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ABC VIERNES 27 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA APAGÓN OLÍMPICO UINCE años exactos después de la inauguración de los Juegos Olímpicos, el apagón de Barcelona ha certificado con gran fuerza simbólica el agotamiento del rutilante esplendor del 92... y el fracaso de una creciente autonomía que, cada vez con más competencias y recursos, permanece a oscuras incapaz de gestionar el desarrollo de Cataluña más allá de un discurso reivindicativo que vienea demostrar su propia impotencia. El victimismo nacionalista culpa al Estado de sus males sin pararse a mirar su propia responsabilidad en el abotargamiento de una metrópoli que hace tres lusIGNACIO tros era un modelo de pujanCAMACHO za y ahora anda sumida en una crisis patente de personalidad, progreso y liderazgo. En este tiempo, la autonomía catalana no ha dejado de crecer en poder y autogobierno, hasta dotarse de un Estatuto cuyo carácter soberanista lo vuelve probablemente inconstitucional, pero sigue sin disponer de soluciones para los problemas ciudadanos y en cada crisis se vuelve hacia la Administración central con un tic reactivo que es su única respuesta para tratar de exonerarse a sí misma. Es posible que el balance de inversión estatal resulte insuficiente para las necesidades derivadas del crecimiento catalán, pero si el estatus cuasi confederal alcanzado por las instituciones autonómicas no basta para encontrar algún remedio a los desafíos cotidianos, habría que preguntarse para qué ha servido la centrifugación de un Estado que en Cataluña apenas tiene ya, según el anterior presidente de la Generalitat, una presencia meramente residual Se trate del desastre del Carmel, del colapso del aeropuerto del Prat, de la plaga de robos domiciliarios o de este ignominioso black out sobre los restos del sueño olímpico, las instituciones catalanas no disponen de otro recurso político que la exigencia llorosa a ese Estado cuya estructura se han aplicado a desmantelar en su territorio. Mientras, por ejemplo, el AVE se acerca- -con retraso indiscutible- -a las puertas de una Barcelona incapaz de acordar el modelo urbano con que ha de acogerlo. Pero el nacionalismo que impregna a toda la clase política, incluido un socialismo progresivamente asimilado, sólo encuentra consuelo en la perpetua reclamación, entre reivindicativa y lacrimógena, de mayores techos competenciales que probadamente no sabe gestionar en beneficio de unos ciudadanos que no parecen- -al menos en sus respuestas electorales- -tan concienciados de la demanda soberanista. Sensu contrario de este discurso victimista, habría que concluir que si el autogobierno catalán no halla el modo de demostrar mayor eficacia y camufla su debilidad en la delegación de responsabilidades, el régimen autonómico está naufragando en su endogamia, aplicado a la construcción ficticia de una nacionalidad que, en el fondo, constituye su prioridad política más allá de la necesidad de un buen gobierno. El apagón de Barcelona es la metáfora de un fracaso colectivo enzarzado en la mutua atribución de culpas mientras la gente se alumbra como puede para sobrevivir en medio del caos. El único punto objetivo de acuerdo es que Cataluña se ha estancado, pero visto su nivel de autogestión, algo tendrá que ver en ello la obsesiva cerrazón de un particularismo ensimismado. Q PIZARRO, ESE SABOTEADOR C UATRO de la mañana. Disfrazado de Abeja Maya al objeto de pasar inadvertido, Manuel Pizarro avanza de salto en salto, de esquina en esquina, camino de la subestación de Endesa desde la que planea vengarse del pérfido pueblo catalán en el que mora la empresa que pretendió comprarle sus acciones en aquella opa tan del gusto del Gobierno, del Tinell y de La Caixa y de la tieta Meritxell. Una vez alcanzado el objetivo sin ser visto, el terco y obstinado presidente de la compañía que al fin pasó a ser repartida entre el Gobierno italiano y unos avispados empresarios amigos alcanza el cable gordo de la luz y le vierte una mezcla explosiva de Aromas de Montserrat y Rosquillas del Santo que consigue dejar a oscuras al instante a la capital catalana, que en ese momento descansaba de tanto trajín de celebración de aniversario de los Juegos del 92. Riéndose como Patán, el perro pulgoso de Pierre No Doy Una, vuelve a toda prisa a su furgoneta secreta y toma el camino de Madrit A las cuatro de la madrugada de una pegajosa noche barcelonesa, Miquel Iceta, portavoz del PSC, se incorCARLOS pora de golpe en su cama, sudoroso y HERRERA agitado por la pesadilla, y grita: ¡Ya está! ¡Ya lo tengo! ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora? ¡Ha sido Pizarro! Sopesando el beneficio que siempre reporta azuzar el victimismo de una población castigada por el desastre de infraestructuras que le rodean, urde el argumento y convoca a la prensa para revelar la auténtica razón por la que una de las ciudades más significadas de Europa sufre el calvario de tres días sin luz. No es el infortunio, el ensimismamiento de una clase política dedicada exclusivamente al petardeo verbal, cualquiera de los últimos ministros de Industria- -todos catalanes- -de los últimos gobiernos; ni mucho menos. Es Pizarro, el empresario que colocó el PP, cuando aún detentaba el poder, al frente de la perla codiciada de la energía española. Pizarro, molesto por el abordaje de la gasista, habría urdido una conspiración saboteadora para hacer pagar a sus clientes catalanes una operación que le creó no pocos dolores de cabeza. No importa que la oferta, por muy catalana, legítima y aplaudida que fuera, resultase poco atractiva para los intereses de los accionistas a los que representaba Pizarro. No importa que, en virtud del mercado libre en el que aún vivimos- -para desespero de algunos sonámbulos de la política- las maniobras del pertinaz presidente de Endesa hayan supuesto un incremento suculento de los beneficios de aquellos accionistas que estén dispuestos a vender. Para algunos firmantes del Tinell, el simple hecho de que el origen de la compradora fuera meramente catalán era suficiente argumento para que la operación se realizase sin más. El apoyo del Gobierno, en función de carambolas políticas no tan difíciles de explicar, incorporaba el definitivo argumento favorable a la operación. Oponerse era ejercer el cada día más proliferante anticatalanismo que últimamente explica cualquier cosa. La simpleza argumental de Iceta y de todos los que buscan, como locos, excusas que les permitan escurrir el bulto es un insulto a la inteligencia de aquellos a los que dice defender; pero, aún así, resulta triste comprobar que hay más de uno y de dos dispuestos a comprar mercancía tan averiada, explicación tan descabellada, propia de un mal sueño de verano. Jaque Mate catalán al Sector Energético Español tituló la prensa catalana aquel día en que Gas Natural lanzó una opa sobre la eléctrica de moda. Era toda una declaración de intenciones que no resultó, finalmente, productiva. En vista de que la operación se quedó en un intento sin fortuna, los jugadores del siempre confuso ajedrez político del Principado se dispusieron a echarle las culpas al árbitro. Ahora que se ha caído un cable ya pueden respirar tranquilos: lo ha tirado Pizarro y ellos, una vez más, pueden demostrar que no tienen culpa alguna. Como siempre. Esto demuestra una vez más lo desaconsejable de acostarse inmediatamente después de una cena copiosa sin la correspondiente sal de frutas. www. carlosherrera. com