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66 40 GRANDES CASOS MARTES 31- -7- -2007 ABC El valor seco de un testigo de honor El ex militar Alfredo Galán será para siempre el asesino del naipe Entre enero y marzo de 2003 asesinó a seis personas en Madrid para ver qué se sentía y lo intentó con tres más. Se entregó cuando los policías le pisaban la sombra CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ MADRID. Mi hermano no tiene nada que ver. ¿Qué quiere usted saber? Tácito, indiferente, sin mover un músculo, Alfredo Galán se incomodó cuando los agentes decidieron registrar la habitación del piso superior en la casa familiar de Puertollano. No le había incomodado lo más mínimo que poco antes encontraran en un jarrón lapicero del salón un casquillo percutido que sería concluyente- eso no debería estar ahí -fue lo único que dijo. Pero al hermano ni tocarlo. El depredador humano como más tarde le definirían los psiquiatras forenses, asomaba un resquicio de persona. No se permitió ningún otro. Unas horas antes, el 3 de julio de 2003, se había entregado a la Policía en la comisaría de ese pueblo de Ciudad Real, algo bebido, confesando que él era el asesino del naipe el individuo que tenía en jaque a la Policía y la Guardia Civil desde enero. Se le acusaba de seis asesinatos y tres intentos y aunque figuraba en el número 3 de una lista de sospechosos que manejaba el Instituto Armado todavía no se le había cercado. Se sabía que era un tirador experto, que utilizaba un arma muy infrecuente en España: una pistola Tokarev del calibre 7,62 mm, que recogía los casquillos, que elegía a sus presas al azar y se había aficionado a dejar su impronta junto a los cadáveres: una carta de la baraja española. Alfredo Galán, cabo primero del Ejército de Tierra, de 26 años, comenzó su cacería humana el 24 de enero de 2003. Dos días antes se le dio una baja médica y acabó ingresado en el Hospital Militar Gómez Ulla para una evaluación psiquiátrica. En diciembre, mientras limpiaba chapapote en Galicia bajo el paraguas del Regimiento Asturias 31, Galán apedreó el coche de una mujer de Cee y la quiso sacar a rastras; antes se había enfrentado a un mando. Arresto y falta grave, la primera en una trayectoria militar inmaculada. Dicen quienes hablaron con él que al cabo se le quebró la cuerda en Bosnia- -estuvo allí de mayo a octubre en su segunda misión humanitaria- así se explica que regresara pertrechado con una Tokarev y 200 balas escondidas en un combi de televisión y video. Nunca lo ha aclarado, pero el Galán que volvió a Madrid en octubre era otro. La mañana de su primer crimen estaba viendo la televisión en su casa y se le ocurrió matar a alguien. Condujo hasta la calle de Alonso Cano, en el centro de Madrid. Una cartera de Correos llamó su atención, pero se le escabulló. El portero Juan Francisco Ledesma cuidaba a su hijo menor, de dos años, y atendía la portería del número 89. El cazador se metió en el salón, saludó y ordenó a Paco que se colocara de rodillas, de cara a la pared Sacó la Tokarev y apretó el gatillo. La bala La baraja Cambio en Bosnia no fue disparada; la bestia montó el arma y sacó ese cartucho percutido (el que seis meses después apareció en un jarrón y firmaría su condena) mientras la víctima se derrumbaba entre el llanto desconsolado del menor de sus seis hijos. Era un crimen destinado a dormir en los cajones empolvados de los casos no resueltos, sin autor ni móvil, el crimen de una sombra. Pero la sombra no había sentido nada, así que tenía que repetir. El 5 de febrero es un día gris en Madrid. En sólo unas horas tres asesinatos sin nexo visible ni invisible. De madrugada, Galán se encuentra a su segunda víctima, somnolienta y helada, en una parada de autobús de la Alameda de Osuna. Juan Carlos Martín acaba de terminar su turno de limpieza en Barajas. De rodillas, contra el árbol fue lo único que atinó a oír a cinco centímetros de su cara. Los agentes hallan junto al cadáver un as de copas. Algunos investigadores creen que lo ha dejado el asesino; los más veteranos lo atribuyen a una casualidad, pero toda la Prensa se hace eco del detalle y le pone nombre artístico A media tarde sale de nuevo de casa para volver a matar En el bar Rojas de Alcalá de Henares esboza una sonrisa y dispara un tiro en la cabeza a Juana Uclés, que llamaba por teléfono. Sin mover la expresión encañona y asesina al camarero Mikel Jiménez, de 18 años. Su madre, Teresa Sánchez, horrorizada y malherida, se escabulle bajo la barra cuando Alfredo la da por muerta. La Policía recoge otros cinco casquillos para sumar a la lista de la Tokarev. Galán sigue su particular cacería y el 7 de marzo, horas antes de empezar a trabajar como vigilante de seguridad- -el Ejército acaba de concederle la baja que había pedido- -conduce hasta Tres Cantos, un lugar que conoce bien porque allí vive una de sus hermanas a la que visitaba con frecuencia cuando estaba destinado en El Goloso. Elige a una pareja ecuatoriana que se despide en un portal. A Eduardo Salas le atraviesa la Balística de la Guardia Civil tuvo que recurrir a Kosovo para que enviaran la munición de cotejo. Los tres fragmentos de proyectil extraídos del cerebro de una víctima permitieron identificar el arma homicida Fue un acto de depredación humana. La de un depredador que sale a la caza de otro ser humano. Lo busca, elige a la víctima, la halla y la destruye Así describieron los psiquiatras al asesino en serie Cadáver de Juan Carlos Martín, la segunda de las víctimas mortales del asesino de la baraja TELEMADRID