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ABC LUNES 16 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA CORONA DEL IMPERIO IENE fama- -merecida- -de hierática, rocosa y lejana, y acaso no termine de comprender del todo el mundo en el que le ha tocado vivir el final de su larga existencia, pero sí sabe bien quién es y lo que representa. Por eso se negó a quitarse la corona cuando la estadounidense Annie Leibovitz, la reina del glamour fotográfico de Hollywood, le sugirió una pose menos formal para aliviar el recargado simbolismo de doce siglos de historia. ¿Menos formal? Qué se cree usted que es esto? El glorioso cabreo televisado de Isabel II, Elizabeth AlexandraMary, porlagraIGNACIO cia de Dios Reina del Reino CAMACHO Unido etcétera- etcétera, no será el momentomás popular ni más simpático de un reinado poco fértil en popularidad y simpatía, pero constituye una lección de altiva dignidad histórica frente al relativismo de la frivolidad, la ligereza y la intrascendencia. Cuando Sarkozy desfila por los Campos Elíseos investido de la pompa de un rey republicano, rodeado de lanceros a caballo como un pequeño Napoleón satisfecho, la reina de Inglaterra bien puede sujetarse con orgullo el emblema de su soberbia majestad zarandeada por el viento de la Historia. Una corona no es un caprichoso aderezo de quita y pon ni un postizo adefesio de arqueología estética, como parecía creer la Leibovitz en su típica levedad americana, sino el símbolo de una nación unida en la tradición de su pasado. Una corona no es una alhaja familiar que se rescata de un cajón para lucir en las bodas, ni siquiera el blasón de una rancia estirpe arrinconada por el paso del tiempo, sino el atributo de un Estado- -y, en su caso, de un antiguo imperio- -que se organiza a través del respeto a sus instituciones seculares. Y es probable que Isabel II no sea la más simpática de las soberanas europeas, ni la más moldeadiza ni adaptable, ni la que tenga más visión de futuro, pero conoce el significado de esa formalidad que sustenta desde el siglo IX laestabilidad de un país que jamás ha dejado de contar en el concierto de las potencias mundiales. La incombustiblemonarquía británicaestá erosionada por la insustancial veleidad de sus herederos y recibió un fuerte desgaste cuando la propia reina fue incapaz de detectar la corriente emocional de un pueblo conmovido por la tragedia de Lady Diana- -políticamente rentabilizada por Blair gracias al olfato de su flamante memorialista Alastair Campbell- pero no está nada claro que contribuyese a apuntalarla un artificial populismo forzoso a contracorriente del seco carácter de la monarca. Ella parece pensar justamente lo contrario; que a su insensata familia se le ha ido de las manos la responsabilidad ejemplar a que obliga su rango. Por eso sostiene con solemne orgullo la corona a despecho de trivialidades demagógicas, con la concienciadesu anclajesimbólico en el remotosustratodelamemoria colectiva. En su dramática e impermeable resistencia moral hay un punto nadadespreciabledeternura; acontracorriente de la superficialidad relativista de un tiempo que devasta sus viejos principios, se aferra a su protocolaria dignidad para sobrevivir incluso, como profetizó Faruk, a los reyes de la baraja. T ANTES ESTÁ MI EQUIPO ACE unos días leíamos que una Comisión para la Igualdad Racial (las mayúsculas que no falten) había reclamado que se prohibiese la venta en las librerías británicas de Tintín en el Congo, por considerar que consagra groseros estereotipos raciales La cadena de librerías Borders ha mandado de inmediato retirar de sus secciones infantiles el tebeo de Hergé, confinándolo en los anaqueles para adultos. Mañana la Comisión de marras podría solicitar que se prohibiese la venta de la tragedia Otelo, invocando idénticas razones; aunque, en honor a la verdad, no somos capaces de adivinar cuál sería la sección que los responsables de la cadena Borders elegirían para desterrar a Shakespeare (tal vez el sótano) Si una sucursal de tan celosa Comisión se radicase en el solar patrio podría empezar prohibiendo la venta de los tebeos del Capitán Trueno y el Guerrero del Antifaz, por su declarada islamofobia, para enseguida arremeter contra las letrillas satíricas de Quevedo, que era un misógino del copón. Como Gracián, y como Valera, y como tantos otros. A poco que unas pocas comisioJUAN MANUEL nes de este jaez empezaran a actuar, DE PRADA las librerías se convertirían en un erial. La iniciativa de esa Comisión británica quizá provoque hilaridad entre las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan, pero ilustra a la perfección cierto clima de histeria social fomentado por la corrección política. Cualquier colectivo, gremio o grupúsculo puede considerarse ofendido por cualquier minucia; incluso el uso figurado del lenguaje puede desatar las iras de estos tiquismiquis. Así, si uno escribe inteligencia menopáusica pude desatar el furor de cualquier señora madura afectada por el climaterio; y si uno designa un embrollo o gatuperio como merienda de negros enseguida se hace sospechoso de racismo. Existe, sin embargo, una excepción en este clima de escrupulosidades ridículas; existe un colectivo que puede ser escarnecido sin peligro de que H nos señale ningún dedo acusador, incluso con la certeza de que el escarnecimiento será aplaudido por los centinelas de la corrección política. Me refiero, claro está, a los católicos, a quienes les faltan mejillas para encajar el pedrisco de bofetadas que cualquier botarate se cree con derecho a propinarles. El penúltimo episodio de escarnio de las convicciones religiosas de los católicos lo propicia el spot publicitario de un equipo de fútbol. Hemos visto el anuncio, que tiene una realización brillante, aunque efectista, y un guión bastante desquiciado. Diversos personajes bíblicos se rebelan contra el mandato de Dios, anteponiendo su devoción futbolera. El anuncio es confuso, porque ni siquiera conoce la tradición iconográfica que parodia; su presunta irreverencia consiste en ridiculizar el sacrificio religioso y en exaltar el sacrificio económico del socio que apoquina el dinero ante la próxima temporada liguera. ¿Quién te crees que eres? le reprochan los personajes bíblicos a Dios, rebelándose contra la dolorosa encomienda que les ha asignado, antes de concluir: Antes está mi equipo El paralelismo que se entabla entre pasión futbolera y fe religiosa es, antes que blasfemo, bastante chorras. Pero la chorrada en sí nos invita a reflexionar sobre la inversión de valores que exalta nuestra sociedad, donde sólo merece respeto lo más nimio, mientras lo más sagrado puede ser escarnecido sin trabas. El presidente del equipo promotor del anuncio ha declarado, en un alarde de sinceridad enternecedora, que para él lo primero es el Getafe y, después (sic) mi familia, y quiero que también respeten eso los demás Una declaración tan merluza se comenta por sí misma. Resulta, como mínimo, rocambolesco que un tipo que reclama respeto para una prioridad vital tan intrascendente como la suya se sienta sorprendido de que haya personas que se quejan cuando son ofendidas en sus creencias religiosas. Pero ya se sabe que, para el sistema de valores vigente, las creencias religiosas de los católicos son de regional preferente. Si es católico y quiere que le respeten, pruebe a tiznarse el rostro, a ver si puede colar como congoleño.