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92 40 FOTOBLOG DOMINGO 29- -7- -2007 ABC ASÍ NOS VEN Cristian Doru Tomus Ejecutivo En Montmeló me jugué la expulsión por ver la Fórmula 1 Comenzó de camarero y hoy es un alto ejecutivo de Chequepoint España LUIS MIGUEL GÓMEZ MADRID. Me encanta la Fórmula 1. Compré los billetes para ir a Montmeló. Mi mujer me dijo que estaba loco, los papeles aún no estaban en regla. Si nos cogen, nos volvemos a Rumanía le contesté Cristian Doru Tomus llegó a nuestro país en 2002, de vacaciones, como muchos otros. Su mujer y él recorrían Europa desde hacía semanas, hasta que llegaron a las playas de Gijón. Ver a la gente en la playa en marzo nos entusiasmó. Habíamos dejado 20 grados bajo cero en Rumanía El clima y las oportunidades hicieron que decidieran quedarse en España. Primero fue Gijón, donde trabajó en lo que pudo. No era fácil encontrar un empleo sin documentación. Nos rechazaron en tres ocasiones sin ningún tipo de explicación. Eso fue lo más duro. Oíamos en la tele que se expulsaría a los extranjeros, el miedo estaba ahí Tardaron un año en conseguirla. Después se trasladaron a Madrid, donde encontró un trabajo mejor. Madrid me sorprendió. Es una ciudad en continuo movimiento En Rumanía se confirma el tópico: España es visto como un país de fiestas, toros y alegría. Y también de buen vino. Con Ceaucescu era fácil adquirir un delicioso vino de Málaga. Cuando cayó el dictador, desapareció de las tiendas Su país, recién incorporado a la UE, comienza a alzar el vuelo y él quiere participar de ese progreso: Me gustaría volver con alguna empresa española ¿Lo que más echo de menos? Mi familia. Cualquier llamada que llega de Rumanía me da escalofríos. Nunca sabes qué noticias te van a dar Doru selo piensa: Bueno, y también algún copo de nieve de vez en cuando AFP Con tacones y a lo loco por las calles de Moscú Un grupo de unas 100 mujeres con gran sentido del humor, y muchas ganas, midieron ayer sus fuerzas en una particular y divertida competición en la capital rusa. El único- -aunque duro- -requisito para participar era calzar unos zapatos que tuvieran un tacón de al menos nueve centímetros de altura. En la imagen, las osadas competidoras, ataviadas con sus mejores galas, corren con estusiasmo hacia la meta para conseguir el ansiado premio: un vale de 10.000 rublos (aproximadamente unos 4.000 dólares) que podrán gastar en diversas tiendas de ropa. Un verdadero premio a la altura de los tacones Fernando Castro Flórez Escuela de calor e he repetido, en innumerables ocasiones, que es amargo el saber proporcionado por los viajes y, sin embargo, vuelvo a enfrentarme a ese vertiginoso zarandeo, al afán de ver cosas. El número cuasi- diabólico (66) de una carretera descatalogada tiene que llevarme hacia los desiertos. No es, de entrada, mi anhelo nada comparable al desafuero eremético, ni pretendo encaramarme a la primera columna que vea, cual estilita posmoderno, a pregonar el fin de los tiempos. Antes al contrario, preparo la ruta sabedor del descarrío, consciente M de que alguien dispuesto a atravesar un país es, en realidad, un tipejo que vacila en el pasillo de su casa buscando, en plena noche, el cuarto de baño. Mis urgencias acaso sean las de una deuda pendiente. Muchos amigos han intentado, por todos los medios, sacar de mi mente febril el proyecto de completar la ruta 66, pero mi terquedad no ha permitido que cunda el desaliento. Tengo miedo, no lo oculto, al calor que me espera pero, de momento, mi confianza en el aire acondicionado adquiere el rango de una fe talibanizada. De sobra sé que a media cocción las ideas, si tal cosa puede llamarse a lo que bulle en la sesera, serán perfectamente delirantes, pero eso no tiene que frenar mi impulso a teclear en el ordenador como si fuera un pianista de jazz frustrado. En mi veraniego narcisismo, he llegado a pensar que todas las gasolineras, moteles, antros de mala muerte, cactus y estrictos secarrales no existirían, a la manera del idealismo de Berkeley, sin mi atenta mirada. Emprendo, por tanto, una expedición patética y no exenta de heroísmo para salvar lo sublime matemático o, por lo menos, con el fin de impedir que una antigua ficción- viajera se convierta en un sórdido callo. Tengo, aunque parezca absurdo, recuerdos de lo que aún no he contemplado. Mi compañero de fatigas, el fotógrafo Paco Caparrós, completó, hace unos años, este itinerario y ahora se presta, diligen- te, a ser mi particular cicerone. Hemos divagado tanto, antes de ponernos on the road que tengo la sospecha de que la escritura de este cuaderno de bitácora va a ser una especie de derrapada. En vez de cool memories, como las que pergeñara Baudrillard, el profeta insistente del simulacro, anticipo unos recuerdos calenturientos. No creo que me pueda guiar por los trazos de la canción, en todo caso me llegan rumores, fragmentos de estribillos, sonidos que forman una memoria insólita, anterior a la significación que, acaso, despierte en el cuerpo lo que este ignora de sí mismo. Preparando, a finales de los ochenta, un examen de metafísica mi mente se empantanó por culpa de una canción de Mecano con una rollete de que alguien se había colado en una fiesta. Ante el desafío de la ruta americana no dejo de canturrear lo de la escuela de calor Así no vamos a ninguna parte.