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ABC VIERNES 3- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 89 ALTOS VUELOS VESTIDO DE LUCES Con estas cosas, las dos Españas aprovechan para enfrentarse en el ruedo de la discordia. Tal vez ninguna de las dos lleve razón dad pues, como se ha visto, poco o nada tuvo que ver con ella, apartándolo a un lado y para alcance de todo el mundo, lo de la españolidad consiste en elevar lo propio, lo de la tierra, a la altura de lo universal. Y mantenerlo por montera o por sombrero cordobés, como el que usaba Manolete, que fue hombre de arte universal y que, una vez muerto, de su capote hicieron mortaja. Tal y como la lució Picasso, desde el exilio, llevando la españolidad hasta sus últimos fuegos. O como Hemingway, que acabaría vistiéndola de luces profanas durante las tardes de un verano peligroso. SUERTE DE BOSTEZOS El traje de luces no llega al extremo de los de las drag queens, porque el zapatín negro y la montera salvan la discreción el más antitaurino; el más cualquier cosa y el más antietcétera. Ambas posturas engarzan con su respectiva y secular tradición de lo español. La verdadera extranjería se resume en cuatro sílabas: ni fu, ni fa. ¿Lo cuento por jactancia? No. Casi nunca considero la indiferencia un motivo de orgullo. Lo cuento porque es muy duro escribir quinientas palabras acerca de algo que a una le provoca un desinterés soporífero, pero me encuentro en ese aprieto y quería empezar por el principio. Desde la molicie insuperable el asunto se ve de esta manera: un animal robusto, bello y asesino, rotundo en su perfil, criado para servir como espectáculo al precio de dar hieles a beber. Enfrente, otro animal, enclenque, también asesino, dispuesto a ejecutar una maniobra de dominación tenida por viril vestido con la taleguilla de una mujer rococó. Con el debido respeto, ¿se han visto la facha los toreros? Comprendo que es costumbre, y que cuando uno pertenece a un cierto gremio sus extravagancias llegan a contemplarse con naturalidad, pero ¿no han considerado la posibilidad de ataviarse de forma menos grotesca? El traje de luces no llega al extremo de los de las drag queens, porque el zapatín negro y la montera salvan la discreción mejor que unas plataformas y una peluca fucsia, pero sus excesos tiran igualmente al transformismo. Qué recargadura tan agotadora: las lentejuelas, los alamares, las borlas de los machos, las chorreras, los bordados, los brocados, los dorados... Uf. Todo para refulgir puntual a las cinco de la tarde. Precisamente la hora a la que tengo por costumbre tomar el té. A la lucha del toro y el hombre sobre la arena no termino de encontrarle fundamento estético, por más que reconozca en los andares afectados del torero la trascendencia de quien sale a rondar a la muerte. En cuanto al ético, me fío de los etruscos. Aquella gente jovial que practicaba el toreo era lo más alejado de una civilización salvaje, a juzgar por el estatus de las etruscas: eran libres e instruidas, comían a dos carrillos y bebían a gollete con los hombres. Un caso insólito en la antigüedad. Ninguna habría tolerado que un romano la sermoneara sobre la brutalidad del toreo y a continuación se marchara al Circo Máximo a azuzar a un león para que se merendara un cristiano. Por empujar el pulgar imperial hacia arriba sí hubiera dejado yo mi té, pero por una corrida o una manifestación antitaurina no paso calor. Llegados a este punto, voy a dejarme de rodeos: nunca he estado en una plaza de toros, no he leído el Cossío, aunque lo he regalado, y sólo he visto de refilón las corridas de San Isidro televisadas, con los suspiros de congoja de mi abuela al fondo. Lo único que sé de este negocio es que Ignacio Sánchez Mejías murió a las cinco en sombra de la tarde. Y pese a todo no me ha faltado desfachatez para escribir hasta aquí 498 palabras. Me faltan sólo dos: mil perdones. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora E l tema de los toros siempre ha traído mal arreglo. A unos les huele a cuerno quemado y a otros les sabe a tardes de gloria. Y con estas cosas, las dos Españas aprovechan para enfrentarse en el ruedo de la discordia. Tal vez ninguna de las dos lleve razón pero hay que dar por seguro que una de las dos se equivoca. Y a mí me da que, la parte equivocada, es la parte vegetariana, la que toma el rábano por las hojas y no consigue hacer razón debido a la anemia de sus argumentos. Los de la verdura deberían saber que el toro de lidia existe por gusto y gracia de la torería. Eso es lo primero. Lo siguiente es hacer distingos entre tauromaquia y política, siendo la una arte de suerte suprema y siendo la otra un mal arte que sólo busca arrimarse a lo popular para ganar seguidores. De ahí viene lo de marcar con la señal de la cruz gamada a todo aquél que le guste asistir a las corridas de toros. Por seguir con esta cruz, cabe aquí apuntar que fue la misma que lucía en su brazalete un hombre de dudosa sensibilidad como lo era Heinrich Himmler cuando, en un palco de las Ventas y en mitad del silencio de la tarde a rebosar de gente, cayó redondo al suelo. No pudo soportar por más tiempo la visión de la sangre. Por coger el ejemplo por los cuernos, baste aquí citar a Picasso, que, desde su exilio, llevó la españolidad por montera. O por capote cordobés con el que sería amortajado. Durante los veranos del desarraigo, Picasso cogía a sus amigos galos y los acercaba hasta las Plazas del sur de Francia con el propósito de estimularles el gusto por la Fiesta española. Desde el exilio, Picasso vino a demostrar que la lidia queda igual de lejos de los vencedores como cercana de los vencidos y que, una vez sacadas las cuentas, vencidos fueron todos los españoles. Es curioso, ya puestos, el fulano que pasó a la historia como buen patriota, o sea, aquél llamado Caudillo de España, aparte de mal jinete, fue uno de los fulanos menos patriotas del mundo. Para lo del alzamiento, además de la sensible ayuda germánica, contó con el saludo romano de Italia y eso sin olvidarnos del moro, con el que siempre se cuenta para las cosas de los alzamientos. Y de esta valiente forma, asistido por tierra, por mar y por cielo, sembró las hambres en un pueblo que salió escopetado a merendarse gatos, palomas, y todo lo que tuviese algo de chicha. La ganadería brava no iba a ser menos. En tiempos de guerra, los españoles se comieron los toros a dentelladas. Apartando a Franco de la españoli- nte todo debo confesar mi crimen de lesa españolidad: los toros me dejan indiferente. No es que sea detractora de la fiesta, eso me haría muy española porque este país es así: el más creyente y el más anticlerical; el más torero y A El francés Sebastián Castella hace el desplante del teléfono IGNACIO GIL