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40 INTERNACIONAL La amenaza terrorista de Al Qaida LUNES 2 s 7 s 2007 ABC Una tarde de tensión incontrolada en el aeropuerto de Glasgow AFP GLASGOW. Agarré a mi hija y grité a mi mujer: ¡corre! dice Simon Howard, uno de los múltiples testigos presentes la tarde del sábado, durante el atentado, en el aeropuerto de Glasgow, que estaba lleno a esa hora de turistas y de gente de vacaciones. Tras la emoción, los viajeros cuentan como huyeron, llenos de miedo, del aeropuerto, luego de que un jeep en llamas se estrellara contra la terminal del aeropuerto, dañando el edificio, y al día siguiente del hallazgo de dos coches llenos de explosivos en Londres. Frente a los periodistas de la BBC, Howard explicó que vio al todoterreno empotrarse en la puerta del terminal con un hombre que se inclinaba por la ventanilla con una botella que tenía una mecha encendida. Los pilones lo detuvieron antes de que atravesara (las puertas principales) cuenta por su parte James Edgar. Si el vehículo hubiera cruzado habría matado a cientos de personas En la agitación que siguió a los primeros momentos de terror, los testigos cuentan los minutos siguientes al incidente. Stephen Clarkson explica que uno de los hombres intentó abrir el maletero del vehículo, sin éxito porque los policías luchaban por controlarlo en el suelo. Según otros testigos presenciales, un hombre intentó echar gasolina a la camioneta cuando los pasajeros lo tiraron al piso. Embarque de uno de los vuelos suspendidos el sábado por el ataque contra el aeropuerto de Glasgow, reabierto ayer parcialmente AFP Cautivo en la terminal Venga conmigo. Ahora Un fornido oficial de Inmigración norteamericana nos conmina a dejar la fila de la aduana para entrar en una sala. Sin saber por qué y sin pasaporte. Tras el ataque del Reino Unido, aeropuertos y pasajeros volvemos a sufrir los efectos POR JESÚS BASTANTE MIAMI. 30 de junio. Aeropuerto Internacional de Miami. Estamos en tránsito hacia El Salvador, invitados por el padre Ángel y Mensajeros de la Paz para comprobar, in situ, la impagable labor humanitaria que esta ONG realiza por toda Iberoamérica. El viaje, que ya ha pasado por Guatemala, Perú, Bolivia y Panamá, debe llevarnos hasta República Dominicana, Cuba y México. Sin embargo, el oficial de Inmigración no parece estar por la labor. La sala está repleta de hombres y mujeres de toda raza y condición. Las caras de los policías, más tensas de lo normal: los atentados en Glasgow y Londres han desatado el temor entre las autoridades estadounidenses, que- -según sabremos al final de esta odisea- -han elevado la alerta naranja en los aeropuertos ante la posibilidad de un atentado coincidiendo con el 4 de julio, la fiesta nacional de EE. UU. De momento no se nos ofrece explicación alguna. Únicamente nos recuerdan que no estamos retenidos pero que mientras dure la inspección, nos está terminantemente prohibido hablar por teléfono, tomar fotos, permanecer de pie o dirigirnos a cualquier agente del orden. Cada diez minutos un agente pronuncia varios nombres, y los llamados se alejan con él. Muchos han sido escogidos aleatoriamente, de modo que sus familiares les están esperando fuera de la aduana, en el hotel o en el avión que les llevará hacia otro destino. Es nuestro caso, y el de Joan, un joven catalán al que han retenido, mientras su novia, de 22 años, espera sin saber nada al otro lado. No han dejado que me acompañase porque, al no estar casados, oficialmente somos unos extraños se lamenta, mientras su reloj le informa que ya no llegará a tomar el vuelo a Boston. Al cabo de una hora, debemos seguir a dos funcionarios- -un hispano y una grandísima mujer de color- -que ni siquiera se molestan en comprobar nuestras identidades. De la estrecha sala somos trasladados al otro extremo del aeropuerto de Miami, a una zona abandonada donde se apilan sillas, mesas, fotocopiadoras y archivos viejos. Las consignas son muy sencillas: Estamos efectuando una serie de controles. Ustedes no están arrestados, y si colaboran, todo será más rápido ¿Cómo podemos colaborar? pregunta un joven italiano. Permaneciendo en silencio y obedeciendo una serie de normas A saber: nada de teléfono ni de alimentos que no sean traídos por la Policía, solicitar permiso para ir al baño- -de uno en uno- no formar corrillos y, sobre todo, no preguntar. Al cabo de otras dos largas horas, el nuevo grupo está formado íntegramente por europeos. Cuatro somos españoles- -además de Joan y este cronista, otros dos jóvenes gerentes de hoteles en el Caribe- seis italianos, una familia belga (con un bebé que está comenzando a sentirse incómodo y al que no se le puede dar el biberón) y un joven inglés que, ajeno al creciente enfado de la comitiva, lee una novela. ¡Nos tratan como a terroristas! estalla uno de los italianos. ¿Qué ha dicho? responde uno de los agentes. ¡I m a terrorist! contesta, a voz en grito, el italiano, ante la mirada aterrorizada de su novia. No están para bromas avanza Joan. A los dos minutos, una patrulla entra en escena y se lo lleva. Su novia lo acompañará un par de horas después. No son ustedes los que dan las órdenes dicen al resto, que hemos aprendido la lección, y no hablamos durante el resto del cautiverio Han pasado siete horas desde que abandonásemos la fila, y el grupo de los europeos- -la orden consistía en parar a todo vuelo proveniente de Londres, con población inglesa o cuyo avión hubiera repostado en la capital británica a lo largo de esta semana- -somos llevados a otra sala en la que, esta vez sí, se nos devuelve el pasaporte, sin explicaciones ni disculpas. Sólo una agente hispana, que nos acompaña hacia la salida, aclara: Ustedes no saben lo que pasa aquí. Hay mucho temor a atentados. El recuerdo del 11- S está vivo Pero, este cronista tiene otro temor, si cabe más urgente: dónde pasar la noche, y cómo conseguir otro vuelo. Al final habrá suerte y sólo serán catorce horas de escala. ¡I m a terrorist! Al comienzo el fuego era pequeño. Pero luego hubo una enorme explosión, realmente una gran deflagración declaró Robin Patterson, de 42 años, espectador de este ataque calificado de atentado el pasado sábado por el nuevo primer ministro británico, Gordon Brown. Después del incidente, varias personas vieron que un hombre en llamas salía de la camioneta: El tipo al lado de la camioneta, su piel y su ropa se caían literalmente corrió fuera del todoterreno, parecía completamente loco Los testigos eran numerosos la tarde de sábado en el aeropuerto de Glasgow, el más frecuentado de Escocia, que esperaba acoger a unos 35.000 pasajeros en el primer día de las vacaciones escolares en la región. Una enorme explosión Catorce horas en el aeropuerto, siete de ellas retenido, sin más alimento que el que trae la Policía, sin teléfono; al baño sólo con permiso, sin formar corrillos ni preguntar