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ABC MARTES 17 s 7 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA EL CONTRATO DEMOCRÁTICO El Ejecutivo debe disponer de cierta holgura para evacuar discretamente lo que sería enojoso o imprudente o imposible hacer a las claras. Y se citan precedentes, españoles y no españoles. Cuando oigo estos conceptos, me acuerdo de Brief Encounter la película en que David Lean narra el adulterio manqué de un ama de casa inglesa de los años cuarenta. El marido sabe que su mujer se ha enamorado de otro hombre. Pero la ama. Y como la ama, calla, y sigue callando... LTIMAMENTE, nos hemos divertido con varias cosas. Nos hemos divertido con la crisis ministerial; nos hemos divertido con el retorno intempestivo de Bono; y de puertas adentro, cada cual se ha divertido como le ha dado la gana. Todo esto es bueno. Si no nos divirtiéramos, si entráramos al trapo de la vida con la seriedad de un héroe de tragedia antigua, sufriríamos un torozón, y nos tendrían que llevar a una casa de reposo o en derechura al camposanto. Pero no se puede estar todo el tiempo de vacaciones. Aquí, señores, sigue apretándonos una cuestión muy seria, que el Debate sobre el estado de la Nación no ha despejado en absoluto. El caso es tan apurado, que no resulta sencillo enunciarlo sin que parezca que se dice lo contrario de lo que se quiere decir. Lo ha demostrado, elocuentemente, la intervención de Rajoy en el hemiciclo durante las horas postmeridianas del día tres. o me gustó demasiado, vaya por delante, la actuación parlamentaria del jefe del PP Le falló, por emplear una analogía musical, el registro de voz: si usted va sumando octavas, si usted formula especie tremenda tras especie tremenda, lo lógico, lo coherente, es que al cabo estalle, como las sopranos esforzadas, en un sol de los que rasgan las nubes. O tomando la analogía por su revés, que presente una moción de censura. Rajoy no quiso llegar tan lejos, probablemente con muy buenas razones. Por consiguiente, erró al arrancarse con un tono que prometía más de lo que al cabo se nos dio. Lo que me importa aquí, sin embargo, no es calificar los excesos de Rajoy, sino indagar su causa. Rajoy debería haber elegido, sí, con más tino las palabras. Debería haber evitado rudezas gratuitas. Hay algo, no obstante, que temo que no estaba en su mano hacer. Lo que no podía hacer... era hacerse el distraído. ¿Por qué? Porque, por desgracia, nadie duda, de verdad, que no se haya vulnerado el Pacto por las Libertades; nadie duda que la resolución congresual del 2005 se llevó a término con objeto de que el Pacto fuese desalojado de su centro natural; nadie duda que se habló con ETA de política antes y después de la declaración del alto el fuego, y que se volvió a hablar a los dos meses de ocurrido el atentado y de nuevo en mayo, a la puerta de las elecciones; nadie duda que habría sido posible anular todas las listas de ANV o por lo menos, que no era descabella, Ú N do intentarlo; nadie duda que fue el propósito de eludir esa medida lo que movió a la fiscalía a presentar su recurso sin invocar la Ley de Partidos; y nadie duda que se apeló a la última de rebote y por una reacción del Supremo. Ninguna de estas cosas se duda, y por tanto, es imposible que la oposición finja dudarlas sin que dé la sensación de que quiere comulgar con las ruedas de molino del Gobierno. De resultas, Rajoy ha tenido dificultades para escoger la postura adecuada, unas dificultades lógicas a la par que escenográficas. La cortesía parlamentaria, y hasta un mínimo sentido del civismo, recomendaban que se preguntara, no que se afirmara. Pero esto era imposible, por lo que ya sabemos. ¿Entonces? Lo que hizo Rajoy fue mudar la afirmación en una nueva pregunta: la pregunta por las actas. En rigor, ha sido una pregunta absurda, puesto que si sucede que las actas no existen, tampoco se podrán enseñar. Se trata, simultáneamente, de una pregunta malévola: insinúa concesiones deplorables que no nos consta que se hayan verificado, y que muchos no consideramos preciso que se hayan verificado para entender que la situación actual es crítica. En este sentido, la pregunta fue una agresión. Pero fue también una manera de detenerse al borde del abismo. Una pregunta, por espantosa que sea, es todavía una pregunta, y por tanto, no es, todavía, una afirmación. Rajoy echó el freno un momento antes de que le fallara el suelo debajo de los pies y, sin agotar el tiempo que le había sido acordado, reculó hasta su escaño. ¿Qué sucedió entonces? ada. Zapatero no dijo nada. O mejor, siguió sin decir nada. Como recordaba este diario hace cosa de un mes, no se han reconocido siquiera los encuentros de Oslo, o los de Suiza. Disponemos sólo de filtraciones interesadas o de informaciones periodísticas que son desmentidas de manera equívoca y que adquieren al poco el carácter de verdades públicas oficiosas. Es decir, de hechos que en la práctica se admiten, pero que pueden ser ocasionalmente impugnados sin incurrir en contradicción flagrante. Esto está bien para el foro. Pero es letal para una democracia. Al tiempo que guardaba silencio el Gobierno, sus testaferros mediáticos frotaban los élitros y henchían el aire con un cri- cri diligente. El argumento más usado es que la luz no puede llegar a todas partes, y que el Ejecutivo debe disponer de cierta holgu- ra para evacuar discretamente lo que sería enojoso o imprudente o imposible hacer a las claras. Y se citan precedentes, españoles y no españoles. Cuando oigo estos conceptos, me acuerdo de Brief Encounter, la película en que David Lean narra el adulterio manqué de un ama de casa inglesa de los años cuarenta. El marido sabe que su mujer se ha enamorado de otro hombre. Pero la ama. Y como la ama, calla, y sigue callando incluso cuando ha pasado el peligro y ella podría hablar, es más, querría hablar. ¿Hace bien el marido? Sí, hace bien, porque el matrimonio, aunque es un contrato, es más que un contrato. El matrimonio nos abre a inabarcables intimidades, intimidades que serían insoportables no acompañadas de ternura. Y la ternura no es negociable: la ternura perdería su magia y su esencia si se alegasen las cláusulas incumplidas del contrato y los agravios que de ese incumplimiento se derivan. El contrato democrático, sin embargo, es otra cosa. ifiere, a la vez, del acuerdo matrimonial y del mero contrato civil. Del segundo, porque el gigantesco poder concedido al Gobierno introduce una asimetría que ni las elecciones, ni la judicatura, ni las garantías constitucionales, están en grado de neutralizar. Y se distingue del matrimonio, en que no es necesario, ni aun recomendable, amar al Gobierno. Nadie debería amarlo, ni siquiera los que lo han apoyado con su voto. Un pueblo amante, sería un pueblo entregado, y por lo mismo, un pueblo expuesto a perder la libertad. Lo que propicia el especialísimo equilibrio democrático, lo que permite que el contrato democrático funcione, es la confianza racional. Gracias a la confianza, el Ejecutivo puede desarrollar su tarea con cierto desahogo. En otras palabras, gobernar. Y porque la confianza es, o ha de ser racional, el Ejecutivo tiene la obligación de dar explicaciones cuando las explicaciones son impostergables. No somos el marido de Brief Encounter: somos ciudadanos, cuya adscripción política no importa. No pedimos que dé la vuelta la tortilla, sino que no se nos ponga en la alternativa intolerable de tener que renunciar a la inteligencia o tener que renunciar a la fe en el sistema. El que no comprenda la urgencia de este sentimiento, es que no sabe lo que es la democracia. D N ÁLVARO DELGADO- GAL