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ABC DOMINGO 29- -7- -2007 40 VICIOS Y VIRTUDES E. Rodríguez Marchante 97 Bayreuth OVIDIO GARCÍA PRADA ayreuth es un taller, no una estación término. De lo contrario estaría muerto, repite por aquí el tremendista Christoph Schlingensief, entre tanto neoconverso wagneriano e incluso casi parte del establishment del Festival. Con razón. La idea dinámica del Festival es representar durante cinco años una producción del canon operístico wagneriano después de pasarla por el taller escénico- musical, donde es rectificada y perfeccionada antes de someterla nuevamente al veredicto del público. De esa decena operística cuatro piezas corresponden al Anillo del Nibelungo de manera que la tetralogía es tradicionalmente el plato fuerte del programa. En 2006 se estrenó el montaje asumido por Tankred Dorst. Como solución de emergencia este reputado escritor alemán saltó a la palestra a sus 80 años para escenificar su primera ópera en sustitución del cineasta Lars von Trier, el cual, agobiado por la ingente tarea, había solicitado ser relevado del encargo. Comprensiblemente, el montaje quedó inmaduro, estaba muy lastrado intelectualmente y la dirección actoral era inexistente. Por eso se esperaba con expectación la reposición de la tetralogía, que en general Christian Thielemann había dirigido desde el foso tan soberanamente, con parsimonia y una fineza analítica, fraseo y transparencia sonora rayana en lo excelso. La ambiciosa propuesta de Dorst en el Oro del Rin es plasmar el extrañamiento de los dioses en nuestro tiempo. No los humaniza, sino que los presenta con impoluta blancura como seres preternaturales, relativamente hieráticos, reminiscentes de tiempos arcanos, pero ubicados en los márgenes de nuestra civilización intranscendente y ajenos a ella. Son un parque urbano (en los predios de Walhall) y un sótano (la cueva de Nibelheim) siguientes al sugerente cuadro inicial del pedregoso lecho del Rin con proyecciones de las ninfas nudistas nadando. La forja rectificadora del Anillo en el taller de Bayreuth parece haberse realizado en frío, pues en la escenografía y en la dirección actoral, con abundante pose estatuaria, no presenta cambios Thielemann bruñe el Oro del Rin DEL CRIANZA B dignos de mención. Cabe repetir, pues, lo dicho como colofón el año pasado: Dioses náufragos en un mundo extraño, abandonados por el destino y el director El desarrollo escénico resultaba tedioso, hasta el punto de que- -como decía G. B. Shaw- el dormirse es también una forma de crítica de no haberlo impedido la parte musical, especialmente la orquestal. En el elenco vocal hubo tres sustituciones: el gigante Fafner (rotundo bajo H. -P. König) Freia (E. Haller, discreta) y, sobre todo, la del nuevo Wotan, con un A. Dohmen bien dispuesto, pero un ápice deficitario en la an- chura vocal y majestuosidad requeridas por el personaje. El resto del elenco repitió con dignidad, destacando la noble Erda (de la siempre aquilatada M. Fujimura) y el Loge del tenor A. Bezuyen, ágil, el único también escénicamente polifacético en su registro y su línea de canto, premiado merecidamente con la mayor ovación. Destacable pareja de nibelungos Alberich (A. Shore) y G. Siegel (Mime) así como la de gigantes, con un imponente Fasolt de Kwangchul Youn. Thielemann, en el foso, mantuvo su línea, más maestro todavía, con más brío y empaque emotivo y la orquesta amarra- da desde el mismo acorde inicial de un fabuloso preludio modelado lenta, honda, misteriosamente. Acompañó luego a los cantantes circunspectamente, como quería Wagner, y sacó a relucir de las oquedades de la partitura detalles armónicos y tímbricos ignotos para tejer un afiligranado cromático brocado sonoro, con un dominio ya perfecto de la acústica y del balance, que por sí sólo valdría el viaje y abre el apetito de más. Clamorosas ovaciones replicaron todas sus salidas solitarias ante el telón. Más información sobre el festival: www. bayreuther- festspiele. de AL TINTO... DE VERANO Una escena de El Anillo del Nibelungo EPA lega el verano y lo primero que hacemos todos es bajarnos un peldaño. Como si menguáramos o nos abaratáramos. Al ser una merma general, al decaer todo, esa pérdida de, digamos, nivel, podría pasar desapercibida si no se preocupa uno de analizarlo atentamente. La primera señal de que algo ha bajado un peldaño suele venir acompañada de la coletilla de verano Un traje... de verano; un tinto... de verano; una canción... de verano; un amor... de verano; una lectura... de verano. En todos estos casos quiere decir que eso a lo que nos referimos no tiene la calidad que tendría en invierno. Usted en invierno bebe un crianza y usa un buen paño, no escucha cualquier música y lee algo realmente interesante. En verano, no. Esta relajación en nuestro nivel de exigencia (con nosotros, con los demás y con lo demás) nos lleva a situaciones que aceptamos con normalidad en este tiempo y que serían impensables en invierno, como, por poner un caso, cerrar un negocio con un tipo en bermudas y chancletas, o bebernos una cosa oscura en la que flotan trozos de supuesta fruta de colores sospechosos, o calarnos, ¡Dios Santo! unos pantalones con media docena de indiscretos bolsillones y que nos llegan a la altura de media canilla... El verano, hay que reconocerlo, tiene muchas virtudes (aunque casi ninguna relacionada con la prudencia o la templanza) pero también es cierto que es tiempo que nos empuja a algunos vicios, desvíos y depravaciones. De hecho, vicios y depravaciones también... de verano y algo aguadas (de las de invierno, ni pío, no vayamos a ponernos en la diana de la mafia rusa o albano kosovar) En fin, sobre todos estos rasgos, detalles, pormenores y pormayores intentaremos trazar una ruta durante estos días con el buen fin de reírnos de ellos y celebrarlos. Y valga como prueba final y definitiva de que todo se rebaja y se escurre un poco en verano la que tenemos, precisamente, en esta misma columna. ¿O es que ustedes se creen que me la hubieran dejado publicar en invierno? L