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ABC JUEVES 2- -8- -2007 VISIONES 40 77 BELLEZA A CONTRAPLANO CHIPS DE VERANO José Manuel Nieves LA BOLA DE ROSEBUD Caso: Ciudadano Kane Acusado: Orson Welles. Cómplices: Joseph Cotten, Everett Sloane, Dorothy Comingore, Ray Collins y Ruth Warrick. EE. UU. 1941 A ellos también les pasa Teresa de la Cierva Marta Barroso Si ayer eran ustedes, queridísimos hombres, los que sonreían al leer los problemas de las féminas con su tripa, quizás hoy pierdan su irónica sonrisa. No, no por nada, de verdad, pero es que, de abdomen, precisamente de abdomen, son muy pocos los que pueden presumir. Sobre todo a medida que los años pasan. Para comprobarlo, eche un vistazo a su alrededor. Sin más. Y sin ninguna malicia, desde luego. Es para que entiendan por qué, año tras año, insistimos en tratar este tema. Pero no pasa nada. Lo que hay que ser es consciente de ese pequeño problema estético e intentar corregirlo. El que esté dispuesto a recuperar la forma perdida que tome nota y apunte. En el mercado, los tratamientos creados por y para la tripa de los hombres se multiplican ¿por qué será? y las mujeres estamos encantadas de que ellos tengan sus propios productos. ¿Por ejemplo? Body Creator Abdomen Toning Gel de Shiseido (38 euros) un gel estimulante que elimina y quema el exceso de grasa, proporciona firmeza a la piel flácida de la cintura y deja la piel muy suave. Eso sí. Hay que aplicárselo todos los días. No sea vago. El esfuerzo merece la pena. Federico Marín Bellón Marta, Google, y la receta de la tarta de limón Marta quería hacer una tarta. De limón. Y, como hacen ya millones de personas en el mundo, buscó la receta en Google. Pero Marta, gran amiga desde que tengo memoria, fue más allá, y guardó el papel en Google Docs, ya saben, para tenerlo on line y, por tanto, accesible desde ordenadores que puedan conectarse a internet. Siguiendo las instrucciones al pie de la letra, Marta adquirió todos los ingredientes necesarios, y compró incluso los moldes para hornear su pastel. Pero al llegar a casa, cuando se disponía a ponerse manos a la obra, se dio cuenta (horror) de que su impresora no tenía papel. ¿Cómo materializar el imprescindible documento, perdido ahora en la memoria de un lejano servidor? Pero mi amiga tuvo una (otra) genial idea. Y no fue la de llevarse el PC a la cocina, que eso es poco fino y, además, engorroso. Se fue hasta su ordenador y se envió a sí misma la receta a su cuenta de Gmail, programa de correo que cuenta con una versión para móviles. Y, ni corta ni perezosa, lo abrió después desde su teléfono, esta vez sí, en la cocina. Así pudo, paso a paso, elaborar sin más problemas el suculento postre. Para que luego digan que la tecnología no sirve en la vida diaria... Apúntate una, Marta. odo el mundo sabe que la última palabra que pronuncia Charles Foster Kane es Rosebud aunque se ignora cómo conocen los otros personajes ese dato. Pero ya volveremos después sobre este asunto. Lo que casi todos ignoran que Orson Welles no sólo era un apasionado de los toros, sino que debutó a los 17 años como novillero, en Sevilla, bajo el obvio sobrenombre de El Americano. Por fortuna, su sentido autocrítico recondujo su carrera, pero cualquier arena le valía al genio de Winsconsin para sacar a relucir sus dotes de provocador. Amparado en la compañía que fundó, el Mercury Theatre, se disfrazó de Mussolini en un revolucionario montaje de Julio César y sembró el pánico con su versión radiofónica de La guerra de los mundos Gracias a la repercusión de lo que algún diario calificó como la historia del siglo la RKO puso bajo su firma el mejor contrato que jamás haya logrado director alguno, pese a que era un perfecto novato. Hollywood, claro, lo recibió como el dueño de una tabaquera a un enfermo de cáncer y celebró el fracaso de sus dos primeras tentativas, la adaptación de un cuento de Conrad y de una novela policiaca. Hasta T Orson Welles como Charles F. Kane, magnate del cuarto poder porque a Welles se le ocurrió dejar caer un rosario, por casualidad en el pase privado ante el censor jefe. El destino, menos ingenuo y católico que el funcionario, quiso que los negativos se quemaran en los años setenta por accidente. Según cuenta el cineasta, fue el guionista Herman Mankiewicz quien aportó el recurso de Rosebud, que a él no le convencía, aunque dio resultado Pero volvamos al caso central. Kane susurra la palabreja y deja caer la bola de cristal, que se rompe, momento en que se abre una puerta y entra la enfermera, que certifica la muerte del paciente. La investigación empieza con ese Rosebud que nadie pudo oír y que resulta ser un trineo infantil. ¿Pero quién narices- -si no fuera una grosería, en este contexto sería más apropiado citar otra parte del cuerpo- -escucha la palabra de marras? Señor Welles, su coartada se tambalea. ¿Quién narices escucha a Kane decir Rosebud justo antes de morir? que a Welles se le ocurrió contar la historia de un hombre desde diversos puntos de vista, a lo Rashomon Primero pensó en Howard Hughes, el aviador quien pasó el testigo a William Randolph Hearst. Alertado por las francotiradoras del cotilleo, el magnate del cuarto poder (y de algún otro) quiso abortar el estreno, sobre todo cuando supo que salía a colación, con perdón, el nombre de Rosebud, que él empleaba, se supone que en la intimidad, para referirse al clítoris de su amante, Marion Davis. O al menos eso escribió Gore Vidal, que podía ser muy malo incluso sin pretenderlo. Si Hearst no pudo destruir los negativos fue