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76 40 RICOS SOLEMNES SÁBADO 4- -8- -2007 ABC Roman Abramovich El don de la oportunidad ISABEL GUTIÉRREZ l de Roman Arkadievich Abramovich (nacido en la provincia rusa de Saratov, en 1966) es un rostro poco interesante, y no porque resulte desagradable. Un flequillo escaso y rubicundo corona una mirada bovina y una sonrisa algo bobalicona. Si bajo las fotografías que de él se publican, y en las que apenas hace uso de la corbata, no aparecieran los términos magnate oligarca o multimillonario la suya podría ser la cara de un tipo corriente: un currante del metal, un futbolero fiel... Nadie extraordinario. Es de creer, sin embargo, que la máscara guarda apti- E tudes que se salen de lo común y que incluso encierra tempestades emocionales bastante temibles. Cabe pensar que Abramovich es una encarnación, otra más, de esa fuerza que tira de Rusia, que impresiona y desconcierta. Que a duras penas se comprende. Parece ser que su estrella empieza a declinar bajo el relumbrón de un nuevo favorito (de Vladimir Putin) Oleg Deripaska, actual rey del aluminio Pero sus actos aún merecen titulares y su figura es digna de atención, al menos para intentar comprender cómo y por qué está donde está. De él se sabe que muy pronto quedó huérfano: a los 18 meses perdió a su madre y su padre murió a causa de un ac- cidente laboral cuando tenía 4 años. Tuvo suerte de que su desarraigo no le llevara al orfanato y se criara bajo la tutela de un tío paterno en la ciudad de Ukhta, en la gélida región de Komi, al norte de Rusia. Parece ser, sin embargo, que las auténticas raíces de Abramovich están en Lituania, la tierra de su padre y sus abuelos, de la que fueron deportados a Siberia cuando los soviéticos ocuparon el país en 1940. Antes de terminar sus estudios, ingresó en el ejército y aún antes de que su ascensión en el mundo de los negocios empezara a ser imparable (ascensión paralela al derrumbamiento de la Unión Soviética) Roman demostró astucia y ambición, igual si revendía neumáticos usados como si comerciaba con productos petroleros. Ascensión vertiginosa Roman Abramovich aplaudiendo a los jugadores del Chelsea, club de fútbol del que es dueño AP Todo ello, sin embargo, son sólo pequeños esbozos que escasamente se aprecian en un lienzo mucho más grande, pero también más complejo. ¿Cómo se hizo tan inmensamente rico si, según cuentan, cuando se casó con la azafata Irina no formaban una pareja adinerada? Hay quien apunta, más allá de su buena gestión empresarial en la ciudad de Omsk, el don de la oportunidad: cuando, a principios de los 90, las antiguas empresas estatales soviéticas comenzaban a privatizarse, él se asoció con alguien muy bien relacionado con la hija del presidente del país. Boris Berezovski, antaño todopoderoso y ahora maldito entre los malditos, le presentó a Tatiana Dyachenko, hija de Boris Yeltsin y, desde entonces, gran amiga. Abramovich y Berezovski fundaron la compañía petrolera Sibneft, desde la que se hicieron con activos privatizados a bajo precio. Sigue, después, una enmarañada historia de espectaculares golpes financieros e intrigas políticas bastante inquietantes, en la se cruzan personajes variopintos y con desigual fortuna: el ya mencionado Berezovski, Mikhail Fridman, Vladimir Potanin o, en especial, Mikhail Jodorkovski, el otrora espléndido propietario de la petrolera Yukos y que hoy languidece en prisión después de que le birlaran su imperio. El porqué Abramovich mantiene su fuerza y su prestigio se debe, sobre todo, a un hecho clave, cuando en 1999 ayudó a Putin a llegar a la presidencia de Rusia; y, además, a una actitud hasta el momento inamovible, que unos llaman sumisión y otros fidelidad al poder establecido. Quién sabe si Jodorkovski y compañía son más valientes, más críticos o más ambiciosos; o si Abramovich es más interesado o más cobarde. El caso es que tiene poder, y mucho; un poder que ya hace tiempo transcendió el ámbito económico. Buen ejemplo es el cargo que ostenta, desde el año 2000, como gobernador de la remota provincia de Chukotka, una tierra helada que habitan pastores de renos y buscadores de oro. Es cierto que la pisa poco (se encuentra a nueve husos horarios de Moscú) aunque suple sus ausencias con un grupo de ejecutivos que administran sus riquezas y, también, con la impronta de ciertos mensajes paternalistas. Resulta divertido leer el texto en el que enmendaba la plana a patronos y obreros a propósito de sus tremendas borracheras cuando cobran la paga. En Occidente, su nombre comenzó a hacerse célebre cuando, en 2003, compró a Ken Bates el Chelsea Football Club por 60 millones de libras. Fue entonces cuando todas las miradas se fijaron en aquel ruso instalado en Londres (hoy, velado campo de batalla entre fieles y opositores de Putin) de carácter impenetrable y tendencia al despilfarro. Obsesionado hasta la paranoia con su seguridad personal: es obvio que sus múltiples residencias (en Inglaterra, Francia, Italia, Rusia... deben estar bien defendidas, pero ¿instalar un sistema antimisiles en su Boeing 767? ¿facilitar la huida de su yate Pelorus por helicóptero o submarino si es que alguien se propone amargarle la travesía? ¿rodearse de un ejército de 40 hombres para guardarle las espaldas? El hermetismo que domina su personalidad también rodea su vida íntima. Se sabe que el divorcio de Irina, su segunda mujer y madre de sus cinco hijos, ha podido costarle unos 8.000 millones de euros, la mitad de su fortuna; pero el proceso ha sido tan costoso como discreto. Se sabe que hoy le acompaña una belleza de 24 años llamada Daria Zhukova. Se sabe, en fin, que ahora quiere aliviar tensiones y disfrutar de su fortuna. ¿Podrá conseguirlo? Más información: http: www. forbes. com