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32 ESPAÑA Tribuna Abierta DOMINGO 15 s 7 s 2007 ABC Borja Adsuara Varela DEMOGRAFÍA P ARTAMOS de una premisa. La inmigración es un hecho sobre el que se puede adoptar una posición, más o menos favorable pero, en todo caso, sobre el que conviene hacer unas consideraciones y extraer unas consecuencias de cara a diseñar políticas adecuadas que hagan que este hecho sea beneficioso tanto para quienes emigran, como para los países que les acogen. Desde el punto de vista demográfico, en una Europa cada vez más envejecida, la emigración es una auténtica necesidad y la única manera de sostener una pirámide poblacional que, a su vez, hoy da soporte económico a los beneficios del Estado del Bienestar. Eso nadie lo duda, aunque sí hay quien pone en duda si esos beneficios sociales van a poder mantenerse mucho tiempo. Por otra parte, desde el punto de vista antropológico, se puede decir que todos somos inmigrantes, puesto que el ser humano, desde su origen, se caracteriza por un constante proceso migratorio que ha producido distintos asentamientos y, sus desarrollos, distintas civilizaciones y culturas a lo largo de la Geografía y de la Historia. Profesor de Derecho Constitucional E INMIGRACIÓN Principios como el de que las leyes emanan del pueblo, y no de Dios, que la libertad, basada en la dignidad del ser humano, es el valor fundamental y que todos- -hombres y mujeres- -somos iguales, en derechos y obligaciones, son principios que no sólo deben respetarse, como los criterios mayoritarios de convivencia, sino asumirse, como los fundamentos del bienestar que se desea El problema es cultural. El problema es Babel. En el mito de Babel se asocia el problema de las migraciones o de la dispersión física a otro más preocupante, el de la incomunicación y la confusión, como la imposibilidad de entendimiento entre los hombres, que- -obviamente- -es un problema no sólo lingüístico, sino cultural, de ideas y valores. Por eso el verdadero problema, o reto, que plantea la inmigración no es físico, ni siquiera económico o social en el sentido de los beneficios del Estado del Bienestar, sino de convivencia, de integración, de comunicación. Y, frente a las posturas contrarias a la inmigración, que van desde un cierto miedo irracional, pero comprensible, a otras posiciones de un fundamentalismo nacionalista, antropológicamente poco fundamentado, que sigue pretendiendo la supremacía de una raza sobre otra (cuando la Genética nos enseña que la diferencia entre las distintas razas es menor que Babel y Anfitrión las diferencias genéticas que determinan el tamaño del dedo meñique) no parece que sean, tampoco, muy admisibles las posturas de otros fundamentalismos, ideológicos o religiosos, que pretenden, más que la tolerancia, la imposición de unos valores, los suyos, sobre los valores del país que les acoge. Como magistralmente recoge Plauto en su comedia sobre el mito de Anfitrión, la llegada y el comportamiento de ciertos personajes (Zeus y Hermes) que se hacen pasar por el dueño de la casa y su siervo (Anfitrión y Sosia) provoca en el resto de los habitantes e, incluso, en ellos mismos, una confusión y una crisis de identidad que, en una comedia, generan- -obviamente- -situaciones cómicas. Pero, fuera de ese contexto, no resultan tan cómicas en los países europeos, como Francia, en que el nuevo Gobierno Sarkozy ha hecho de la recuperación de la identidad nacional una de sus ejes y prioridades. Parece, pues, que la defensa del multiculturalismo y de la diversidad cultural e, incluso, de un enriquecedor Multiculturalismo y Derechos Humanos diálogo intercultural no puede ser la coartada de un pretendido derecho a la no integración o la auto- marginación del inmigrante o, incluso, de un derecho a imponer sus valores sobre los del país de acogida, especialmente cuando los que se pretenden mantener son contradictorios con el núcleo esencial de éstos. El debate, ya no de la tolerancia (como quien tolera o soporta un mal menor) sino del respeto de las minorías (como auténtico bien) es una pieza angular del sistema democrático europeo y occidental, sólo superada por otra premisa, cual es la del respeto de la mayoría, de las ideas y de los valores mayoritarios o del criterio mayoritario de convivencia. Es por ello que, para que el diálogo intercultural sea, realmente, enriquecedor, ha de ser con respeto. Con respeto a las minorías, pero con respeto también a la mayoría; con respeto a las indudables aportaciones que hacen las personas que llegan desde distintos países y culturas, pero con respeto también de éstos a las ideas y los valores de los países que les acogen. De hecho, el principal motivo por el que alguien decide emigrar es el anhelo de libertad y el deseo de prosperidad, económica y social, que se asocia con el país de destino. Y en los países europeos, esa libertad y desarrollo económico y social, que atrae a la inmigración, está basado en unos valores y derechos que se han construido y conquistado a lo largo de siglos, que constituyen su esencia o su alma y que, desde Europa, se han elevado a categoría de valores y derechos universales, como son los Derechos Humanos. Por eso no se entendería que quien emigra hacia unos países en los que se da una libertad y un desarrollo y un bienestar económico y social que se desea y que está basado en unos determinados valores y derechos, quiera mantenerse al margen de los mismos o pretenda sustituirlos por los de su país de origen, del que hubo de emigrar por el natural deseo de una vida mejor. Principios como el de que las leyes emanan del pueblo, y no de Dios, que la libertad, basada en la dignidad del ser humano, es el valor fundamental y que todos- -hombres y mujeres- -somos iguales, en derechos y obligaciones, son principios que no sólo deben respetarse, como los criterios mayoritarios de convivencia, sino asumirse, como los fundamentos del bienestar que se desea.