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ABC SÁBADO 21 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA PUENTE AÉREO N Cataluña se puede ser del PP igual que se puede ser del Real Madrid, pero hay que saber que desde ahí sólo es razonableaspirara formar partedeuna antipática minoría. La política catalana está invadida, contaminada de nacionalismo mucho más allá que la propia sociedad, y la clase dirigente ha creado un mecanismo de autodefensa que consiste en tildar de catalanófobo al que se sale de esa campana de cristal victimista en la que se mueve la esfera pública, condenándolo a una marginalidad que aterra a cualquier profesional del poder. Esa dinámica tramposa sólo puede romperse desde fuera, como ocurrió con la irrupción de Ciutadans, o con un atrevimiento rupturista al que no esIGNACIO tán acostumbrados los CAMACHO miembros de la nomenclatura convencional. El drama del Partido Popular es que no logra salirse del cepo: dentro de la campana se lo come el nacionalismo, y fuera tiene pánico al vacío. Josep Piqué, parlamentario brillante adornado de gran prestigio personal, tiene el problema de que es con toda claridad un profesional de la política clásica, y sólo se siente agustodentrodelanomenclatura. Noestácómodo en la calle y se perfila mal ante las urnas, porque lo suyo son los círculos de influencia que se mueven alrededor del Puente Aéreo. Por biografía, convicción y pensamiento, es un catalanista que siempre tiende a tirar puentes con el nacionalismo, y al que la deriva de los últimos tiempos ha situado en una tesitura imposible. Para el turbión soberanista, es un retardatario lastrado por el españolismo de su partido, y para los asfixiados por la presión centrífuga y monolingüe aparece como un moderado tibio incapaz de defenderlos de la limpiezaétnica deltripartito. Más allá de sus desencuentros internos con el aparato del partido, estaba condenado: en laCataluñaactual, suempeñoen circular por la calle de en medio conduce a la estéril melancolía del abandono. El peculiar liderazgo blando o pasivo de Rajoy ha permitido que la renuncia de Piqué se convierta en otro de los habituales y perniciosos alborotos que el PP se organiza a sí mismo, pero en Cataluña ya tiene poco que perder. A falta de un discurso enérgico antinacionalista, que Rajoy no desea acentuar paradejarseunapuertaabierta alpactoposelectoral, lo que el partido necesita allí son dirigentes capaces de comerse la calle con desparpajo para escarbar los votos que le alcen dos o tres diputados más con los que trepar hasta una mayoría nacional relativa. Por decirlo en el pragmático lenguaje pujolista, Piqué es un ejecutivo que no factura y el PP requiere de agresivos vendedores puerta a puerta capaces de levantar su cuenta de resultados. Nopuedemimetizarsecon el nacionalismo, porque para eso ya está Convergencia, y además Unió- -con la que el dimisionario soñó una fusión utópica- pero tampoco ponerse a gritar Hala Madrid en mitad del Camp Nou. Su sitio sehallaentrelosciudadanos que, sintiéndose plenamente catalanes, están hartos de la sobrepresión soberanista. Elproblemaes queésos no seencuentran tanto en los despachos de la Diagonal o en el PuenteAéreo como en esos mercados de Hospitalet, Martorell o Reus de los que la fina piel política de Piqué salía con sarpullidos de alergia. E CAYUCOS DE LA MUERTE T ODAVÍA hay quienes piensan que esos africanos que abandonan su aldea y atraviesan desiertos calcinados y embarcan en frágiles cayucos, a riesgo de perecer ahogados o consumidos por la sed, lo hacen ofuscados por la promesa de un inexistente Eldorado. Tendemos a creer que, además de negros, son imbéciles; y los imaginamos en su aldea natal, sintonizando en sus televisores descacharrados un canal europeo que les muestra una tierra prometida donde manan la leche y la miel. La realidad es muy distinta: vecinos de su aldea, miembros de su propia familia han probado antes que ellos la misma aventura. Saben que necesitan mucha suerte para sobrevivir a las penalidades del viaje; saben que, si acaso lograr arribar a la playa de destino, serán recogidos por patrulleras y devueltos a su lugar de origen; saben que, aun sorteando la vigilancia de tales patrulleras, les aguardan trabajos infrahumanos y una condena a la miseria y a la clandestinidad. Lo saben antes de emprender su periplo y, sin embargo, no cejan en su empeño. ¿Por qué? Simplemente, porque están desesperados: la misma muerte se les antoja una suerte de aliJUAN MANUEL vio o recompensa; y la vida que les DE PRADA aguarda allende el océano, aunque sórdida y mendicante, se les figura incomparablemente mejor a la vida depauperada que sobrellevan. Resulta una tarea vana tratar de imaginarse el tamaño de esa desesperación, desde nuestra perspectiva occidental. Esos hombres han visto morir a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, infestados de enfermedades indescifrables o de pura inanición, y huyen de un destino cierto, en pos de otro que no es más halagüeño, pero que la incertidumbre, la mera incertidumbre, hace más deseable. En eso consiste la desesperación: en preferir lo malo por conocer antes que lo malo conocido; en preferir la incertidumbre a la certeza. Las desazones de un hombre corriente son exactamente las contrarias: nos inquieta la falta de seguridad, la irrupción de contingencias que desbaratan nuestro horizonte vital. A un hombre desesperado, a un hombre que carece de horizonte, cualquier contingencia- -aun la más funesta- -le parece promisoria. Y se abalanza sobre ella, sin miedo a inmolarse. Cincuenta hombres desesperados acaban de perecer en el mar, después de que el cayuco que los transportaba se volcase, cuando estaban a punto de ser rescatados. La noticia ha trepado a los titulares de la prensa por unas horas, pero enseguida será deglutida por otras noticias más banales. A fin de cuentas, la desesperación que empujó a aquellos hombres a abandonar su aldea y a embarcarse en una aventura de resultado incierto resulta ininteligible para nosotros, hombres corrientes acuciados por desazones menos extremas. Tratar de comprender esa desesperación nos obligaría a afrontar preguntas demasiado embarazosas. ¿Por qué una época en que se han derribado las barreras a la libre circulación de los capitales y de la información mantiene restricciones a la libre circulación de personas? ¿Es legítimo restringir el acceso a la riqueza a una parte de la población? Todo hombre tiene derecho a acceder a la riqueza que garantiza su supervivencia; se trata de un derecho natural, anterior por lo tanto a cualquier derecho positivo, un derecho inalienable inscrito en la naturaleza humana que no puede estar supeditado a trabas administrativas, tales como el reconocimiento de ciudadanía o la posesión de un permiso de residencia. Todo hombre tiene también derecho originario a utilizar plenamente su inteligencia y habilidades en el acceso a los bienes que le son absolutamente indispensables para alimentarse. ¿Es legítimo poner trabas a ese libre acceso? Son preguntas que preferimos no hacernos, porque remueven los cimientos de nuestras seguridades, asentadas sobre un orden jurídico injusto. Occidente decidió negar la existencia de un derecho natural para ahorrarse precisamente preguntas tan embarazosas como estas. Pero, mientras no las afrontemos, la desesperación de esos hombres nos seguirá resultando ininteligible. Tal vez esa desesperación nos provoque cierto sucedáneo de piedad; pero enseguida lograremos espantarla y sustituirla por nuestras desazones de hombre corrientes.