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ABC VIERNES 6 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA VIDA DE DIPUTADO las nueve de la mañana del pasado miércoles, los españoles estaban desde hacía una hora ganándose la vida en las oficinas, en el campo, en los andamios, en los negocios, en los mercados y en la calle, pero sólounadocena dediputados habíaacudido a su puesto de trabajo en el debate sobre el Estado de la Nación, que a esas horas era, como todos los días, el de una nación atareada. Ciertamente escuchar un discurso de Josu Erkoreka no debe de resultar plato de gusto; al contrario, se trata de una de esas ocasiones ante las que uno siempre cree tener algo mejor que IGNACIO hacer. Pero a sus señorías CAMACHO les pagan los contribuyentes para que hagan exactamente eso: sentarse a oír discursos en las sesiones plenarias con el debido respeto hacia los que se toman la molestia de pronunciarlos. Es su trabajo. Parte de su trabajo. En descargo de los absentistas hay que consignar que esos casi 340 diputados que consideran que las nueve de la mañana es una horaimposibleparacumplircon su obligación habían pasado la tarde anterior muy estresados, jaleando y pateando alternativamente las intervenciones de sus jefes de filas. Luego se fueron a cenar para comentar la frenética sesión y descargar la rígida tirantez del momento, y acabaron tan tarde su agotadora ocupación que a la mañana siguiente estaban exhaustos, descangallados y fanés. Ser padre de la patria es muy duro, y está mal pagado; sólo entre tres y cinco mil euros mensuales. Tan intensa es su dedicación, tan fecundasu productividad y tan apurado su esfuerzo que necesitan dos meses de vacaciones al año, y en el período hábil acuden al Congreso sólo tres días por semana, porque de otra manera la fatiga pondría en peligro su equilibrio psíquico y emocional. Es tanta la tensión laboral de ese oficio, y tan alta la responsabilidad de votar leyes accionando una llave según la orden del líder del grupo, que sólo una acendrada vocación de sacrificio y un vehemente entusiasmo por el servicio público explican la vehemencia con que numerosos políticos porfían por figurar en las candidaturas de representaciónparlamentaria. La achicharranteexposición a la crítica demagógica que sufren y la frenética actividad de contacto ciudadano a que obliga la mencionada representatividad no pueden compensarse ni siquiera con el acceso a la máxima pensión que garantiza la presencia en dos legislaturas, ni mucho menos con el retorno automático y obligatorio a sus empleos de origen, que abandonan, como los antiguos patricios romanos, cuando la nación requierede su compromiso patriótico. Fue por todo ello una áspera e insolidariafaltade delicadeza que Erkorekacalificase de haraganes a los colegas que no pudieron acudir a escucharle en plena madrugada tras el extenuante debate de la víspera. El presidente de la Cámara, hombre tan sensible al sudoroso denuedo de sus señorías que acaba de proporcionarles despachos y salones de alto confort para amortiguar su sufrido desgaste, debería haber llamado al orden a tan desconsiderado orador. Y, la próxima vez, convocar el Pleno después de la siesta. A EL EMPATE PERPETUO OMO dos hinchadas irreconciliables. Partido casi por la mitad, sin comunicación y sin filtraciones recíprocas. Así se muestra el electorado español desde hace unos años, con más intensidad desde marzo de 2004. Los sondeos de opinión ofrecen casi siempre el mismo resultado, se pregunte lo que se pregunte, caiga del cielo maná en forma de tregua de ETA o los chuzos de punta de nuevas amenazas terroristas; vaya bien o mal la economía; tiemble o no la organización territorial de la Constitución de 1978; aumente o no la delincuencia, o la inmigración ilegal. Siempre las mismas respuestas, con ligeras oscilaciones determinadas más por el nivel de abstención previsible que por el trasvase efectivo de votos; o por el grado de antipatía (simpatía, casi ninguna) que suscite el Partido Popular en cada momento entre los seguidores de otros partidos. Por cierto, sobre esta realidad- -la de la ojeriza que provoca el PP no sólo entre los votantes del PSOE- -debería reflexionar en serio la dirección del partido cuando se disponga a preparar las próximas elecciones generales. Pero esa es otra historia. El sistema político español apenas EDUARDO se mueve porque existen demasiados SAN MARTÍN hinchas y pocos ciudadanos. Se es de un partido desde la cuna hasta la tumba, como se podría ser de una cofradía de Semana Santa o de un club de fútbol. En este escenario, la pregunta sobre quién ganó el pasado debate sobre el estado de la Nación es absolutamente fútil: para los unos habrá sido el presidente, para los otros, el líder del PP. Y la diferencia entre Rajoy y Zapatero, casi siempre a favor de éste, la marcarán los seguidores de los otros partidos. Las recientes legislativas francesas arrojaban un dato revelador: es la primera vez, desde hace treinta años, que una fuerza política repite mayoría parlamentaria. Con frecuencia se han menospreciado las veleidades de un electorado que daba y quitaba triunfos legislativos como quien cambia de colonia. Y a esa nonchalance de nuestros vecinos se oponía la estabilidad de un cuerpo EN FIN C electoral como el español que, gracias a lealtades a prueba de convulsiones, evitaba más sobresaltos a un país que ya los ha padecido en demasía. Hoy, sin embargo, el francés se nos presenta a algunos como un sistema abierto y versátil, mientras que la estabilidad del español ha devenido en una parálisis próxima al rigor de los muertos. Nos vemos abocados a una especie de empate perpetuo- -así lo atestiguan las series históricas de los sondeos- -en el que el break point está en manos de partidos a los que no vota más de 80 por ciento de los electores. Popper ya había denunciado esta perversión, junto al poder desproporcionado de las cúpulas de los partidos en la configuración de las representaciones parlamentarias, como una de las más graves desviaciones del sistema democrático moderno. Si, además, los protagonistas de ese empate permanente son dos partidos enfrentados a muerte, cegados los canales de comunicación más elementales entre ambos, el cuadro que presenta la política española es francamente desmovilizador. Y no es nada probable que unas próximas elecciones, se adelanten o no, oxigenen una atmósfera que empieza a cargarse con las peores miasmas del pasado. ¿No queríais memoria histórica? Ahí la tenéis, hecha carne mortal. ¿Y cómo se desempata este partido bronco e interminable? Difícil respuesta cuándo muchos jugadores ni quieren participar. Unos, aburridos de tanto estruendo para tan poca nuez; otros, sencillamente porque carecen de equipo en el que jugar. La plaga de la abstención gana terreno, inexorable, en elecciones de rango menor; y no digamos en los referéndum autonómicos. En las últimas citas, las generales han segregado aún el suficiente drama como para retener a una parte de la clientela. ¿Hasta cuándo? Uno es escéptico sobre las posibilidades de una tercera fuerza de carácter nacional, capaz de amortiguar y ofrecer un gozne a los dos grandes partidos. Por las razones mencionadas más arriba. Pero conozco a muchos, cada vez más, dispuestos a apuntarse. O a echar una mano. Algún día, oferta y demanda deberían encontrarse.