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ABC LUNES 9 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA OCTAVA MARAVILLA I hubiese una democracia universal ganarían siempre los chinos; ya escribió Borges que la democracia es muchas veces un abuso de la estadística. Internet aspira a ser una especie de universo pandemocrático, pero aúnsepresta ademasiados trucos y manipulaciones: escondemás trampas que una película dechinos (otra vez) Poresonadiehomologa la red como herramienta de votación, ante el temor de un previsible ciberpucherazo. Sin voto presencial, el sufragio universal es una pantomima en la que todos los gatos son pardos. Por eso- -y por muchas más razones relacionadas IGNACIO con la simple ponderación CAMACHO reflexiva- -esa milonga de la elección de las siete nuevas maravillas del mundo no ha dejado de ser una simpleza global, una memez planetaria, una trivialidad universalizada en beneficio de un millonario lo bastante listo para darse cuenta de que, ademásdesus devastadorasposibilidades deavance tecnológico, la World Wide Web es la mayor plataforma de banalización que ha sido jamás puesta al alcance del ser humano. El tipo ha desatado unafiebrechauvinistacamuflada bajo la apariencia de la democracia directa, y a partir de una propuesta de elemental vulgaridad ha conseguido que hasta autoridades aparentemente serias, incluidos algunos ministerios de Cultura hayan pujado en su majadera subasta de honores patrimoniales. Naturalmente, ha ganado la Muralla China, que como es la única obra humana visible desde el espacio, a lo mejor se ha beneficiado también del voto de los extraterrestres. Lo peor de este ridículo concurso no han sido sus lamentables omisiones, del Partenón a la Alhambra, de las estatuas de Pascua a la basílica de San Pedro, sino el patético entusiasmo con que se han sumado a la carrera personas dignas e instituciones respetables, sacudidas todas por la aldeana pasión del furor localista. Han picado con ardua ingenuidad en la treta del embudo urdida por el espabilado millonetis suizo, que consistía en cerrar el abanico de presuntas maravillas a siete, amparado en la fuerza esotérica de la fecha elegida: siete del sietedel siete. El esoterismo funciona como un tiro en internet, y a su conjuro el promotor ha trampeadoconun falsoparalelismohistórico, ya que las maravillas clásicas pertenecían a un mundo, el antiguo, que apenas excedía de las orillas de un rincón del Mediterráneo. Pero cuando se globaliza la tecnología y el conocimiento también se extiende su correlato de bobería y frivolidad. El ricachón se lo ha debido de pasar en grande viendo cómo su ardid estimulaba por toda la Tierra los ardores telúricos de las patrias chicas, mientras en cada bienintencionado click de la encuesta le caían unos centavos en la buchaca. Lo que ha hecho ha sido subastar algo tan primario como el orgullo local, entreverado con intereses turísticos y simples afanes populares de reconocimiento y autoestima. Hubo una época en que la verdadera jerarquía no se sometía a más juicio que el de la sabiduría ni a más contraste que el del tiempo, pero ahora sólo cuenta el criterio de la estadística. La Octava Maravilla de ese ranking absurdo no es la Alhambra, sino la crédula candidez que flota en internet como la espuma de un océano de superficialidad colectiva. S EL PALADÍN DE LA NATALIDAD AY que tener, desde luego, una jeta de feldespato. Cuando escuché a Zapatero prometiendo dinero a las embarazadas no podía creérmelo. Uno ya está acostumbrado a que el ejercicio de la política se convierta en un constante alarde de demagogia; pero existen alardes que sólo se pueden permitir los cínicos más redomados. Unos pocos días antes de que Zapatero anunciara el reparto de la limosnilla habíamos sabido que España es el país europeo con la mayor tasa de rupturas conyugales, consecuencia inevitable de una legislación que ha renunciado a brindar la más mínima protección jurídica a la institución matrimonial. También habíamos sabido que el número de abortos se ha disparado hasta superar los noventa mil por año, cifra que convierte a nuestro país en un matadero regido por la más oprobiosa impunidad, donde los crímenes contra la vida se perpetran con la misma desenvoltura con que se extirpan forúnculos. Pero, ¿cómo va a tener la gente conciencia de estar perpetrando un crimen cuando la propaganda del Régimen nos vende que los embriones humanos son en realidad grupos de céluJUAN MANUEL las cuya destrucción no plantea dileDE PRADA mas morales? Que el mismo gobernante que ha renunciado a brindar la más mínima protección al matrimonio, dando carta de naturaleza al divorcio sin causa, y que tan risueñamente ha contribuido a remover los frenos éticos que amparaban el derecho a la vida se erija ahora en paladín de la natalidad provoca una mezcla de perplejidad y decidido asco. Hay algo obsceno en la idea de recompensar pecuniariamente a una persona por tener un hijo, separando este hecho de las circunstancias en que se produce. Los 2.500 euros prometidos por el paladín de la natalidad podrán percibirlos por igual una plutócrata y una indigente. No parece que esta ayuda indiscriminada sea defendible desde presupuestos socialistas. Incluso podría afirmarse que pagarle a una plutócrata 2.500 euros por tener un hijo constituye una injusticia, como lo sería sufragar con una beca los H estudios de un hijo de papá a quien le sobra dinero para correrse fastuosas juergas todos los fines de semana. La ayuda económica a la natalidad sólo puede fundarse sobre la consideración de las circunstancias que la rodean. Resultaría menos injusto castigar a quienes, disfrutando de prosperidad y no mediando impedimentos para la procreación, se niegan a tener hijos que recompensar indiscriminadamente a quienes los tienen. Pero siendo demencial esta forma universal de ayuda económica aún resulta mucho más la idea de fondo que la sostiene. Nuestro paladín de la natalidad, náufrago en el cenagal del materialismo que anega nuestra época, está convencido que los problemas demográficos se solventan repartiendo limosnillas. No puede entender que la gente tiene hijos sólo cuando cree en el futuro, cuando su vida está alumbrada por valores que trascienden la pura contingencia de su vida presente. Las sociedades occidentales contemporáneas no han renunciado a la procreación por falta de dinero; más bien el contrario, se observa que cuanto mayor es su riqueza más tacaños son sus índices de natalidad. Las sociedades occidentales contemporáneas han renunciado a la procreación porque están embebidas en el disfrute de sus bienes materiales, ensimismadas en su opulencia y absortas en su hedonismo; han renunciado a la procreación porque cuando se dimite de los valores del espíritu tener hijos se convierte en un engorro insufrible. Tener hijos es un acto de generosidad y confianza en el futuro; es entregar un relevo, en la convicción de que esa transmisión de vida y afectos hace más plena nuestra existencia. Algo muy grave está ocurriendo cuando una sociedad que atraviesa la etapa más próspera de su historia, que dispone de medios para combatir la enfermedad y prolongar la vida, que parece haberse sacudido la amenaza de las guerras, plagas y catástrofes naturales que en otras épocas diezmaban la población, presenta una tasa de nacimientos que ha caído por debajo del nivel de sustitución. Falta una esperanza que dé sentido a nuestra vida; y ese hastío vital no se soluciona repartiendo limosnillas a mansalva.