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68 AGENDA Tribuna Abierta DOMINGO 22 s 7 s 2007 ABC Agustín Cerezales Escritor LA INTIMIDAD i se me permite la expresión, diré que este libro me cae bien. No es que sea un libro simpático Se trata, en realidad, de un libro inquietante. Lo leí a trozos, a lo largo del otoño, entre idas y venidas, renuente a dejarme ir, no sé por qué, por la pendiente de su fluidez. Quizá debería haberlo leído en una tarde, como acaso pide y sin duda se hubiera dejado leer. El caso es que lo hice así, tascando el freno, mitad por miedo a su penumbra envolvente, mitad por el placer de ir dilatando la desgustación. S Me gusta este libro, agradezco esa inquietud, ese horror que me atenaza al pensar en él, en sus últimas consecuencias. Es un libro enfermo de literatura. Lo es argumentalmente incluso, puesto que así podría resumirse, como la historia de una orfandad refugiada en los libros dias especulativas. Me gusta este libro, agradezco esa inquietud, ese horror que me atenaza al pensar en él, en sus últimas consecuencias. Es un libro enfermo de literatura. Lo es argumentalmente incluso, puesto que así podría resumirse, como la historia de una orfandad refugiada en los libros, y lo es además de verdad, inevitablemente, porque está enfermo de sí, y no tiene más medicina posible que la de nuestros ojos, nuestras manos de lector. Valienteydesvalido, ni ra pensar una u otra cosa, creo que, más que una autobiografía novelada, es una novela vestida de autobiografía. O mejor que vestida, diríamos que imbuída, porque aquí todo va por dentro, todo viene de dentro, como ese lirismo penetrante o invasor, que más que manifestarse rezuma en cada página, páginas que huelen a violín dolorido, a rincón en el ángulo oscuro. Qué mayor intimidad que la de estar dentro de una mente que está dentro de un personaje que está dentro de una casa, de un libro, de una biblioteca encerrada a su vez en sí misma, donde los libros se miran unos a otros, como no podía ser me- Aunquecarezcodedatospanos, de costado, en una lógica morbosa de lucidez sin compañía, o sin más compañía que la nuestra, lectores convocados, imantados por la fiebre y abocados a la inquietud, o las inquietudes, pues son varios los fantasmas que se cruzan por los pasillos, se saludan o se ignoran. El del silencio de una casa sin más destino que su pasado, su vocacional decrepitud; el de una infancia sin puerta de salida, el de cualquiera de las figuras que en realidad estaban pintadas sobre el cristal, como en un cuadro de Magritte; el del sinsentido de una, dos, tres bibliotecas fundamentales, de la literatura toda, quizá, amontonada a las puertas del chamarilero. Incluso el fantasma menor, local, de la identidad, o de la realidad, o del sueño de esas cosas que unos llaman, y otros también, Cataluña y España. Publicada en 1997, cobra la novela de Nuria Amat a este respecto, diez años después, con tanta tinta como ha corrido y como se ha evaporado, una gravedad aún mayor, pues no en vano la protagonista pasea las lindes de la locura, allí donde lo política y socialmente inadmisible alcanza un brillo, un contraste feroz que dibuja verdades de carne y hueso, de tal forma que empieza uno a comprender, a saber en crudo, sin ortope- ataca ni se defiende, ni abusa de sus encantos, de esas frases que se dan la vuelta con humor resuelto, femenino y desesperado, de ese cúmulo de hallazgos expresivos que alientan aquí y allá pero sin reclamar nunca más atención de la debida, porque se contentan con ser inevitables. En otros casos, sería un exceso por mi parte tanta prosopopeya. Los libros son libros, y libros son. No tienen frío ni calor, ojos, narices ni pelo. Con La intimidad, sin embargo, me ocurre ahora mismo que siento, que sé que me está mirando, que tiene curiosidad por saber lo que estaré escribiendo, aunque nunca se pondría a pedir explicaciones, y que acaso imagina, y acierta, que me gustaría saltar yo también la barrera, tomarle la mano por debajo de la mesa y apretársela, para que sepa que sí, que lo he leído, y que está vivo. Eugenio Fuentes Escritor DÍA DE PLAYA EN TORREMOLINOS Echaría el ancla y dejaría pasar un tiempo antes de zarpar de este lugar que ha conseguido incluirse entre las ciudades legendarias para gentes guapas y felices, pero también para los tristes que buscan milagros a la orilla del mar y esperan que la sal cauterice sus heridas: Ibiza, Lisboa, Daytona, Saint- Tropez P ara el viajero que, cediendo a ese anhelo de litoral que despierta el verano, lo dejara todo y se concediera un año de descanso y relax para recorrer en un velero el contorno marítimo de España, sin duda Torremolinos sería una escala imprescindible en su trayecto. Echaría el ancla y dejaría pasar un tiempo antes de zarpar de este lugar que ha conseguido incluirse entre las ciudades legendarias para gentes guapas y felices, pero también para los tristes que buscan milagros a la orilla del mar y esperan que la sal cauterice sus heridas: Ibiza, Lisboa, Daytona, Saint- Tropez. Torremolinos ha logrado aunar con cierta armonía dos de las cualidades que mueven a los hombres al viaje: ser el último puerto, un refugio de inercia y de quietud, para los viejos navegantes que archivan sus mapas, arrancan las agujas de sus brújulas y utilizan sus velas para cobijarse del frío, y, por otro lado, ser una alegre y bullicio- sa estación tránsito donde la vida certifica que es eterna la música y que el baile no acaba. La abundante literatura que ha hecho de esta ciudad su escenario, le ha ayudado a esquivar ese destino anodino y ahistórico del que nunca escaparán muchas otras poblaciones de turismo y costa. de escuchar a gente hablando en treinta idiomas diferentes y ver a gente de treinta razas distintas. En su playa, orientada al Sur, se despliega un apasionante e interminable espectáculo. Pasa un tipo gordo, tan sobrado de carnes temblorosas, que parece que la arena no podrá sostenerlo y que se va a hundir en ella. Sentado al sol, un adolescente busca debajo de la arena algún objeto perdido de la infancia que ya no encontrará nunca. Un aprendiz de surfista, creyéndose un experto, monta en su tabla con vela y con la brisa a favor se adentra Aquí, alolargodeldíasepue- en el mar con facilidad. Media hora más tarde, su compañera, que descansa en una tumbona, tiene que alquilar una barca de pedales para ir a rescatarlo, porque no sabe volver contra al viento. Un niño sale del agua quejándose de una picadura: como las redes de arrastre de los pescadores han diezmado las tortugas, las medusas han multiplicado su número y su atrevimiento y algunas alcanzan lugares que antes defendían los quelonios. Al verlas, la naturaleza- -como el género humano- -una vez más nos desconcierta con el reparto de sus dones: las útiles, honradas y humildes tortugas son feas, y son bellísimas las estériles, venenosas medusas. el viajero ha aprendido a esquivar los locales que sirven con precipitación calamares de goma y langostinos de celuloide, al mediodía va a almorzar al restaurante de un antiguo hippie que al arribar a esta playa quemó sus naves y sus ropas de flecos, se cortó la melena y se afeitó el rostro. Se ha convertido en un caballero elegante y cortés, con arrugas bien perfiladas por el buril del tiempo, pero a veces se pregunta cómo hubiera sido su vida si hubiera continuado navegando sus largas travesías. Al fondo, un grupo de alemanes remoja sus bigotes en espuma de cerveza servida en grandes jarras mientras engullen fuentes de pescaditos y ensaladas. Pronto empezarán a cantar. Pasa Como la tarde y llega el crepúsculo. Algunos pescadores plantan sus cañas frente a un mar que, teñido de rojo por el sol del atardecer, parece que mostrara lo que los seres vivos han ido vertiendo en él al desangrarse. Entre el suave batir del oleaje, se escuchan los chillidos con que las gaviotas repiten los gritos de naufragios antiguos. Y, alfin, elviajeroregresaa casa con la seguridad de que el día no ha transcurrido en vano. Arrastra un botín de pescador o de pirata: la belleza de unas sirenas fijada en sus pupilas, el calor del sol bajo la piel para los días del invierno y un puñado de monedas, acuñadas con recuerdos, para guardarlas en el cofre de la memoria.