistral. En 2006 mantuvo demasiado embridada a la orquesta frenando el despliegue dinámico de los ampulosos crescendos orquestales que culminan en erupciones sonoras, por ejemplo, de la fragua de los nibelungos, la cabalgata de las valquirias o la marcha fúnebre. La consecuencia de tanto repujar la afiligranada orfebrería sonora iba a veces en detrimento del énfasis y expresividad dramáticos. Y concitó las iras de parte del público. Thielemann asumió el correctivo: su lectura es ahora más compacta, briosa, recorre el especto dinámico con transiciones agógicas magistrales, a veces súbitas, en una palabra, tiene más fuego dramático, sin perder un ápice de su transparencia, plasticidad y proverbial precisión, que culminó en la marcha fúnebre de Sigfrido con un esplendoroso Wagner puro. Al término de casi 17 horas del ciclo el público ovacionó frenéticamente al director y a la orquesta. Con una adecuada interpretación canora podría ser antológica y pasar a los annales musicales como El Anillo de Thielemann Más información en: www. sansebastianfestival. com CRÍTICA DE MÚSICA POPULAR El tour del adiós de Sabatini. 3- VIII Los Veranos de la Villa Concierto de Israel López Cachao The Mambo Masters. Lugar: Jardines LUIS MARTÍN Israel López Cachao debutó como componente de la charanga Arcaño, a cuya dinámica- -en compañía de su hermano, el pianista Orestes- -contribuyó creando un puñado de danzones; entre ellos, el famoso mambo, más tarde popularizado por Pérez- Prado. Antes, había hecho pasos en la Filarmónica de La Habana y, después, alternó en los grupos de Mariano Mercerón y Fajardo y sus Estrellas, y colaboró en fijar la identidad de las descargas cuba- nas. Fue entonces cuando se especializó en hacer contemporánea la sólida técnica contrabajística de la que es propietario. Cachao, que en breve celebrará su 89 cumpleaños, comparecía arropado por una orquesta en la que alborotaba una decena de músicos especializados en cubrir las carencias propias de la edad del jefe. Gente cuyo encaje en el arranque, es cierto, zozobró perceptiblemente, aunque después funcionaron todos a una con una compenetración admirable. Así la velada fue desovillándose de un modo predecible y complaciente, detalle que no impidió solazar, en ocasiones, al público derramando su- tilísimo polvo de estrellas. Ejemplo: la versión de Si me pudieras querer de Bola de Nieve, desarrollada en clave camerística de cuarteto, con Cachao utilizando el arco sobre las cuerdas. En los últimos diez años hemos visto a Cachao en tres ocasiones al menos. Y en todas ha insistido en la funcionalidad del catálogo musical que maneja. Un posicionamiento de intereses abriendo concierto: Como mi ritmo no hay dos un cantante, algo cargante, que dedica canciones a la doctora que en la mañana le atendió; la envergadura de un mambo que, en su fase repetitiva, hace las delicias de la oficina de turismo de la ciudad: Qué bonitoes Madrid Y, junto a ellas, una semibarroca Lluvia, viento y caña Y el fraseo del pianista Alfredo Valdez desparramando, sublime, lo que parecía el rumbón de Redención Lástima que el sonido no fuese el mejor aliado de ese personal de éxito planetario. Bondad y belleza no siempre tienen recompensa y este concierto es la prueba. Enturbiada quedó la exposición de la Guajira clásica Y también la elegancia grapelliniana del violinista Federico Brito, que, como Cachao, sabe asumir con sus sutiles formas las funciones que supone siempre un relato de envergadura. E idéntico destino tuvo el maestro Jimmy Bosch, en el trombón, aunque acabase dando impagable lección de cómo abducir al personal con su fraseo atractivamente dislocado. Junto al resto, bien sirve a la despedida de Cachao de los escenarios, el hombre que rara vez dio en su vida puntada musical no fuese en hilo de oro.