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ABC JUEVES 2- -8- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 71 ALTOS VUELOS SÓLO PARA ELLAS El tal don Juan no es más que un invento de doña Inés, que, un buen día, se hizo pasar por Zorrilla Una vez aliviados por soltar todo lo dicho, sólo queda subirse la cremallera y embestir con ímpetu el pedestal donde está puesta la estatua del Don Juan Tenorio, en Sevilla. No tiene pérdida. Queda junto a los jardines de Murillo y cualquiera sabe indicar el camino. Si después de arremeter duro contra la peana no se observa ninguna herida en los laterales de la frente del varón, eso es señal de que hay cuernos. Lo mejor en tales casos es seguir chocando hasta que la señal indique que el mito de don Juan ha cumplido su destino y que la leyenda ha quedado convertida en astillas. TRIUNFANTE HACIA LA RUINA La inseguridad característica de don Juan, un infiel que conquista para engrandecer su ego vez sea útil, pero conduce a serios aprietos. Abordo la defensa pública de los cuernos como esposada frente a un agente de la autoridad que me advierte con gravedad: todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra. Y sé que lo será. La aproximación más certera al fenómeno la hizo Bierce cuando definió la fidelidad como la virtud propia de quienes están a punto de ser traicionados A partir de ahí, sólo queda dilucidar las distintas formas de abandonar el estado virtuoso. La infidelidad veraniega acontece por descuido, porque cuando uno lleva poca ropa, por alguna extraña razón, se encuentra más receptivo a las miradas de ojos golositos. No es grave, pero si se torna recurrente puede ser síntoma de la inseguridad característica de don Juan, un infiel que conquista para engrandecer su ego, porque es incapaz de amar a nadie más que a sí mismo. En ese estadio, la seducción se convierte en una variante de onanismo. Siempre me pareció fatuo que don Juan despachara sus traiciones diciendo que como llamó al cielo y no le oyó, debía apechugar el cielo por él. Pero en fin, se lo perdono a cambio de aquella frase tan redonda: ¡Ah! ¿La vida era esto? Pues que vuelva a empezar Hay otra infidelidad tormentosa y cansina: la de la Regenta. Cuando una Ana Ozores, o su equivalente masculino, decide poner los cuernos, lo hace porque no soporta su vida burguesa, provinciana y opresiva, como es natural. El problema es que ese fiasco no se arregla con una noche loca: la libertad es cara y no se vende a puñaditos. Acaban los infieles de este género mortificados igualmente, pero con la carga añadida de la culpa, la mentira y el cilicio. Carlos de Inglaterra respondió a este arquetipo durante su larga clandestinidad, aunque vista su biografía hoy, en realidad, creo que le fue infiel a Camilla durante su aventura matrimonial con Diana Spencer. Por último, el auténtico modelo a seguir: el del infiel leal, o sea, Carmen, la de Mérimée. No tiende trampas, ni seduce a su amado prometiéndole un delicioso pisto manchego todos los lunes de su vida. Ella ama con un par y, cuando deja de amar, pica las castañuelas o la matan. Estos adúlteros no culpan al cielo, porque saben que enamorarse es lo único que los pobres humanos podemos hacer varias veces como si fuera la primera. Consideran que el coito no es una rutina ni un débito conyugal, sino una de las bellas artes. No son invulnerables, al contrario, por eso suscitan tanta ternura cuando se les ve caminar triunfalmente hacia la ruina. Y piensan, como Groucho Marx, que el matrimonio es una gran institución, por supuesto, para quien le guste vivir en una institución. Sucede que ellos prefieren fijar su residencia temporal en un organismo. Lo cual sin duda resulta agotador, pero en fin, nadie dijo que fuera mejor llegar a muerto pletórico de fuerzas. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora i alguna vez hubo un don Juan Tenorio, de él sólo queda la estatua que le pusieron en Sevilla, en la misma Plaza de los Refinadores. Un recuerdo esculpido para cebar leyendas de orgullo macho que tan propias son de nuestra raza. Ahí es donde hoy toca plantarse para hacer aguas menores. La profanación, el sacrilegio y todas las puntadas de semejante zurcido, hicieron del don Juan un mito tan ajustado a nuestro temperamento machista que apetece salpicarlo con la espuma del desahogo. Sacudida la última gota y, sin cerrar bragueta, lo siguiente es liberar a doña Inés de su angustia y fatal destino. Doña Inés representa todas y cada una de las virtudes de nuestra mujer española, la misma que espera a que venga su hombre de juerga y cumpla con ella como es debido. La que le saca el dobladillo al sueldo y plancha hasta los calzoncillos y zurce los calcetines mientras su macho anda por las tabernas y por los cementerios de mujeres. La única que sabe adaptarse a lo que venga, que bienvenido sea, tanto físico como de espíritu, pues en la mujer española se dan ambos asuntos en el mismo cuerpo. Aclarado esto, ya sólo queda que rompa el pensamiento que la mantiene en vilo. Para lo mismo no se necesita mucho, tan sólo las ganas, poca ropa y seguir leyendo. Como no podría ser de otra forma, en el principio, tuvo que ser mujer la que parió al hombre y no al contrario. Siendo la gallina antes que el huevo, no cuesta mucho hacerse a la idea de que el tal don Juan no es más que un invento de doña Inés que, un buen día, se hizo pasar por Zorrilla. Dicho de otra forma, la mujer española está en pleno derecho de comportarse como le venga en gana. Eso es lo primero, no siendo por ello señalada ni como puta ni como mujer infiel pues hay marcadas diferencias entre el libre antojo y los desprecios referidos. La primera, la puta, es la que lo hace por dinero, nunca por ganas, y la segunda es impensable que exista. La traición carnal no vive en la mujer, ya sea asturiana, gallega, andaluza, manchega, de Badajoz o de las Vascongadas. Tratándose de bragas da igual la bandera, sobrando aquí toda explicación que no sea la de su carne. Hay que recordar que la mujer se adapta por lo blando a cualquier dureza, pudiendo así aplicarse con todo varón que elija y ocurriendo que, para todos y cada uno de los elegidos, seguirá siendo mujer única y privada. Nunca pública. Gracias al acomodo de sus bajos, y según ley de pesos y medidas, cada mujer se convierte en muchas. S lgún día mi colega Montero Glez y yo contaremos la historia de esta serie, porque desde los sofistas no se ha reflexionado suficiente sobre la experiencia de adquirir el punto de vista en una rifa. Como ejercicio literario tal A Doña Inés y don Juan, sobre el escenario, en el clásico de Zorrilla ERNESTO AGUDO