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ABC VIERNES 20 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL CARAJAL SPAÑA no se ha roto, proclama triunfalmente el zapaterismo para convencernos de que sus juegos estatutarios de aprendiz de brujo no han supuesto el derrumbe del Estado. Y es cierto, pero habría que añadir que por ahora. De momento no se rompe, es verdad, pero se cuartea, se casca, se agrieta bajo la insaciable presión de unas autonomías dispuestas a porfiar en esa subasta de competencias que ha abierto el Estatuto de Cataluña, al grito de centralista el último. Se apropian de atribuciones por el procedimiento del tirón, como los judíos se rifaban los jirones de la túnica del Cristo. Nacionalizan ríos, crean agencias tributarias, poIGNACIO nen fronteras al folclore CAMACHO y tienden la mano al Estado para que les financie el aquelarre. Cuando Borrell, el jacobino del tardofelipismo, habló del carajal autonómico escocido porque las taifas territoriales no le dejaban diseñar el trazado de las carreteras, ni se imaginaba que algo más de una década después los virreyes iban a poner la zarpa en la mismísima caja de la Hacienda Pública o a decretar la propiedad exclusiva de las aguas de la aldea, represándoselas a los de más abajo como los hoscos campesinos auverneses de Manon des sources España no se ha fracturado, pero se raja a través de un descosido de insolidaridad que apenas se sostiene gracias a los hilos invisibles de la Historia. La crisis llegará más tarde, cuando acaso Zapatero no sea más que un mal recuerdo, ese paréntesis histórico del que hablan Gallardón y Rajoy sin acotar la duración de la pausa. Porque cada cesión es irreversible: no habrá en el futuro ningún Gobierno capaz de recoger el agua derramada. Y pasará como con la LOGSE, cuyos efectos perniciosos no se han hecho visibles hasta al cabo de unos ciertos años, cuando una generación de analfabetos funcionales va tomando los mandos del relevo de la pirámide social. Hoy por hoy, la rebatiña de competencias es sólo un pulso político de coyuntura, un campo de justas para que los presidentes de Madrid, Valencia, Andalucía o Baleares se suban al carro de las reivindicaciones electoralistas bajo el listón del demarraje catalán, pero mañana o pasado será imposible garantizar desde el Gobierno de España la igualdad de todos los ciudadanos de lo que quede de la nación. Y se abrirá la brecha que logró evitarse con el equilibrio de la cohesión constitucional, porque el presupuesto público es una suma cero en la que algunos tendrán que perder lo que otros salgan ganando. Va a ser una tragedia diferida, que nunca inquieta a los políticos atentos sólo a los horizontes cortoplacistas de su mandato. Pero los edificios de la Historia rara vez se desploman de golpe; cuando eso ocurre se trata de una revolución. El proceso que ha abierto Zapatero actuará como una lenta carcoma en el interior de la viga maestra del Estado. Él ya no estará cuando comiencen a caer los cascotes y el carajal se convierta en una falla telúrica rodeada de arbitrarias fronteras de desigualitarismo. E EL NEGOCIO DE LA MENTIRA L A política se está convirtiendo en uno de los últimos reductos de la verdad en las sociedades desarrolladas. No es una ironía, ni una provocación, aunque lo parezca. Es una constatación del fuerte contraste entre los exigentes controles de la verdad en el ámbito político y los inexistentes controles en otros campos. Sobre todo, en ciertas parcelas de la creación y del mundo del espectáculo, en los que la noción de mentira como problema moral, simplemente, ha desaparecido. Aún peor, la mentira se ha convertido en una parte esencial del negocio. Con la más completa naturalidad. Juan Carlos Blumberg es el alma y presidente de la Fundación Axel Blumberg de Argentina. Ha liderado un movimiento social de amplia acogida entre los argentinos en contra de la inseguridad ciudadana, a partir de la desgarradora experiencia de él mismo, que perdió a su joven hijo en manos de unos delincuentes en las calles de Buenos Aires. Suscitó la simpatía y el apoyo de toda la nación. Y, sin embargo, los perdió a la misma velocidad cuando un periódico destapó que EDURNE Blumberg había mentido. No respecURIARTE to a la sustancia, el asesinato de su hijo y la delincuencia, sino respecto a su propia biografía. Había afirmado que era ingeniero. Pero resulta que nunca obtuvo tal licenciatura, ni siquiera en la universidad alemana que inventó para los periodistas. Imagino los efectos destructivos de una mentira semejante en cualquier político y aún los calculo más letales en nuestro país que en Argentina. En España, las hermanas Penélope y Mónica Cruz acaban de anunciar que han diseñado una colección de ropa para una conocida firma de moda. Nuestras nuevas diseñadoras han seguido la estela creativa de otras estrellas multifacéticas. Como la modelo Kate Moss, que, entre foto y foto, también diseñó una colección para una marca de ropa. O la mismísima Madonna, que, además de cantar, también di- seña, como las anteriores, e hizo lo propio para otra conocida cadena. No tengo datos que me permitan afirmar que las estrellas más arriba mencionadas tengan de diseñadoras lo mismo que Blumberg de ingeniero. O incluso menos, puesto que Blumberg tiene un título medio. Al fin y al cabo, si ustedes no conocieran, por ejemplo, que el espectacular aeropuerto bilbaíno de La Paloma es de Santiago Calatrava, al igual que uno de los bellos puentes que cruzan la ría, y yo me atribuyera su diseño, no podrían afirmar que no fue así. Entre otras cosas, porque no les habría facilitado la información de que mis mayores apuros escolares, además de en Labores del Hogar, aún existía aquella terrible asignatura, y en los dictados del Solfeo, se produjeron en Dibujo. No por falta de vocación para la arquitectura, que la tenía, sino por pura incompetencia. Pero sé, al menos, que, en política, lo mío con el diseño de La Paloma, incluso con el diseño de un vaso, se investigaría. Aun sin conocer mis antecedentes escolares. Hay parcelas del mundo creativo, la moda, el diseño y, cada vez más, la creación literaria o ensayística donde la investigación ni se plantea. No porque el engaño no se sospeche, sino porque la mentira y la impostura se han convertido en institución. En puro negocio publicitario. Y el trasgresor es quien osa mover un dedo para acabar con esas prácticas. El escándalo de la BBC que acabamos de conocer, sus dimensiones, sobre todo, con nada menos que siete concursos en los que se han constatado falsos ganadores y engaños varios, se produce en este ambiente. De total laxitud moral ante la verdad. Cuatro o cinco décadas atrás, un engaño semejante, en un solo concurso de televisión, no en siete, causó un tremendo escándalo en la sociedad estadounidense. Los ganadores amañados hicieron correr ríos de tinta y de indignación popular. E incluso dieron lugar a una película, Quiz Show, que contemplamos en España hace no mucho tiempo. No creo que los ciudadanos hayamos cambiado tanto desde entonces. Y que ahora seamos indiferentes a la mentira. Quizás es que nos hemos especializado exclusivamente en la mentira de los políticos.