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ABC SÁBADO 4 s 8 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA COMO SEA, CUANDO SEA O podía ser, y no ha sido. La prioridad es ganar las elecciones, y el PSOE se ha lanzado a por ellas a todo trapo, dispuesto a demoler si preciso fuere las vigas maestras que han sustentado hasta ahora su proyecto de gobierno. De repente, Navarra estorbaba en el camino de las generales como un camión atravesado en medio de una autovía, y Zapatero ha ordenado apartarlo de cualquier modo a la cuneta, entre cuyos jaramagos va a quedar arrumbado Fernando Puras Iscariote el hombre de la palabra movediza. De paso, el Gobierno le IGNACIO aprieta otro poco las tuerCAMACHO cas a De Juana Chaos, por quien perdió las municipales cuando el Proceso era aún un hilo de esperanza al que se agarraba el presidente. El mensaje es nítido: ya no hay otro argumento, ni otro horizonte, ni otro proyecto que el de ganar como sea A costa de lo que sea. Esta manera de actuar, compulsiva, improvisada, apremiante, se ha convertido en el único método estable del zapaterismo. Ausente cualquier principio programático, cualquier estrategia coherente, todo es táctica, urgencia y precipitación. El Proceso ya no vale, al menos hasta nueva orden, y ahora lo que manda es la prioridad del electoralismo. Agitación, promesas, gestos, clientelismo. Política de encuestas, de guiños de opinión pública y alquiler mercenario de votos con la chequera de una caja rebosante de superávit. Pero ojo: podrá no ser una manera coherente de actuar, pero no tiene por qué no resultar eficaz. Zapatero ha leído correctamente los resultados del 27- M. Lo tumbó el Proceso las cesiones ante ETA, los paseos arrogantes de De Juana Chaos. Probablemente- -no, sin duda- -sigue creyendo en esa vía, pero los terroristas se la han cerrado y trata de hacer delproblema virtud. Ha abolido públicamente el Proceso como si no hubiese existido jamás, y ordenado lanzar a tope de revoluciones la maquinaria electoral. Dinero a espuertas para el desastre canario, promesas a tutiplén para el victimismo catalán, ministros nuevos para derramar subvenciones, babycheques, y otros amables conejos que están por salir de su chistera. De Juana al trullo con dos grilletes, y Navarra sacrificada en un forzado gambito de dama. Solbes va a sudar sangre en los próximos presupuestos: hay que repartir en todas direcciones. Pero más va a sudar Rajoy, si deja que este repentino volatín le pille con el paso cambiado ante un electorado que se muestra sumamente volátil en los sondeos. La renuncia a gobernar Navarra con el nacionalismo panvasquista es un plato de sabor amargo para Zapatero, pero se lo come porque confía en sus efectos demiúrgicos y, sobre todo, por la plena certeza de las devastadoras consecuencias que habría tenido para él aceptar el órdago del PSN. Ya ha aceptado, a regañadientes, el naufragio general de su mandato, que sólo puede salvar mediante una victoria in extremis, como sea. Fracasados todos los objetivos políticos, la legislatura ha terminado. El final del parte lo escribirán los ciudadanos. En marzo... o cuando sea. N RINCONES FLORENTINOS Q UIZÁ los surrealistas tuviesen razón, cuando sostenían que a los museos habría que prenderles fuego (no recuerdo si sus propósitos crematorios incluían también a los visitantes de los museos) Los cuadros que penden de las paredes de los museos son como flores prensadas en un herbario: arrancados del lugar para el que fueron concebidos, extravían su sentido originario, quedan desposeídos de su capacidad de conmoción, hasta convertirse en un pálido muestrario de reliquias. Uno llega al convencimiento de que los museos son el producto rencoroso de una época en la que el arte perdió su razón de ser: el afán clasificatorio, didáctico, ordenancista surge cuando ha muerto la capacidad del hombre para zambullirse en el misterio. Y, como el botánico que ya no sabe prendarse del esplendor de la rosa y necesita contar sus pétalos (aunque sean pétalos marchitos, arrancados de la tierra que les presta su sustento) el hombre contemporáneo encierra sañudamente los cuadros en los museos, donde se convierten en poco más que láminas archirrepetidas de un libro mil veces visto: quizá halaguen sus sentidos, quizá incluso lo barnicen de JUAN MANUEL conocimientos de los que hasta ese moDE PRADA mento carecía, pero acaban abrumándolo con su repertorio tedioso. En el traslado al museo, se desvanece el misterio de la obra de arte, como se desvanecen los colores de la rosa en su traslado al herbario. Esta impresión de misterio desvanecido se agrava, además, en los museos de Florencia, especialmente descuidados y atestados siempre por hordas de turistas que consumen arte con la misma displicente celeridad y el mismo riesgo de empacho con los que luego embaularán pizzas. Así que al viajero no le queda otro remedio que buscar esos rincones que las hordas de turistas suelen excluir de sus itinerarios; rincones que aún no han sido expoliados por el frenesí museístico, donde aún el arte preserva a duras penas su misterio y su capacidad de conmoción. Algo de esto encuentra el viajero en la capilla Brancacci, aneja a la iglesia de Santa Maria del Carmine, cuyas paredes fueron pintadas por Masaccio, Masoli- no y Filippo Lippi con estampas de la vida de San Pedro. Los frescos de la capilla Brancacci son a un tiempo graves y exultantes de color; en los paños laterales, flanqueando los episodios petrinos, se confrontan sendas escenas que narran el pecado de nuestros primeros padres: en la primera, Adán y Eva, pintados por Masolino un instante antes de caer en la tentación, aún se muestran plácidos y rozagantes; en la segunda, Masaccio los retrata expulsados del Paraíso por el ángel flamígero, convertidos ya en criaturas errabundas, desposeídas y desgarradas por el dolor. El rostro de Eva, desencajado por la contrición, es a la vez espectral y humanísimo, de una fuerza estremecedora sin igual. Tampoco tiene parangón la delicadeza del coloquio que mantienen San Pedro y el ángel que acaba de liberarlo de su prisión, mientras el guardián que debería impedirlo duerme: el ángel sostiene la mano de San Pedro como un buen discípulo sostendría la de su maestro, con infinita unción e infinita piedad; y le dedica una enternecedora mirada en la que viaja el amor divino. El viajero se siente abarcado, salvado por esa mirada beatífica. También se siente salvado cuando se adentra en la solitaria penumbra de Santa Felicità, a escasos metros del concurrido Ponte Vecchio. Las hordas de turistas no saben que en esta iglesia de apariencia modesta se esconde una capilla también modesta, diseñada por Brunelleschi, en la que se hallan dos obras maestras del Pantormo. De la pared del fondo cuelga un Descendimiento extrañísimo, de una cualidad desvaída, un poco delicuescente, que habría hecho las delicias de los prerrafaelitas. En una de las paredes laterales, el fresco de la Anunciación parece bendecido por un céfiro sutilísimo que agita la cabellera de Gabriel y favorece el escorzo irrepetible de su frente. La Virgen escucha con modestia y rubor las palabras del mensajero; tiene una belleza tímida y patricia que me hace pensar que Pantormo hubiese utilizado como modelo a Deborah Kerr. Contemplo a la Tota Pulchra mientras repito en silencio las palabras de Gabriel: Dios te salve, María, llena eres de gracia... Y en la penumbra de Santa Felicità el tiempo se suspende, sobreviene el misterio. Las hordas de turistas, entretanto, hacen cola en los museos de Florencia.