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ABC JUEVES 26 s 7 s 2007 Tribuna Abierta OPINIÓN 7 Javier Barraca Maizal Profesor de la Universidad Rey Juan Carlos LA TECNOLOGÍA DEL TERRORISMO Un mundo donde todo se compra y se vende, ofrece un teatro magnífico a seres deseosos de transferir su poder al mejor postor. Hay que configurar lugares de encuentro en los que científicos y tecnólogos se asocien con lazos de amistad en valores auténticos I MÁGENES digitales que llaman al odio, explosivos indetectables, virus de laboratorio y ordenador... Todo esto, en manos de los terroristas. La tecnología, como la ciencia, es universal, y su sentido se halla en el servicio a grandes valores. Pero la tecnología y la ciencia desde la óptica del terrorismo y los regímenes del odio desoyen esta humanista vocación, y se orientan a lo destructivo. Para ellos, la tecnología no es más que un simple instrumento, desprovisto de fines implícitos, que se ven forzados a utilizar. La consideran una prostituta, hija de la civilización enferma que anhelan destruir, a la que abandonarán tan pronto se hayan servido de ella. Ante esto, es lógico preguntarse quién será el próximo al que dañen con estos medios, y qué hacer para no ser el escogido. Las dos preguntas que ellos quieren que nos formulemos. Pero, dado que la onda expansiva del terror acaba por alcanzarnos, quizás debamos interesarnos por algo más que nuestra propia suerte. ¿Dónde estallará la próxima bomba nuclear no de ensayo (en EE. UU. Rusia, Israel, o el codiciado Al Andalus) ¿La activará un Estado u otro tipo de organización? Para anticiparlo, es sabio seguir el resbaladizo rastro del odio, que destruye cuanto no alcanza a sojuzgar. Sin embargo, hay otras preguntas más profundas que reclaman atención. Tienen también que ver con la relación entre la tecnología y el terrorismo. El terror jamás ha contado con una tecnología tan devastadora. La globalización ha hecho que resulte accesible a seres de la más variada índole. No se ha democratizado s e ha expandido de modo planetario. Conviene que investiguemos cómo están llegando a manos del terrorismo el arma nuclear, química y biológica, y en qué condiciones serán empleadas. a de inquietarnos la forma de neutralizar tal hecho o responder al mismo con eficacia y dignidad moral. Pero, además, existe un interrogante de gran calado para nuestro futuro: ¿cómo ha de orientar nuestra sociedad la ciencia y la tecnología? Primero, urge el que nos libremos cuanto antes de ese doctrinario Positivismo, que nos ha acompañado demasiado tiempo (como en Europa advirtió Husserl) Esa ingenuidad de que la ciencia y la técnica son neutrales, y que su progreso nos conducirá por sí solo H a la felicidad mundial, gracias al dominio total sobre la dimensión única y decisiva: la materia. Las versiones más ingenuas, como la marxista, de estos cantos de sirena ya han sido desautorizadas por la historia y la filosofía (Kuhn, Lakatos, Radnitzky) Menos incauto, Heidegger afirmó que la esencia de la técnica está en que no posee en sí misma su sentido. Pero esto sólo es cierto en parte, porque la técnica a la que se refiere está desligada de lo humano, y eso supone ya una perversión. Tampoco caigamos en el error de creer que el progreso es cosa sólo de unos pocos siglos recientes, del movimiento ilustrado o el iluminismo revolucionario. La ciencia y la tecnología actuales se deben, en gran medida, al conjunto de la historia de la civilización occidental. Se trata de un camino vinculado con la sociedad abierta, como expuso Popper. En él, lo judeo- cristiano ha jugado un papel decisivo, ya que ciencia y técnica no suponen, según ello, algo maldito, sino una respuesta a la llamada de los seres humanos a colaborar con la obra de la Creación, en una historia de esperanza, no circular. Las mejores inteligencias han concebido la ciencia y la técnica como una inmensa fuente de posibilidades para nuestra realización (en España, hoy, Ló- pez Quintás, Méndez, Ridruejo) no un puro incremento del saber- poder, para la dominación, como apuntó F. Bacon. La tecno- ciencia del terror conecta con los peores extremos de esto último, y la voluntad de poder de Nietzsche. Es una tecnología despersonalizada, no para la defensa o la seguridad, sino para la violencia indiscriminada y el pánico civil; no quiere informar, sino confundir; no fomenta la unidad, sino el odio y la separación. Retuerce la vocación humanista de la ciencia. El terrorismo incurre aquí en graves contradicciones. El integrista considera la técnica una idolatría, el deseo impío de ser como dioses, enemigo de la tradición. Pero la usa, contaminándose con ella, según muestra la paradoja de los talibanes destruyendo vidas y obras artísticas con misiles, o los videos de Al Qaida. El terrorismo nacionalista, al utilizarla, viola también sus raíces, pues en la ciencia y la técnica hay un aspecto universal que rompe toda frontera y exclusivismo nacional o racial (los nazis mentían cuando hablaban de una ciencia alemana) El terror materialista ateo, de signo progresista, promete una ciencia y técnica liberadoras de los pueblos, y luego las orienta al control totalitario, estatalizante, que anula el valor de la persona. Nosotros debemos examinar con criterio nuestra forma de plantear la ciencia y la técnica. Nuestra civilización las desarrolla gracias a relaciones. Pues bien, atendamos a considerar con quiénes y en qué ámbitos las trazamos. El fundamento ha de ser la búsqueda común de la verdad y el respeto a la dignidad de la persona. No nos reservemos nuestra ciencia y técnica con egoísmo, pero tampoco seamos imprudentes. Un mundo donde todo se compra y se vende, ofrece un teatro magnífico a seres deseosos de transferir su poder al mejor postor. Hay que configurar lugares de encuentro en los que científicos y tecnólogos se asocien con lazos de amistad en valores auténticos. El arma más poderosa es la comunicación. Pero la tecnología de la comunicación se está utilizando ya por el terrorismo como su principal forma de conquista. Los terroristas ven en ello una ironía, pues nos destruyen con nuestro diálogo y apertura. La ciencia y la técnica se concretan en personas determinadas, que las desarrollan. Por eso, se ha convertido en una cuestión vital, desde hace centurias, formar a nuestros profesionales de un modo integral, ampliando sus horizontes humanísticos. No cabe ya soportar perfiles hipertrofiados, romos para las relaciones humanas, indiferentes a los otros. Nuestros científicos y tecnólogos han de crecer en inquietudes, apreciar lo estético y lo ético, adquirir una cultura dotada de reflexión y exquisito respeto a las personas. Sólo ello puede salvaguardarlos de las manipulaciones que ya están acechándolos. La palabra tiene, aquí, un papel central, pues nada más humanizador que ella (Aristóteles, Frankl, Gadamer) Su vocación no se opone a lo espiritual, como revelan las más egregias figuras de la historia, y recientemente los nombres de Einstein o Heisenberg, quien fue contrario al uso militar de la energía atómica. l nihilismo terrorista y el odio en que se fragua representan un enemigo, que anhela destruirnos, aún a costa de infectarse con nuestro saber. Pero hay otro nihilismo más peligroso, que crece dentro de nosotros. Ese que, con un complejo de culpabilidad suicida nos pide que abandonemos la senda del desarrollo y sus logros, porque muchos los utilizan irresponsablemente. Estos impulsos están viciados de síndrome de Estocolmo. Lo peor es que son blandidos por quienes pretenden destruirnos. Arrepentirnos de nuestro progreso, porque algunos lo usan para golpearnos, es el colmo del absurdo. Renunciar a él, implicaría ponernos en las manos de nuestros verdugos, mucho menos puritanos. E