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72 40 TIRIOS Y TROYANOS BAJOS FONDOS MIÉRCOLES 1- -8- -2007 ABC ALTOS VUELOS PATÉ PA TU PRIMO Serrat y Sabina, dos rumberos diestros en coger a la muerte pelona y hacer con ella la canción del verano Koala con Manolo Escobar, qué más quisieran, ni la de la Marta Sánchez ni rubia que se le parezca. Como es tiempo de siega conviene avisar que tampoco es la que canta la Shakira, por más que se empeñe el Gabo, y menos aún esa otra que compara el color de unos ojos con el de la Coca- Cola. Ni mucho menos. La canción de este verano tiene sus veranos encima, es más popular que el vino de bota y no podría ser de otro que del Peret, Rey de la Rumba con mayúsculas. Ah, y se titula: El muerto vivo. En pocas palabras, la citada rumba cuenta la historia de un gitano que se gastó el jornal en una parranda corrida y, como no volvió a la casa, le dieron por muerto. Al tiempo de andar desaparecido encuentran unos huesos que se le creían suyos y, con más razón aún, se elevan necrológicas, responsorios y otras preces. En esto que el gitano aparece pues no estaba muerto, sino tomando cañas. Una historia al estilo de esas viejas historias que cuenta el Gabo, y que ya quisieran la Shakira, Locomía o el Palito Ortega, por poner un ejemplo. Planteamiento, nudo, desenlace y mucha guasa a la hora de devolverla a la calle que la parió. Y eso mismo es lo que vienen haciendo el Serrat y el Sabina durante el verano. Han cogido la rumba del Peret y, como que son fulanos más verdes que la garrota un viejo, la interpretan a su antojo, o sea, con las guitarras en cabestrillo. Y con éstas consiguen darle la vuelta a la noche y hacer que la muerte olvide que es tiempo de siega. El uno con la voz colgando de unas bragas como única bandera. Y el otro con una voz que parece arrastrada por un camino de tierra. En fin, dos rumberos diestros en coger a la muerte pelona y hacer con ella la canción del verano. ESTA INVOLUCIÓN TAN INCIERTA Se me ocurre algo peor que un mundo sin música: un mundo con la canción del verano por toda sintonía buscar remedio, planteó Georgie Dann su pregunta socrática: Mami, ¿qué será lo que quiere el negro? Si no será tenue la línea que separa lo sublime de lo ridículo, que en aquel momento Georgie Dann colmó todas las expectativas del kitsch y ahora, visto con la perspectiva que nos dio La cremita, parece un poeta. Un tipo que hace no una ni dos, sino una tanda de canciones del verano, ha de tener talento para la rima, pero me azora pensar en la opinión que se formarán de nosotros en el futuro cuando analicen con carbono 14 los vestigios de El chiringuito. Antropólogos, paleontólogos y neurólogos asisten impotentes y perplejos a este retroceso, incapaces de hallar un antídoto: el virus de la canción del verano muta cada año y reduplica su capacidad de acoso. Es imposible resistirse a escucharlas: nos persiguen, porque se expanden a la velocidad de una epidemia fuera de control. Los expertos, no obstante, albergaban una mínima esperanza. Hasta que llegaron Los del Río bailando como un consejero delegado de Dragados que se desinhibe en unos salones de bodas. Hubo un antes y un después de Macarena. Desde entonces la civilización quedó reducida a participar noche tras noche en la canción y el baile del verano, ese ritual colectivo de integración propio de un ancestro anterior: el Australopithecus. Como los científicos ignoran dónde se detendrá la involución, y sabemos gracias a Murphy que toda situación es susceptible de empeorar, debemos resignarnos a erigir Paquito el chocolatero en alternativa a la barbarie. Es Aserejé o retroceder tal vez hasta el primate; Opá, yo vi hazé un corrá o la vida simia. Triste destino. Que los ecos de Mi limón, mi limonero no alcancen nunca la tumba de Darwin. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora on la hoz en el puño, que es tiempo de siega, aquí me planto a favorecer la canción de este verano por ser canción de las que reviven a un muerto. Se trata de una rumba al gusto catalán, esto es, guitarra en vilo, ventilaor y malabarismos varios, pues así lo requiere el palo. Antes de seguir, para quien no sepa, cabe aquí apuntar que, lo del ventilaor, es maña original de la Calle la Cera y consiste en rascar la guitarra con la mano de las pajas mientras con la otra, con la de la hoz, se ha de sostener la cejilla prieta en el traste, como un puño. En fin, una vez aclarado el asunto, sigamos con el rumbeo que la ocasión merece. Si bien, lo de la canción del verano es asunto hortera donde los haya y deja a los intérpretes más mutilados de lo que estaban antes y pocos son los que levantan cabeza, si bien esto ocurre así, con la canción de este verano pasa todo lo contrario. Se presenta vestida de humo y con el pellejo afinado para repicar los dedos. Y sabe a fruta de sartén, y a sardinita de lata y a jarana hasta echar el sobrante, pues oración de perro nunca llega al cielo si no se ladra con ganas. Con esto, y durante los meses de siega, el soniquete y el jaleo de la bendita rumba penetra con gusto las orejas y alcanza donde más lo necesita el cuerpo, o sea, a la memoria. Dicho esto, que nadie se lleve a engaño, la canción del verano no es la del C i el homo sapiens apareció hace unos 150.000 o 200.000 años y la música tiene unos 50.000 años de existencia, la conclusión obvia y terrible es ésta: hubo entre 100.000 y 150.000 años en los que nuestros antepasados vivieron sin música. Imagino esos milenios interminables como una larguísima noche de miedo, angustiosa y opresiva. Compadezco a aquellos hombres y mujeres que, siendo iguales a nosotros, murieron poco más o menos como en la canción de Julio Iglesias: creyendo haber amado alguna vez. Con música cobra belleza el hundimiento del Titanic: sin ella, hasta enamorarse pierde interés. Dicho esto, sólo se me ocurre algo peor que un mundo sin música: un mundo con la canción del verano por toda sintonía. Al menos, en su triste existencia, el homo sapiens primitivo podía confiar en un futuro menos azacanado, en el que las bestias dieran una tregua para pintar Altamira y ensayar gorgoritos con las cuerdas vocales. La canción del verano, en cambio, aniquila toda esperanza de una vida mejor. Partiendo de la nada silenciosa, creímos alcanzar el súmmum de lo grotesco aquel verano en que María Jesús irrumpió con sus Pajaritos. La humanidad sintió el vértigo de saber que milenios de evolución podían echarse a perder a causa de un acordeón. Pues bien, se trataba apenas del principio de una larga degradación. Mientras la ciencia se apresuraba a S Pocos pueden evitar bailar al ritmo de la última canción del verano ABC