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ABC DOMINGO 29- -7- -2007 VISIONES 40 103 BELLEZA Teresa de la Cierva Marta Barroso Con cremas y a lo loco o, no nos ha quedado más remedio. De verdad. Este verano nos habíamos prometido dejarles tranquilos. Evitar esos temas más o menos escabrosos- -llámese tripilla, ligera flacidez o incipiente papada- -que podían herir alguna que otra sensibilidad en una época tan feliz como las vacaciones, pero... no ha sido posible. Ante la insistencia de algún que otro fiel y agradecido lector que, a pesar de los pesares, no quería perdernos de vista, no nos hemos hecho de rogar y aquí estamos. Hablando de belleza. Algo de lo que habla muchísima más gente de lo que se pueden imaginar. Incluso los que reniegan de ella. Porque, aunque a alguno le gusta tachar este universo de frívolo, no es así. Aspirar a la belleza, de una manera inteligente y equilibrada, es un derecho de todos. Sobre todo si nos ponemos a pensar que, según los expertos, dentro de dos décadas podríamos alcanzar... ¡los 120 años! ¿Se imaginan? Pues francamente, para entonces, lo ideal es encontrarse lo mejor posible. Por dentro- -la salud es la esencia de toda belleza- -y por fuera. Y como lo de dentro nosotras no lo tocamos, pues hablaremos de lo de fuera. La ciencia ha puesto a nuestro alcance los N productos cosméticos y hay que saber aprovecharse de ellos. De la cabeza a los pies la cosmética- -que es el arte del embellecimiento- -trabaja sin parar para encontrar fórmulas que nos ayuden a sacar el mejor partido de nosotros mismos. ¿Por qué llamarlos frívolos? En fin, que cada uno haga lo que quiera. Nosotras, de momento, les pasamos la información. Y, para no perder la costumbre, comenzamos con el Astro Rey. El sol brilla pero la imprudencia quema y esto puede provocar daños irremediables. Algo de lo que hoy en día, somos casi todos conscientes. Para que todo el mundo sepa cómo debe protegerse ante los rayos solares los laboratorios Isdin han puesto en marcha un servicio que permite saber qué factor de protección es el indicado para tu tipo de piel según el lugar y el momento en el que te encuentres. Para conocerlo basta con mandar un SMS al teléfono 7015 indicando ISDIN. provincia. De inmediato recibirá un mensaje en el que aparece el índice UV de la provincia en la que se encuentra y el factor de protección recomendado. También se puede consultar en la página web www. isdin. com. El que no se protege, es porque no quiere. Bill Murray, en una escena de Lost in Translation ABC Un posible Japón En Lost in Traslation Sofia Coppola reunió a los personajes en uno de los lugares comunes de la estupefacción y del asombro: el viaje a lo exótico, a lo diferente, a lo distinto RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN Entre la transfiguración de Scarlett Johansson como venus calipígea del flamante milenio gracias a un inolvidable plano de unas no menos inolvidables bragas de color salmón y los acordes de Just like honey de The Jesus Mary Chain mientras un taxi recorre los tentáculos de una ciudad en apariencia infinita, Sofia Coppola urdió en 2003 una de las películas más extraordinarias del cine contemporáneo y, sin duda, uno de los guiones más perfectos y conmovedores en lo que llevamos de década, una escritura exacta y a la vez lírica, armónica como un relato de Cheever, con una densidad emocional e intelectual dignas de un maestro en su apogeo. Lost in Translation, la segunda película de la talentosa hija del director de Apocalypse now, reunió a una mujer- -la filósofa Charlotte, instalada a pesar de su juventud en el desamparo de un matrimonio que se desliza hacia el tedio y la incomprensión, confusa por saberse bella e inteligente pero sin talento, encerrada en una mirada dolorosa hacia su propio mundo y el de su compañero de juegos, un fotógrafo de niñas pijas- -y a un hombre- -el mediocre actor Bob Harris, refugiado en la complacencia de un cuarto de siglo de vida compartida y un éxito económico que no regala la felicidad, llegado a mitad de trayecto con las alforjas rebosantes de una experiencia que no consuela y menos resentido que irónico, tentado por el cinismo pero gestionando aún ciertas esperanzas de futuro- -en uno de los lugares comunes de la estupefacción y del asombro: el viaje a lo exótico, a lo diferente, a lo distinto, compartiendo espacio y tiempo en un mundo rebosante de significados pero intraducible a un acervo del corazón, maravilloso pero insatisfactorio, potencialmente cautivador aunque en la práctica aburrido, un mundo que respondía al evocador, eufónico, sugestivo rótulo de Japón. Además de sus valores estéticos, la película, cautivadora para muchos y muy distintos públicos, invitó a reflexionar acerca de cómo todo viajero, de un modo u otro, se pierde en la traducción de sus usos y costumbres a culturas ajenas, incluso a culturas con tantos puntos de conexión como la japonesa. Pues, aunque los japoneses hayan crecido con las canciones de Sex Pistols y Roxy Music, vistan Levi s, calcen Manolo Blahnik y adoren los complementos de Dolce Gabbana; aunque los europeos y los norteamericanos empleemos tecnología nipona y nos purifiquemos acudiendo a simulacros de espiritualidad oriental y estampas nevadas del monte Fuji, en definitiva, antes o después, la traducción nos traiciona. Auspiciada por el gusto occidental en la paradoja, nuestra lectura de Japón se ha compadecido de la percepción de un país extremo, sin escala de grises ni lugar para la ambigüedad, en el que sólo parecen factibles dos opciones: una ferocidad suicida y una perpetua sublimación. Grandes artistas de los colores básicos conviviendo al lado de funambulistas del cómic, auténticos caravaggios de una era postatómica; jardines zen que invitan a la ataraxia escondidos en el corazón de metrópolis construidas sobre tungsteno, fibra óptica y vértebras de carbono; lecciones de ikebana, caligrafía y ceremonias del té tomadas de la literatura del Nobel Kawabata junto a los bellos tenebrosos de Mishima que hacen de la marcialidad una bandera, del fascismo una seducción y de la violencia un compromiso estético. ¿Será ese posible Japón el que nos espera en nuestro viaje? El próximo domingo, la primera respuesta. País extremo La paradoja del lenguaje Protegerse del sol, una prioridad en verano ALBERTO SÁIZ