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ABC LUNES 16 s 7 s 2007 Tribuna Abierta AGENDA 53 Antonio Carvajal Escritor APUNTES PARA UN RETRATO DE MANUEL GARCÍA RASE una vez un duende que nació en un bar de Sevilla, hijo del hada Bibliofilia y del Demonio travieso que cabalga en el viento del Oeste, oceánico, aportuguesado y vagabundo, que lo mismo caldea las soledades de Belchite y la humanidad confusa de Berlín que orea Fregenal de la Sierra o la breve playa de Cacela Velha. Brotó entero y criado, como Atenea de la frente de Zeus, y, nada más verlo, le dijo el camarero: Y usted qué toma, don Manolito sus padres del nombre y, como por imperativo olímpico está prohibido usar el de Gracia, reservado para las tres que se pasan la vida brillando en el cuadro de Botticelli, mudaron la palabra en García y se la impusieron doble por apellidos. Dos gracias, sí, lo adornan: una, tener la bebida airosa que le suelta la lengua en planes de futuro (el pasado, salvo el de los libros, poco le interesa, y el presente le resulta mezquino) y la otra es el amor al papel impreso, guarde nota en pentagrama, dibujo o palabra, nutran tratado de medicina o epístola en endecasílabos; le gusta tanto el papel que escribe, distrae, encuaderna, compra, vende, cambia, edita. Entre sus distracciones más celebradas están el haberse decla- Discreta ambigüedad que nos avisa de que la lectura de estos poemas de Manuel García es una provocación a la inteligencia y a los hábitos del lector É ciar el libro con dos epístolas, la primera en género humilde a la manera de Garcilaso, pero con endecasílabos trufados de heptasílabos que dejan regustos postrománticos, la siguiente en prosa, donde los versos son contables pero no emancipables. aquí, el lector debe ir anotando lo que ya se le ha ofrecido antes de abrirse a nuevas expectativas: Mujeres crucificadas las hubo y aún se representan (véase Santa Liberata en Galicia; si ésta vestida, no son impensables las desnudas, dada la tendencia al espolio en la clase de tropa) ¡Y qué cruz les ha tocado a tantas mujeres de vida aperreada! En cuanto a la forma de la primera epístola, añadir que de las asonancias ocasionales una es dejada y otra buscada, y advertir que el verso final es el cabo bisílabo de un endecasílabo truncado, cabo desgajado del tronco sonoro para erigirse en imagen del significante y dar el paso entre dos silencios, el último interminable, de tan final. Llegado Gustaron rado natural de Huéscar, villa del reino de Granada, ser licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla, ciudad donde reside y se afana, y funcionario público como profesor de Enseñanza Secundaria: fantasías de duermevela, a la que es muy dado. Porque duerme poco y se fija mucho, en lo que se muestra su estirpe divina pues, como todos los descendientes de Zeus, tiene hondos ojos negros, abiertos en la noche como los de la lechuza de Atenea. Su única realidad es la poesía, cultivada la propia a ráfagas, las ajenas con primor constante y dilación en los plazos. En Poemas para perros (Point de lunettes, 2007) hay un completo muestrario de sus travesuras poéticas y editoriales: desde el respingo que en algunos puede provocar la cubierta hasta la punzada de indeseada memoria (para muchos) del colofón, la evocación de diversos y las fintas y quiebras en la forma llevan al lector espiritualmente zarandeado, rara vez complacido en sus inercias. Aparte las evidentes alusiones a temas o dichos de León Felipe, César Vallejo, Luis Cernuda, etc. o los guiños fraternos a Virgilio Cara y algún amigo más, hay un con junto de retos e invitaciones a relecturas (una, urgente, la de Muñoz Rojas) nada desdeñable, como ini- Antes, enlostresversosini- ciales, el poeta nos sume en la perplejidad de lo irresoluble racionalmente: ¿Quién carece de dueño, la noche o el perro? Discreta ambigüedad que nos avisa de que la lectura de estos poemas de Manuel García es una provocación a la inteligencia y a los hábitos del lector, al que me gustaría acompañar en sus pasos por este libro, pero del que aquí me despido. Amador Griñó Escritor ÚLTIMA CENA ON muchas las teorías que se han realizado intentando adivinar el menú de la última cena, de la Santa Cena. Es una investigación superflua y tal vez ridícula pero, de todas formas, las discusiones bizantinas siempre me han apasionado, de hecho aún me he quedado con las ganas de saber cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler afilado. Por lo tanto, afrontemos este apasionante tema para sentirnos un poco constantinopolitanos. S La cena se realizaba en grupos y el plato principal era por excelencia el cordero pascual, sacrificado en el templo para tal ocasión siguiendo los rituales prescritos Numerosassonlasrepresen- taciones que se han realizado de este momento hierofánico de nuestra cultura cristiana, y las podemos encontrar en todo tipo de materiales, desde los frescos de las catacumbas hasta las casi- holográficas kitch de colorines imposibles y Cristos rubios de ojos azules naci- dos en Noruega. Jesús rodeado de sus discípulos, recordemos que Judas Iscariote aún era del grupo y estaba convidado, bueno, más que convidado era el tesorero y por tanto fue quien se encargó de encontrar el restaurante y elegir el menú más adecuado a las posibilidades del bolsillo de los catorce. Puestos a mal pensar, y de acuerdo con la imagen que tenemos del pobre Judas, no es difícil imaginarlo robando todo lo que pudo del fondo común, vamos que alguna mordidita haría, pero sigamos con la escena. Ya tenemos a todo el grupo de pie que es como prescribe el ritual de la Pascua, pero podemos imaginarlos sentados encima de una alfombra en el suelo y apoyados sobre almohadones alrededor de una mesa baja- -en esta época no debían de diferenciarse mucho de los árabes actuales- -formando círculo o cuadrado cerrado, y no de cara a la puer- ta esperando que les tirasen la foto de recuerdo. Ahora viene lo que más nos importa ¿qué menú encargó Judas? ¿qué comieron? no lo sabemos, y la inmensidad de pinturas que existen no nos dan ninguna pista fiable. Fijémonos en el fresco de la Última Cena de Leonardo, considerada prácticamente su mejor obra- -digan lo que quieran en el Louvre- -y preguntémonos: ¿cuál fue el menú que el gran maestro pintó? xiste un divertido libro de Shelagh y Jonathan Routh titulado Notas de cocina de Leonardo da Vinci, en el que después de un exhaustivo y humorístico perfil de la vida gastronómica de Leonardo, pretenden convencernos de haber encontrado un recetario de cocina del artista en unas notas mecanografiadas del perdido Códex Romanoff. En dicho libro nos dan una descripción: panecillos, puré de nabos y rodajas de anguila, y una divertida explicación del tiempo, el proceso que empleó para pintarla y E por qué eligió estos platos. La verdad es que si miramos el fresco parece verosímil, pero no creo que la fonda elegida por el Iscariote fuera el Bullí de Palestina y el cocinero un antecesor de Ferran Adriá. Debemos de ser un poco más científicos y comenzar por pensar que como judíos que eran, se reunieron para celebrar la fiesta pascual, la hamassot o hag ha- pesah, cuya preparación describe minuciosamente la Misna. La cena se realizaba en grupos y el plato principal era por excelencia el cordero pascual, sacrificado en el templo para tal ocasión siguiendo los rituales prescritos y bastante complicados a nuestro entender actual, acompañado del pan ácimo (sin levadura) y las yerbas amargas, en la que se debían tomar cuatro copas de vino, en señal de alegría por los cuatro dones recibidos por la pascua: libertad, salvación, redención y elección. Toda la comida debía ser consumida antes de la media noche, pues a partir de ese momento se convertía en impura.