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ABC MARTES 31- -7- -2007 40 VICIOS Y VIRTUDES E. Rodríguez Marchante 65 LAS ENSALADAS omo es agosto, cualquier cosa que esté al alcance de la mano sirve para echárselo a la ensalada. Y ésta es una regla de oro con la que hay que tener muchas precauciones, y en especial si el invitado a cenar eres tú. Existe la idea de la ensalada como algo ligero y bien urdido que sirve para acompañar- -pero, sobre todo, sirve para dar la impresión de que comer es saludable- pero llega este tiempo tan abierto y visual que es el corazón del verano, y se cambia por completo esa idea primera de la ensalada para perseguir con ella una supuesta modernidad de temporada. Y ser moderno en el concepto de la ensalada consiste en una absurda alquimia por la cual el cochinillo es un alimento grasiento y deleznable, pero, en cambio, si lo troceas mucho y lo diseminas (o disimulas) en una ensalada, pasa a ser algo digestivo, fresco y natural. Esto acarrea el mayor de los peligros: el eclecticismo. El eclecticismo en la ensalada (de proporciones sólo comparables al eclecticismo devastador en el arte actual) plantea algunas mezclas, mixturas, revoltillos y misceláneas dignas de ser llevadas a un juzgado: los mejillones y el paté, el jamón y la nata, la fruta y las vísceras, el tomate y la trufa, la perdiz escabechada y el melón... todo ello combinado con la coartada verde, es decir, unas hojas de lechuga, de berro o del verde más moderno, la rúcula. Hay que tener el estómago de un buitre leonado para estar a la altura de las ensaladas realmente a la última. Pero, en lo tocante a ensaladas, lo esencial no tiene nada que ver con el verbo zampar Lo esencial, lo moderno, es adoptar ante la ensalada la misma postura que ante el lienzo: colores, proporciones, figura, fondos, pesos, perspectiva... Verla, analizarla, discutirla... Claro que, una vez analizada, discutida y disfrutada visualmente, llega el momento supremo e inevitable de este arte del siglo XXI: hay que hincarle el diente y digerir toda la naturaleza muerta como lleva la ensalada del chef C Linda Watson y Albert Dohmen, en una escena de La Valkyria EPA Eclosión audiovisual en La Valkyria OVIDIO GARCÍA PRADA Bayreuth malazos de viento huranacado antes del estruendo de la tormenta que presagia fatalidades. En la oscuridad de la sala uno comenzaba a sentirse transpuesto en etéreas esferas sonoras, cuando, al abrise el telón, entró tambaleándose E. Wottrich (Siegmund) para suspirar ya con voz de emisión engolada e informe Wes Herd dies auch sei... (Sea de quien fuere este hogar... y de repente se desvaneció el hechizo. El acto había capotado en el mismo momento del despegue. Las intervenciones de un Wottrich forzado, carente de lirismo, inexpresivo y falto de fuelle, en una palabra, incapacitado para el papel, pesaron como una losa hasta el final. Arrastrando entonaciones y con intervalos inseguros. Por ejemplo, capó literalmente los legendarios gritos de Wälse, Wälse! de Nothung, Nothung! o el Wälsungen Blut de la culminación final. El primero es un acto sólo para tres cantantes y orquesta. Al fallar el intérprete principal, el acto se desbarata. S ucede a veces en las veladas operísticas un fenómeno aplicable tanto a los cantantes como a la representación en sí: tras un primer acto decepcionante, seguido por un segundo no menos endeble o reservón, se produce en el tercero la auténtica eclosión impactante, que eclipsa súbitamente enojosas deficiencias anteriores. Eso ocurrió en la representación de La Valkyria segunda parte de la tetralogía wagneriana de El Anillo según el escénicamente árido montaje de Tankred Dorst y dirección musical de Christian Thielemann. Al igual que en el Oro del Rin apenas se han realizado cambios en la puesta en escena, salvo quizá un Wotan un ápice más agresivo; él, no como prescribe el libreto su rival Hunding, es quien alancea a Siegmund. En el preludio del primer acto Thielemann sentó sus reales de grandeza orquestal. Los arcos arrancaban de la cuerda ra- Una auténtica decepción, pese a que ni la inspirada batuta, ni tampoco la sensible Sieglinde (A. Pieczonka, con limpidez y delicado lirismo en su línea de canto) más un bronco Hunding (expeditivo Kwangchul Youn) parecieron dejarse contagiar. Los mentideros de Bayreuth aseguran que los créditos de este Siegmund, el único que recibió algunos abucheos, son primordialmente extramusicales, sus relaciones con Katharina Wagner. El segundo acto, ubicado en un inhóspito escenario en la cumbre de Walhall con un marginal vertedero histórico de divinidades finiquitadas, mejoró canoralmente. A. Dohmen, dentro de ciertos límites vocales, ofreció un Wotan dramático muy notable, encomiable en el monólogo. A la Brünnhilde de L. Watson le pesan ya las tablas y en las zonas altas de la tesitura, que tiene muchas y escabrosas, se le descompone la voz en estridencias aparentemente in- Marginal vertedero histórico curables. Con tales prolegómenos, el tercer acto constituyó una auténtica revelación. El escenario es una imponente cantera de bloques de piedra blanca, sobre la cual aparece proyectado el lema terrorista islámico vosotros amáis la vida, nosotros amamos la muerte Las ocho valkyrias y la orquesta descerrajaron en la famosa cabalgata y después un arcón de artificios sonoros, que salteados posteriormente con los densos pasajes líricos del reencuentro de Wotan- Brünnhilde, culminaron en la apoteosis audiovisual del fantástico cuadro final. Envuelto el roquedo en bancos de niebla, luz misteriosa y mágicas sonoridades, el público, entre el cual se encontraba el tenor español Pedro Lavirgen, quedó embelesado y algunos en un estado cercano al delirio. Júbilo general y ovaciones persistentes, especialmente clamorosas para A. Pieczonka y Thielemann, el cual está superando con mayor dinamismo dramático su peculiar y soberbia lectura analítica de la partitura, con pianissimi de ensueño, que no empañan ciertas máculas instrumentales. Si en el primer acto hubo islotes sonoros, acrecentados a archipiélago en el segundo, en el tercero se produjo la eclosión escénicomusical, que hizo perdonar pasadas insuficiencias. Ende gut, alles gut (fin bueno, todo bueno) reza un proverbio alemán. Más información sobre el festival: www. bayreuther- festspiele. de