Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC MARTES 3 s 7 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA LA MISMA GUERRA S de esperar que, en el debate sobre el estado de lo que queda de nación, Zapatero no califique hoy de accidente el atentado mortal sufrido por los turistas españoles en Yemen, ni busque excusas ni matices apaciguadores para disimular que estamos, como ciudadanos europeos de una sociedad abierta, involucrados en una guerra que nos ha sido declarada. En su derecho está de poner, como suele, énfasis en el carácter fundamentalista o fanático de un terrorismo del que evidentemente no son responsables todos los musulmanes ni ha de asociarse de IGNACIO manera automáticaa su reCAMACHO ligión o a su cultura, pero mas allá de sus cautelas se llamará a engaño si trata, como también acostumbra, de minimizar el conflicto o acotar sus lindes en la casuística compleja y remota de un orden mundial mal diseñado. Porque nos guste o no, estamos en el objetivo de una locura vesánica que no se va a detener ante conceptos comprensivos, proclamas genéricas o alianzas multiculturales más o menos bienintencionadas. Una docena de españoles, entre militares y civiles, ha caído en una semana en la zona caliente del planeta donde se dirime el choque entrela libertad y sus enemigos, apenas disfrazado ya con la retórica de la territorialidad o la excusa del conflicto judeopalestino. El mensaje es claro: somos objetivo de los bárbaros que se proclaman verdugos de la ira de Alá, y no hay apaciguamiento ni doctrina que valga ante su exigencia de exterminio. La retirada de Irak les pudo sosegar de modo provisorio, pero no se han creído las milongas de las misiones de ni desean vernos de otra forma que arrodillados ante su delirio. No golpean al azar; buscan el corazón simbólico de la presencia militar en el Líbano y el pánico en la retaguardia civil al atacar a los turistas del Golfo. Y acaso no esté lejano el día en que, como ahora en Gran Bretaña, nos vuelvan a visitar en este suelo que con tanta generosidad y tan poca previsión les acoge. Ante esa actitud no cabe más respuesta que apretar los dientes y perseverar en la defensa de nuestros propios valores, camino de espinas que al presidente le resulta especialmente ingrato, como se ha visto respecto al terrorismo que los anglosajones llaman doméstico y al que Zapatero ha pretendido en vano domesticar. Traducido a decisiones políticas, significa aceptar que el Ejército ha de seguir presente en el combate contra el terror en sus madrigueras, sin engañarse con pacifismo de tiritas, y prepararse para la sangre, el sudor y las lágrimas, endureciendo si es menester la liviandad ingenua con que abrimos los brazos a quienes nos los quieren romper. No hay matices: Londres, Glasgow, el Líbano, Yemen, el 11- M, el 7- J, el 11- S y la violenta posguerra de Irak son episodios de una misma guerra, de un mismo odio, de una idéntica y dolorosa enajenación contra lo que somos y lo que significa nuestro modo de vida. Y, como dijo Tony Blair tras las bombas del Metro londinense, cometeríamos un error de proporciones gigantescas si pensamos que, porque nosotros cambiemos, ellos van a cambiar. E NIÑOS CON ORDEN DE MATAR L A proliferación de armas de destrucción masiva es el grave riesgo de nuestro tiempo mientras un cuarto de millón de niños van por ahí armados, enrolados por secuestro en alguna fuerza militar de África, Asia o Iberoamérica, niños guerrilleros afiliados por la droga, el miedo o la borrachera de las armas. Esos 250.000 niños, olvidados por todos, reaparecen en los despachos de agencia por la publicación de las memorias de Ismael Beah. Fue niño soldado en Sierra Leona cuando a los doce años huyó de su aldea tras el ataque de un grupo faccioso. Luchó dos años en las filas del Ejército y entonces tuvo la suerte de ir a parar a un centro de acogida de la Unicef. Estudió en los Estados Unidos y ahora es abogado. Según los informes más recientes, de esos 250.000 niños soldados- -menores de dieciocho años que forman parte de fuerzas regulares o irregulares; un 60 por ciento no pasa de los catorce años y un 40 por ciento son niñas- -más de una tercera parte combate en África, pero a la vez puede hablarse de dimensión global. Oriente Medio, por ejemplo. En Birmania, el régimen militar acaba de anunciar la decisión de atajar esa presencia de niños soldaVALENTÍ dos en su Ejército. Los hay en las filas PUIG de las guerrillas que luchan en la jungla birmana. De Uganda es el caso de Dominic Ongwen, citado ahora por la prensa internacional. Sería el acusado más joven por crímenes contra la humanidad, ante el Tribunal Internacional de La Haya. Lideraba fuerzas rebeldes en Uganda, después de ser secuestrado de su casa a los diez años. Fue sojuzgado mentalmente por los rituales de la muerte. Más abominable se hace tanta violencia primitiva en esta época de reconstrucción de legalidades internacionales y de ONGs vigilantes. Nada se diría más próximo al corazón de las tinieblas. Desde Occidente, la humanidad ha pagado muy cara la inspiración de los ideólogos que siguieron la estela del buen salvaje de Rousseau. Esos niños soldados más bien ya estaban en las páginas de El señor de las moscas de William Golding, una de las novelas más significativas del siglo XX. Na- da es ajeno a la fuerza del odio tribal y a la capacidad destructiva del enfrentamiento civil, dato constituyente de la realidad africana. Ahí batallan esos 250.000 niños. ¿Cómo llevarles ante la justicia y qué criterios son los más adecuados para juzgarles? Se discute sobre si la justicia local es preferible a sentar a los niños asesinos en el banquillo de acusados del Tribunal de la Haya. También en las megaciudades de las sociedades complejas hay tribus urbanas y violencia fuera de control, pero las más devastadoras manifestaciones de lo que algunos analistas llaman la anarquía que viene se presencian en África, como el episodio más funesto después del final de la Guerra Fría. En esos momentos, las mentes más dotadas del mundo están atareadas buscando soluciones para el África negra. La pregunta es cómo ayudar económicamente sin que todo vaya a parar a las cuentas suizas de la nueva oligarquía africana. En estos casos, todo sentimentalismo induce al error: sólo hay que pensar en la vida de esos niños soldados merodeando en la selva, armados hasta los dientes, agentes de la barbarie amaestrados por la barbarie. Atribuir todos los males al imperialismo y a la explotación colonialista sólo contribuye a legitimar como luchadores por la libertad lo que son bandas depredadoras y asesinas, inmersas en el caos parasitado por las tramas de explotación de recursos naturales, el marfil o los diamantes. Por eso mueren los niños soldados. La clase política del África negra, con escasas excepciones, es de una corrupción ilimitada, y su experiencia principal consiste en la guerra civil y el expolio, en las antípodas de la construcción institucional que da garantía a las sociedades abiertas. Dos quintas partes de la riqueza privada de África están depositadas en bancos de Suiza. Para mantener esas cotas de riqueza hay que sufragar ejércitos y comprar muchas armas. Tres cuartas partes de la población africana más pobre han vivido en sus carnes la crueldad de una guerra civil. La comunidad internacional le teme tanto a intervenir en África porque ahí cualquier acto de asistencia puede estallar como una mina- lapa. vpuig abc. es