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56 AGENDA Tribuna Abierta LUNES 9 s 7 s 2007 ABC Carlos Murciano Escritor DE ÁNGELES ESDE hace seis años, trabajo en un libro por completo diferente a cuanto antes escribí. Lo titulo Cristales y se nutre de pensamientos, aforismos, greguerías, apuntaciones sobre poesía, música, pintura, cosas de la ciencia, lecturas, microrrelatos... y sus páginas crecen en número lentamente, pues es un libro abierto, que en cualquier momento puede cerrarse, ya que nunca preví fecha fija ni para darle fin ni para editarlo. Algún día, D. m. sucederán ambas cosas. semanas atrás- -recordando los pasajes de su fragmentado fluir- advertí a lo largo de todo él, como tema recurrente, el de los ángeles, que reaparecían de modo inesperado, con algún que otro arcángel por medio. En verdad que su presencia no puede sorprender ni sorprenderme, porque esta legión celeste va conmigo desde mis inicios poéticos, tanto que mi segundo libro de versos, escrito entre 1952 y 1954, llevaba ya por título Ángeles de siempre (Por entonces vieron la luz en Jerez, con eco notable, Los ángeles del vino firmados con mi hermano Antonio) Ángeles de siempre se publicó en Caracas, en 1958, y algún crítico señaló, lo que no era extraño, la influencia del albertiano Sobre los ángeles No era extraño, pero no era cierto, porque, en aquellas fechas, encontrar en un pueblo como el mío este u otro libro del maestro portuense, resultaba, por razones obvias, intento vano. De haberlo conseguido, acaso su in- D Ruel, el ángel que a veces se sentaba en las escalerillas del Murete de mi pueblo, para vernos jugar, temblaba, presa del pánico, ante las arañas rojas que anidaban en el desigual empedrado de la calle Nueva, y a las que nosotros desenterrábamos para verlas luchar, ciegas de éfera rabia Repasándolo flujo hubiera contribuido a elevar la calidad de mis versos, tan jóvenes entonces. De ellos surgían el ángel de los andenes, el del establo, el del espejo, el del soneto, el de las 5 y 20, el rebelde, el ahogado... Y ahora, como digo, viéndolos revolar entre mis cristales, rotos o no, cristales ellos mismos, decidí reunir aquí algunos, con lo que al par de rendirles homenaje, doy a conocer un anticipo- -si monotemático, en este caso- -de ese libro aún en el telar. Aquí, pues, quedan. Preguntó al ángel de la cuadra cuándo le dejaría para regresar a lo Alto, pero el ángel guardó silencio. No sabía que era esa la única pregunta que no podía hacer un caballo. mujer amamantó a un ángel sin saberlo. Lo acunaba y lo arropaba con mimo, y lo veía crecer, día a día, gozosa. Pero cuando el ángel alcanzó la plenitud de su tamaño, desbordó los muros de la casa y hubo de aposentarse, fulgente y terrible, en el jardín. La mujer le acariciaba las alas inmensas, y se palpaba los pechos fláccidos con una infinita ternura. Durante toda la noche conversó con el ángel. Él le preguntaba y el ángel le respondía con palabras de fuego, nuevas, rebeldes, golpeantes: palabras que escondían tanto como revelaban. Nunca más volvió a invocarle. No quiso un ángel para su mausoleo, sino un banco como los del parque. Me encanta tomar el sol en los atardeceres dijo. Al par que caen las hojas de lla, que es un ángel de la guarda descendido de categoría. El ángel de la czarda colecciona violines descordados El ángel de los gatos tiene bigotes de gato El hangel del niño torpe pertenece a una estirpe hangelica diferente. El legná tiene su Hombre de la Guarda. La verdadera pasión del legná son los espejos; le convierten en ángel. A punto de morir, ya muy anciana. Sor Benedicta quiso revelar a sus hermanas el secreto de sus deliciosos dulces de cabello de ángel; el relleno pertenecía a la cabellera de su ángel de la guarda, con quien siempre había mantenido una devota relación de cómplice inocencia. El ángel del ciprés y su gran sacapuntas. Aquella En los árboles, el ángel del otoño ve cómo se le desprenden las alas. Volverán a crecerle en primavera, cuando sea otra vez lumbre y cielo. gel accedió al fin a introducirse en el arca; ella cerró y echó la llave. Nueve meses después, cuando alzó la tapa, surgió- -radiante, esbelto- -el arcángel. El ángel de la buharda es el mejor amigo de los gatos tejaderos. Algunas noches se oye, nítida, su risa de cristal, provocada por las confidencias de los felinos. Al ángel de la buhardilla no le gusta que le confundan con el ángel de la guardi- Fuetanpersuasiva, queelán- su Juego y teoría del duende Federico García Lorca escribe que el ángel, cuando ve llegar a la muerte, vuela en círculos lentos y teje con lágrimas su elegía, pero que lo que en verdad le aterroriza es sentir una araña, por diminuta que sea, sobre su tierno pie rosado. Ruel, el ángel que a veces se sentaba en las escalerillas del Murete de mi pueblo, para vernos jugar, temblaba, presa del pánico, ante las arañas rojas que anidaban en el desigual empedrado de la calle Nueva, y a las que nosotros desenterrábamos para verlas luchar, ciegas de éfera rabia. Me lo confesó, en la azotea de casa, un atardecer en el que él era a un tiempo el rayo de sol último y el vencejo más raudo, mientras compartíamos mi parca merienda al arrimo de sus alas de argento. Manuel Pecellín Lancharro Escritor LA MANÍA DE PENSAR A Spinoza, el pequeño y dulce judío que Borges cantase, guardó como recuerdo la capa que le perforó un puñal fanático, hasta que falleció, bien joven, perseguido por su propia comunidad UNQUE la mayoría de los filósofos han fallecido tranquilamente en la cama, y por lo común con mucha edad (abundan entre ello los nonagenarios y aun centenarios) otros sufrieron muertes violentas, ominosas e incluso ridículas. Empédocles se arrojó al cráter del Etna, tal vez en búsqueda de la auténtica physis. A Sócrates, condenado por mayoría, un jurado ateniense le impuso la cicuta fatal durante el primer gobierno democrático. Séneca tuvo que cortarse las venas a causa de su discípulo Nerón. Hipatías fue lapidada por los cristianos alejandrinos, tan fanáticos como sus antiguos perseguidores. A Boecio, para quien filosofar era aprender a morir lo mandó estrangular Teodorico, Rey ostrogodo. El portugués Pedro Hispa- no, que reinó como Papa con el nombre de Juan XXI, feneció por el derrumbe de unas tejas. Giordano Bruno y Vanini ardieron bajo las llamas inquisitoriales, mientras a Servet lo abrasaban las de Calvino, que también quiso eliminar a Casiodoro de Reina. Yehudá Haleví fue asesinado por un puñal árabe. Tomás Moro perdió literalmente la cabeza que no había querido humillar ante Enrique VIII. De Francisco Bacon se dice que murió a causa del enfriamiento que sufriese mientras experimentaba comiéndose un pollo helado. A Descartes se lo llevó la pulmonía contraída en las duras madrugadas del invierno sueco, cuando daba clases ¿de qué, exactamente? a la Reina Cris- tina. Paul Rée, el amigo de Nietzsche, murió al caerse en una montaña suiza. Simone Weil dejó de comer hasta morir, en protesta contra los invasores alemanes. Julián Besteiro se apagó en la cárcel franquista de Carmona. Edith Stein, fenomenóloga judía conversa al catolicismo, ardió en los hornos nazis, mientras los guerrilleros italianos mataban a Giovanni Gentile, acusado de colaborar con Mussolini. Gandhi cayó ante las balas de un hindú intolerante. Wilhelm Reich, psicoanalista alemán, discípulo de Freud, le vino la muerte, con sesenta años, en una cárcel americana. Wittgenstein, que solicitaba los puestos más peligrosos de la vanguardia para que alguna ametralladora lo fulminase, acabó la I Guerra Mundial con las máximas condecoraciones; luego no fue capaz de A resistir las mordeduras del cáncer. Lenin no pudo superar las heridas que le infiriera el revólver de Dora Kaplan. A Trotski le destrozó el cráneo la piqueta de un español, R. Mercader, a sueldo de Stalin. Lucrecio, Uriel de Costa, Walter Benjamin y Althusser se suicidaron, turbados por causas distintas. Spinoza, el pequeño y dulce judío que Borges cantase, guardó como recuerdo la capa que le perforó un puñal fanático, hasta que falleció, bien joven, perseguido por su propia comunidad. Kierkegaard, que se apagara tan joven a impulso de una angustia insoportable, utilizó el seudónimo de Johannes Climacus en el que no pocos ven al sicario contratado para liquidar a los seguidores de Hegel. En fin, que la funesta manía de pensar lo mismo guarda del Alzheimer y la pronta desaparición, como precipita el abrazo fatal de las Parcas.