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82 AMAR Y SUFRIR POR UN TORERO 40 www. abc. es cuarentagrados DOMINGO 5- -8- -2007 ABC Nunca he tenido el valor de ir a la plaza Angustia, eternas esperas y miedo conviven a diario con la esposa de Enrique Ponce. Aunque respeta su profesión, no oculta su deseo de que su marido se retire. Así sufre la mujer que ama a un torero... ROSARIO PÉREZ En casa tengo una zona con muchas estampas que me ha regalado la gente para que iluminen a Enrique. A la hora de la corrida enciendo una vela y me encomiendo a todos los santos. -No me gusta hacer partícipe a nadie, porque es tanta la preocupación que bastante tengo con pasarlo mal yo. Prefiero estar sola, en la iglesia o en casa, con mis oraciones y hablando interiormente con Dios. -Lo es. Vamos mucho a Jesús de Medinaceli, a la Virgen de los Desamparados de Valencia, a la Inmaculada y a la de Lourdes. Cuando estamos en México siempre visitamos la de Guadalupe. Enrique lleva más de trescientas estampitas y tarda hora y media en montar su capilla en la habitación del hotel. Tienen que instalarle tableros especiales. Paloma Cuevas E -Son muy duras. Hay sentimientos encontrados: por un lado, sé que parte de su felicidad depende de su profesión y, por otro, soy consciente de que expone su vida. El sufrimiento es inmenso. Las horas se hacen eternas, porque no sólo es el momento de la corrida, sino los riesgos de la carretera. El desasosiego y el miedo no me abandonan. ¿Cómo vive las horas de corrida de Enrique Ponce? n vilo entre la arena y el lucero, la risa por el llanto desgarrada, así está la mujer que ama a un torero, herida y sin herir por la cornada. Es la letra de una de las canciones de la inolvidable Rocío Jurado, reflejo de la verdad del toreo. Las compañeras de los que se visten de luces viven cada jornada de toros con el corazón encogido. Pocas consiguen ver a su amor en el albero, batallando frente a un toro fiero, pero aguantan con estoicismo la angustia y el sufrimiento. Las dos horas del festejo se tornan interminables. Las cinco, las seis, las seis y cuarto, las seis y media... Y las siete que no llegan. Paloma Cuevas, esposa y cómplice del maestro Enrique Ponce, dialoga tarde tras tarde con el miedo. La bellísima Paloma, apacible y dulce como su nombre, desnuda sus sentimientos a ABC y desvela las inquietudes que invaden su alma mientras su marido habla de tú a tú a la muerte. Un paseíllo íntimo, de grana y oro, el de sus emociones... ¿En soledad o en compañía? -Su fe parece inmensa. -Los toreros dicen que uno de los peores momentos es la espera en el patio de cuadrillas. En su caso, ¿cuál es más amargo? -Cuando Enrique sale de la habitación vestido de luces. Ese instante en el que nos despedimos y él atraviesa la puerta es el peor. Ahí comienza la tarde de toros y el miedo. ¿De qué color es ese miedo? -Grana. -Ése es el color de los valientes. -Pues yo pertenezco al grupo de las cobardes. El valor lo tiene todo mi marido. -Jamás. Lo conocí con diecinueve años y desde entonces no lo he visto, ni de novios ni de casados. Él me dice que no le gustaría irse sin que yo lo viera, pero hasta ahora no he tenido valor. ¿Nunca ha acudido a verlo a la plaza? ¿Cómo alivia esa angustia? Paloma Cuevas, siempre elegante, comparte con Enrique Ponce su afición al campo y los caballos ABC -Yo tengo mucha fe y pido a Dios que proteja a mi marido. -Sí suele acompañarlo en sus viajes. ¿Se siente más tranquila?