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50 AGENDA Tribuna Abierta SÁBADO 4 s 8 s 2007 ABC Jorge del Arco VIDA Y POESÍA L sosiego del estío, invita a demorarse en libros que, por su extensión, suelen ir relegándose para mejor saborear en tan propicias fechas. Tal es caso de la Obra entera. Poesía y prosa (1958- 1985) de Rafael Cadenas, que ha reeditado la editorial valenciana Pre- Textos. Se recoge en estas más de setecientas páginas, el ideario vital y literario del vate venezolano (Barquisimeto, 1930) considerado como uno de los activos más importantes de la actual lírica de su país. la noble apuesta por el cuidado del lenguaje La quiebra de la lengua es la quiebra de la cultura, de la sociedad y del espíritu la luminosidad de su verbo y los múltiples secretos que esconde su aparente sencillez discursiva, se le unen sus apuntaciones ensayísticas, de corte más reflexivo, y un afán aforístico de clara estirpe. La necesidad de ir espaciando la densidad simbólica de su decir, me hizo intercalar la lectura con la última entrega de Joan Margarit Casa de misericordia El autor leridano (Sanaüja, 1938) vuelve a sumar un excelente poemario a su ya larga trayectoria. Esta casa del ayer y del futuro, vuelve a llenarse de autenticidad y emoción al hilo de un verso de continuado pálpito, emocionado y lacerante, clavado en la memoria de un tiempo ido, y a su vez, imborrable: ...Todos están muertos. y yo, mientras me voy haciendo viejo, admiro la belleza monstruosa de un mar sin puertos. Sin ninguna barca Pero si algo me ha impulsado a traer hasta aquí a estos dos excelentes poetas, no ha sido tan sólo el fulgor de sus versos, sino las concomitancias E ...Todos están muertos. y yo, mientras me voy haciendo viejo, admiro la belleza monstruosa de un mar sin puertos. Sin ninguna barca A Margarit cuando escribe en sus Voces infantiles El futuro en mis ojos, de un gris triste, en la película de luz cansada donde recuerdo cuando se acostaban Alguna madrugada, de repente, oigo un grito infantil que está llamándome, pero no hay nadie, sólo un viejo que ha escuchado el rumor de la memoria En sus citadas Anotaciones añade Cadenas: La poesía tiene que ver esencialmente con la vida, con ese hecho inefable, y es extraña como ella... Para nueve años después, anotar en sus Dichos La vida es la protagonista En el epílogo a su poemario, Margarit, incide en la dicotomía lírico- vital y expresa de manera rotunda: Hay una cuestión primordial, la identificación de la poesía con la vida, que cada poeta tiene que decidir por sí mismo Siempre ha habido una poesía que ha optado por (ELLO) Horacio, Propercio o Catulo son ejemplos lo bastante antiguos Y no acabarían aquí esas íntimas cavilaciones y estas coincidencias líricas, pero, tal vez, necesitara un espacio más amplio del que dispongo para relatarlas todas. Valga, tan solo, como última muestra, el poema de Rafael Cadenas que inicia Una isla (1958) Si el poema no nace, pero es real tu vida eres su encarnación C que en torno a la vida y a la poesía he ido encontrando al par de ambos volúmenes. A sí, Rafael Cadenas, afirma en sus Anotaciones (1983) La poesía puede acompañar al hombre, que está más solo que nunca, pero no para consolarlo sino para hacerlo más verdadero En esa sentida soledad, parece reflejarse omo colofón a su epílogo, afirma Joan Margarit: Cuanto más viejo me hago, no reconozco otra aventura que valga más la pena que la propia vida Bueno sería quedarnos con ese último hálito de vital optimismo que ofrece el poeta catalán y aventurarnos a gozar de nuestra cotidiana realidad con fervoroso empeño. Pues, aunque como bien sentenciara Séneca hace falta una vida para aprender a vivir siempre queda tiempo para saber disfrutarla algo más. Y mejor. Javier Lostalé Escritor AQUEL VERANO N nuestra memoria siempre hay un verano que cada año nos deja sin edad, pues nos traslada a un tiempo primordial a través de la superposición de varias imágenes protagonizadas por nuestra madre. En la primera, entre reflejos de sol vemos a nuestra madre en bata que abre la ventana del apartamento y mira al final de la calle la línea azul del mar. Un pelo ralo y blanco envuelto en una claridad salina aparece después. Luego, desde la distancia borrosa, ceñida por la pereza que media entre la sombrilla que alquilamos en la playa y E Se ha puesto la falda de lunares para que se lo digamos, y no se ha olvidado del monedero porque quiere invitarnos las primeras olas nos llega la segunda imagen, y nos fijamos en unos pies por el peso de la vida algo desmoronados que se retiran y avanzan al compás de la espuma. co de su combinación. Disimulamos la ternura que nos empaña lo ojos mientras ella se detiene a mirar un escaparate o dice algo que no oímos. Al atardecer, se suceden las imágenes, nuestra madre espera el momento de subir al coche para que la llevemos a algún pueblo próximo. e ha puesto la falda de lunares para que se lo digamos, y no se ha olvidado del monedero porque quiere invitarnos. La tarde, los lunares de la falda, el monedero, son el verdadero cuerpo de la excursión. Está tan sola e ilusionada como una niña que espera el autobús para pasar un día en la montaña. ¿Por qué no rompemos esa soledad contándole al- L a falda algo remangada, de ese modo como las madres se sujetan la falda cuando caminan por la orilla del mar. Pronto una tercera imagen se impone: nuestra madre sube despacio la cuesta que nos conduce de nuevo al apartamento. La cogemos del delgado brazo y sentimos la arruga luminosa de su piel. Por uno de sus hombros asoma el tirante blan- S go que nunca le contamos? Es verano y hay tiempo. Por la noche, otra imagen nos asalta, nuestra madre lo observa todo sentada en la terraza de una cafetería (mamá sólo bebe agua, jamás bebió otra cosa que agua, pero nos damos cuenta ahora por primera vez, como si estuviéramos dentro de ella... y, sin embargo, nos alejamos) llí, sentada en la terraza, en un instante recupera toda su vida, y nos recuerda no sé qué de nuestro padre. Mamá, ¿quieres un helado? le respondemos. Un hondo silencio lo envuelve todo, y las imágenes se van borrando mientras aquel verano canta de nuevo en nuestra sangre. A