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ABC DOMINGO 15 s 7 s 2007 Tribuna Abierta AGENDA 77 Manuel Monzón MILICIA Y COMUNICACIÓN. VOLVER N Debo agradecer, y agradezco de todo corazón, el retorno de mi humilde pluma a este periódico, que durante tantos años acogió mis opiniones. No tuvo en ese pasado esta pluma mía otro mérito que el de manifestarse con absoluta libertad y sin restricción alguna tanto durante el franquismo como durante la democracia UNCA he entendido bien todos los exigentes términos restrictivos de la libertad de expresión de los militares como individuos, aunque comparto algunos de ellos. Por ejemplo, comprendo perfectamente que ningún militar profesional pueda escribir sin autorización superior previa sobre temas de Defensa, en general y sobre todo si utilizase informaciones o datos que pudiera conocer en función de su destino. Del mismo modo entiendo y acepto que militares en situación de actividad no deban manifestar pública y mediáticamente opiniones políticas, ni especialmente acerca de cualquier posible intervencionismo militar en el terreno de la política. Tal posible intervención dentro del territorio nacional sólo es concebible en el ámbito de aplicación del Artículo 116 de la Constitución, que regula la proclamación de los estados de alarma, excepción y sitio, siempre por decisión de los Poderes constituidos. Y ello aún a pesar de la ambigüedad del discutido Artículo octavo de nuestra Constitución. Ambigüedad que debería ser corregida. No es incorrecto que la Carta Magna recoja la obligación de las Fuerzas Armadas de defender la unidad de la Patria, su integridad territorial y el Ordenamiento Constitucional, pero quedaría más claro si a su actual redacción se añadiera que la intervención que tal defensa supone debe tener lugar por iniciativa y a las órdenes del Poder constituido. sencilla reforma no se lleva a cabo siempre podrá tener ese Artículo octavo interpretaciones torcidas. No se puede decir sin matización que las Fuerzas Armadas deben hacer esto o lo otro porque... ¿qué quiénes son las Fuerzas Armadas? Está claro que son exclusivamente los integrantes profesionales del es- tamento militar, con su cadena jerárquica de mando y su Comandante Supremo, Su Majestad el Rey, a la cabeza. Podría interpretarse maliciosamente que puede existir algún supuesto en que la iniciativa de actuación correspondería a las Fuerzas Armadas, a sus Mandos. ¿Sería concebible y admisible, aún en casos extremos, una intervención militar unilateral y a iniciativa exclusiva de sus Mandos? La respuesta tajante es NO. Las Fuerzas Armadas constituyen la fuerza, el rasgo más visible de la existencia de una nación y Estado, y no es a esa fuerza a la que, en supuesto alguno, corresponde interpretar la acción actuación de Gobierno, Parlamento y Poder Judicial. Mejor sería, no obstante, añadir al citado Artículo octavo la modificación antes reseñada y evitar así cualquier subjetivismo interpretativo. todo lo anterior respecto de lo más importante que a las Fuerzas Armadas puede corresponder, que es el hacer actuar en situaciones internas, vuelvo al comienzo de estas líneas y a lo que es menos trascendente, el derecho a manifestarse pública y meditativamente. Entiendo que, aceptadas las restricciones lógicas a que me refería al principio, el individuo militar no debería ver coartada su libertad de expresión para hablar o escribir de todo lo que no sea cuanto ataña a la Defensa nacional y cuanto suponga emitir opiniones políticas. A nadie se le hubiera ocurrido exigir a Cervantes, Calderón o Garcilaso, todos ellos soldados de nuestra Infantería, que pidieran permiso para legarnos su fantástica obra universal. Unas Fuerzas Armadas como las nuestras, que desde aquel nefasto 23 F no han vuelto a verse envueltas en el más mínimo desliz en su espléndido comporta- miento democrático y constitucional, ya bien merecen salir de la cuarentena -lógica en función de aquella insensatez de unos pocos, tan dañina sobre todo para lo militar- -a la que social y políticamente se las sometió por la suspicacia antimilitarista que aquella póstuma algarada generó en Estado y Sociedad. No deben seguir nuestras Fuerzas Armadas, y los militares que las componen, haciendo, todavía, méritos democráticos para hacerse perdonar aquello tan remoto ya y tan definitivamente corregido, de lo que, por cierto, no se hubiera salido tan fácilmente si no hubiese sido por la actuación de la inmensa mayoría de las FAS, contraria desde el primer momento a la aventura del 23 F. esta disquisición sobre los ya inmerecidos recelos que las presencias, actuaciones o palabras de los militares pudieron despertar en el pasado, debo agradecer, y agradezco de todo corazón, el retorno de mi humilde pluma a este periódico, que durante tantos años acogió mis opiniones. No tuvo en ese pasado esta pluma mía otro mérito que el de manifestarse con absoluta libertad y sin restricción alguna, tanto durante el franquismo como durante la democracia. Verdad que aquella libertad total causó la perplejidad e incluso la cólera de algunos de mis superiores de entonces, por no haber pedido nunca el permiso preceptivo para escribir, lo que no hice por afán alguno de rebeldía, sino con ingenua naturalidad ya que tocaba mil temas que ningún daño podían hacer ni a España ni a los españoles; más bien al contrario. Recuerdo como anécdota que, allá por la mitad de los setenta y siendo todavía capitán, fui llamado por el ministro del Ejército, quien me preguntó ai- rado cómo me atrevía a escribir públicamente sin pedir permiso. a lo que respondí que llevaba bastantes años haciéndolo sin malicia y que tanto el Ejército como la Armada me habían distinguido con los Premios Ejército y Virgen del Carmen de periodismo. Terminó la entrevista diciéndome: continúa, pues; no va mal que alguien hable de nosotros y por nosotros Sitodoesomeocurríaenser- Hecha Dicho vicio activo, cuanto más reivindico, desde la Reserva en que me encuentro, el derecho y el placer de escribir con libertad, y si fuera posible no sólo para mí sino también para otras plumas militares en cualquiera de los numerosos espacios mediáticos de debate o conocimientos, tanto en televisión, como en radio y prensa escrita. Ausencia y silencio que sólo se rompen cuando, con motivo de algún hecho o suceso que afecte a las Fuerzas Armadas, los medios recurren a aburridas y rígidas portavocías militares oficiales, que evidentemente no satisfacen a lectores, oyentes y telespectadores por las limitaciones que esa oficialidad conlleva. Sital la participación de individuos militares, de forma privada, libre y a su responsabilidad, en espacios mediáticos se produzca con naturalidad y en régimen de igualdad con los numerosos participantes de todos los sectores sociales, sin que tales presencias supongan compromiso alguno para la Institución Militar en su conjunto jerárquico. Vamos, una especie de guerrilleros militares de la comunicación aceptando naturalmente las reglas del juego de la disciplina castrense. Y ya... gracias por el privilegio de volver a ver mi nombre en las páginas de este querido ABC, auténtica lección hoy más que nunca de equilibrio informativo en medio de tanto sectarismo. De verdad, apetece escribir en él. Meatrevo, pues, apedirque Santiago Tena Escritor LIBERTAD EN NOMBRE DE LA A ignorancia es muy atrevida. Y no hay peor ciego que el que no quiere ver, y a menudo el mundo nos presenta ciegos que se niegan completamente a ver, que aunque son infelices en su ceguera y quizá te confiesen sinceramente que no están cerca de la felicidad, que no han tenido el éxito que esperaban, no quieren buscar L la verdad, no se atreven a desvelar la causa de todo el sufrimiento, y en los casos concretos no saben juzgar: defienden tan solo la intolerancia y se creen legitimados para ser intolerantes porque debe de ser que actúan en nombre de un bien supremo que ellos tienen en la cabeza y que no saben cuán asquerosamente se aleja de la verdad. Y ese es a menudo el caso de la moral laica que ahora se predica, y desde luego ha sido muy a menudo también el caso de la Iglesia católica y de muchas otras religiones, señaladamente quizá del islam. Yyapuestosahablardelis- lam y de la intolerancia, me dicen a veces mis amigos políticamente correctos que no se puede ser tolerante con los intolerantes, y no saben cuánto y con cuánta fuerza se equivocan. Lo que nunca se puede ser es intolerante en nombre de la tolerancia. Al islam que cohabita con el cristianismo o con el laicismo en las sociedades occidentales no se le debe de ningún modo obligar a asimilar las costumbres o la cultura de estos otros pueblos que se piensan más desarrollados y que a menudo lo que son es ciegos en nombre de la luz. la única verdad es el amor, si la única verdad es la libertad, quién es quién para decidir dónde están en cada caso concreto el amor y la libertad. No se puede reprimir en nombre de la libertad. Si