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ABC MARTES 31- -7- -2007 TIRIOS Y TROYANOS 40 BAJOS FONDOS 71 ALTOS VUELOS ¡AL RICO SORBETE! Entre unas cosas y otras, los tiempos del ventilador eléctrico dejaron paso al aire acondicionado, dañino para el organismo y para el ánimo esa tristeza vaga y persistente que los poetas dicen melancolía. Y así sucede que, hasta los más flacos de cabeza, evocan con añoranza aquellas cosechas en las que los ventiladores empinaban los pelos del tupé. Y no digamos si nos remitimos a los tiempos del Azorín, cuando las damas, para darse aire con la expectativa que merece tal actividad, lo hacían rozándose los muslos a golpe de abanico. Por seguir con los tiempos de la cuarta del Apolo, del Azorín y de su cuñado, Ciges Aparicio, por seguir con lo mismo, cabe aquí dar cuenta del local pionero en el asunto. Se trata del Café de Fornos, puesto en la misma esquina de Alcalá con Peligros y a un tiro de piedra del reló de la Equitativa. Pues bien, al dueño del Fornos, ante la llegada del verano, no se le ocurrió otra cosa que colgar del techo unos grandes paneles sujetándolos de un barrote. Al ponerlos en marcha, todo el sofoco y ahogo del local quedó convertido en aire fresco. Manuel Fornos, hombre que no paraba de darle al caletre, presumía una barbaridad del nuevo invento recién comprado, único en Madrid y no digamos en el resto de España. Y así quedó la cosa hasta que, un buen día, el escritor y cuñado del Azorín, Ciges Aparicio, desveló el misterio. Manuel Fornos había dispuesto a unos tramoyistas en el sótano del establecimiento para que, mediante unas cuerdas, moviesen los paneles. Desde aquella época hasta la de hoy, muchos giros pegó la veleta. Y tantas veces lo hizo que, al final, lo de Fornos acabaría siendo un local refrigerado donde hoy en día te sirven el café en vaso de plástico. Y donde siempre será mejor sorberse los mocos que intentar probarlo. Pero eso es ya otra hoja. EN BUSCA DEL BIEN COMÚN El aire acondicionado es un artilugio más bien moderno e ilustrado que nos reconcilia con la idea de progreso ces él despliega su estrategia de cortejo, sube un tono la voz, acerca el cuerpo y hace, en fin, todos esos movimientos de los mamíferos en busca de apareamiento que merecerían un reportaje de National Geographic. La chica se queda paralizada y súbitamente, de puro desconcierto, deja caer el abanico violentamente. ¿Qué piensa su interlocutor? Pues lo de siempre, que ella le está diciendo: te pertenezco. Y para qué queremos más. Ese nudo no hay quien lo deshaga. Esto jamás ocurriría con el aire acondicionado, un artilugio más bien moderno e ilustrado, que nos reconcilia con la idea de progreso y nos permite creer en el bien común, al menos en aquellas oficinas donde se logra alcanzar un consenso sobre la temperatura, si las hay. Como todos los sueños de la modernidad, produce monstruos, verbigracia, ese jefecillo sobrado de calorías que insiste en custodiar el mando a distancia del aire para mantener la temperatura a 18 Es ese tipo de hombre que controla el mando porque no puede controlar la gula y que hubiera hecho un gran papel como kapo de Dachau. Cuando el populacho femenino, que suele ser más friolero, amenaza con amotinarse lo acalla minando su moral: lo que os pasa es que estáis anoréxicas, dice. Y punto. Y no se habla más, porque ya se sabe que las derivas totalitarias de la modernidad nos han dejado sin respuestas. El riesgo es evidente, pero una, que tira a antigua y pertenece a la muchedumbre aterida y sufragista, se inclina pese a todo por el aire acondicionado democrático. Requiere, como siempre, unos consensos mínimos: ni por debajo de 22 ni por encima de 26 Y sobre esa base, pues lo típico: transparencia informativa sobre la temperatura y alternancia en el uso del mando. Montero Glez Escritor Irene Lozano Escritora uestos a liarla, no podía faltar aquí lo del aire acondicionado. Cada vez que llega el verano a juntar calores, el cacharro no distingue entre anatomías ni clases sociales. Tampoco entre religiones y razas, dando igual ser ricos que pobres, negros que moros, budistas o cristianos. Desde el cuarenta de mayo, hasta mediar septiembre, nadie está a salvo de las bacterias que incuba el puñetero trasto. Aquí todo el mundo pilla unos catarros de órdago según sale del autobús, o del Pryca o del urinario público, pues hasta lugares tan reservados llega el dichoso invento. Ante el moqueo sólo queda sorber y plantarse a cortar pluma, no siendo de recibo que tanto aire colado se maneje como burro grande. Esta desproporción indica que el hombre ha dejado de ser la medida de todas las cosas para quedarse tan fresco. Porca miseria. Luego hay otra cuestión que tiene que ver con el revés del cacharro, siendo cada vez que uno pasa por delante de locales refrigerados cuando le viene la pájara, culpa del aliento de fiebre que el citado trasto saca a la calle. Entre unas cosas y otras, los tiempos del ventilador eléctrico dejaron paso a este invento dañoso para el organismo y para algo más adentro, o sea, para el ánimo. Hay que ser necio para no darse cuenta que el catarro de pecho es la causa de P iene mucha más enjundia de lo que parece la disyuntiva entre abanico y aire acondicionado, las dos únicas alternativas para refrescarse que se pueden plantear con honradez. El ventilador no merece considerarse: un trasto de cuando no había trasteros, un aparato que no hace descender la temperatura, si acaso aleja a las moscas y pone al aire caliente a girar sobre sí mismo en una espiral de llamaradas. Una estafa, vamos. El dilema es éste: abanico o aire acondicionado. El abanico, pese a sus años, es un objeto auténticamente posmoderno, por individual y portátil. No nos obliga a permanecer inmóviles en el interior de un local, al contrario, nos promete una vida sin ataduras, y un plan de refrigeración personalizado, sin compromiso de permanencia. Si va una a cenar a un restaurante al aire libre, con llevar el móvil y el abanico lo tiene todo. Como el teléfono, el abanico permite conectarse, aunque concebirlo para ese fin equivale a aventurarse por los meandros del malentendido. De repente coinciden en una mesa un caballero clásico y una muchacha posmoderna que maneja con brío su abanico, ignorante de su lenguaje. Cuando sube la temperatura ambiente, la incauta lo agita con rapidez, pim, pam, pim, pam, para mitigar el sofoco. ¿Qué interpreta el caballero español? Pues lo que solía: que ella le ama con intensidad. Enton- T La mayor parte de los edificios cuenta con aparatos de aire acondicionado para el verano RAFAEL CARMONA