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8- 9 S 6 LOS SÁBADOS DE Miss España las candidatas tuvieron que desfilar con la difícil prenda. Y las firmas de baño siguen la corriente y lo llevan fabricando desde entonces (y vendiendo) mucho más este verano. ¿Pero alguien ha visto uno en la playa? Es más difícil de encontrar que un trébol de cuatro hojas, un audímetro o una estría de color rosa (de esas que dicen que se quitan con las cremas; y tanto que se quitan, como que no se ven) Pero si absurdo es el triquini, más absurdo es su propio nombre en español, quizá consecuencia del olvido de su origen (en inglés, cut- out swimsuit) Triquini no sólo suena a triquinosis sino que es una denominación que parte de un presupuesto falso. A saber, que la bi de biquini es el prefijo latino que significa dos. Cuando todo el mundo sabe que su gracia proviene del atolón Bikini, situado en las Islas Marshall, en el Pacífico. Resumen de lo publicado: en 1946, cuando Louis Réard presentó en la piscina Monitor de París el traje de baño de dos piezas, hacía unos días del primer ensayo nuclear en el atolón. Y parece que la bailarina Micheline Bernardini (que hizo de modelo) dijo al creador aquello de Señor Réard, su bañador va a ser más explosivo que la bomba de Bikini En cualquier caso, biquini viene de Bikini, ya con asimilación total al léxico español. La k se deja para el atolón, la q para el bañador. No hay ninguna correspondencia etimológica entre las dos piezas y el bi. No son dos quinis lo que nos ponemos para ir a la playa. Ni tres quinis el protagonista de nuestra historia. Tal despropósito es parecido al de aquel bar llamado Legis y situado al lado de un juzgado. El dueño lo vendió y con el tiempo el nuevo dueño amplió el negocio con otro bar por la zona al que se bautizó como Cerquis. DÍAS DE JÚBILO Cine de barrio erminada la cena, papá decía: Vamos al cine Las mujeres de la casa retocaban sus peinados y todos enfilábamos hacia la calle. En mi recuerdo, siempre es una noche de primavera y caminamos bajo árboles recién rebrotados. Por entonces, en cualquier ciudad, a menos de un quilómetro se contaba con un cine de barrio. Era, normalmente, una antigua sala de baile, angosta y larga. El techo corredizo, si hacía bueno y templado, estaba abierto y podíamos ver las estrellas. Llegábamos a la última de las tres películas del programa, la que coincidía con los estrenos en los cines del centro. No era difícil encontrarse con vecinos y con parientes que veíamos de vez en cuando. Al salir, se improvisaban caminatas y tertulias, que permitían salirse de los temas cotidianos: la compra, la enfermedad, el colegio de los niños, el clima que siempre está loco de remate. Si la orden provenía de mamá, era después de la comida. Se formaba una piña de chicos, guiados por una de las madres, bocadillo de jamón envuelto en papel de estraza, y entonces nos encerrábamos en el cine de barrio: tres pelis, informativos, documentales, dibujos animados, anuncios de futuros estrenos. Salíamos al anochecer, con esa suerte de alucinación que producían tantas imágenes, tantas historias, tantos paisajes y gentes igualmente lejanos. Nos parecía irreal el mundo callejero, la vida cotidiana. ¿Qué había sido del mundo mientras convivíamos con Drácula, el Príncipe Valiente y el Indio Jerónimo? ¿Y con la vecinita que declaraba estar de novia con el vecinito y hasta con la señora de enfrente que había sido invitada por el primo del pueblo o alguien así llamado para el caso? Las pelis de relleno eran antiguas y, de tan accidental manera, aprendimos a ver modas, cosas, lenguajes de ese fabuloso universo que existió antes de nuestro nacimiento. Porque lo que llamamos realidad es la que vemos a cada momento. Si falta nuestra mirada, la más trivial escena se nos convierte en leyenda. Hemos ganado comodidad y también información con los video- clubes, los DVD baratos, las reuniones de amigos ante la pantalla doméstica del televisor. Perdimos en sociabilidad. Es lo contable de la vida. Anoto las ganancias pero no olvido. T Blas Matamoro Quizá su mejor salida: servir de top a una falda de nocheveraniega Á. DE ANTONIO REUTERS El triquini es sexy, hay que admitirlo. Muy sexy. Eso sí, con su punto hortera como salido de la piscina de Los Colby o de una telenovela venezolana. Pero también es lo mejor para resaltar la figura. O lo peor, según lo que se mire. Y ahí está uno de los fallos para el común de las mortales. No para los reportajes de moda baño en las revistas, por supuesto. A las modelos les sienta estupendamente porque para poder llevar un triquini hay que tener un cuerpazo. Si no lo tienes, lo más probable es que acabes pareciendo un forzudo de feria con su maillot de tirantes. O te sienta como un guante o como un guantazo. Pero no vamos a hacer sangre con el triquini. Al fin y al cabo tampoco está sólo entre los sinsentidos del doble fondo del armario. No nos olvidamos de la falda- pantalón, que está muy bien para los samuráis, los gauchos y las exploradoras del siglo XIX. O de esas toreras diminutas que lo único que tienen son mangas y la tela que las une. O de esos jerséis gruesos de cuello alto y manga corta (o sin mangas) que comparten el espíritu del triquini. Es decir, o le falta o le sobra. O de las americanas de manga corta de caballero propias de algún mago de medio pelo (y medio conejo en la chistera) y de Roberto Carlos cantando Lady Laura O de las chanclas Havaianas (o sea, brasileñas) con tacón. Ahí se lucieron. De todas maneras, también es posible que el triquini, el bañador tan desestructurado como la tortilla de Adriá, sea la prenda ideal para tapar la cicatriz de la cesárea. Y mucho más ideal para que la parte de abajo del biquini (al llevar tirantes) no se te quede por las rodillas cuando te lanzas de cabeza al agua. Aunque lo ideal sería lanzarse con un zapato por gorro de baño. Para que el conjunto sea más surrealista.