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80 CULTURAyESPECTÁCULOS www. abc. es culturayespectaculos VIERNES 29- -6- -2007 ABC Ronnie, Mick, Charlie y Keith, durante su concierto de anoche en el Vicente Calderón ÁNGEL DE ANTONIO Los Stones no llenan, pero convencen Mick Jagger y compañía no abarrotaron el Vicente Calderón. Su poder de convocatoria decrece, pero sus sexagenarias majestades son capaces de mantener el mismo ritmo satánico encima del escenario PABLO MARTÍNEZ PITA MADRID. Se trataba de un fenómeno inaudito: la misma tarde de un concierto de los Rolling Stones en Madrid todavía quedaban cerca de cinco mil entradas a la venta. Resultaba extraño contemplar anoche asientos vacíos mientras cuatro iconos del rock mundial desgranaban su glorioso repertorio glorioso ¿La gente está cansada de tanto rock n roll? Pues no. Esa misma noche Maná llenaba Las Ventas. Y un día más tarde, es decir, hoy, el grupo mexicano repetirá faena, ya que en las dos citas programadas en la capital han colgado el cartel de no hay entradas Si bien no es comparable el aforo del Estadio Vicente Calderón (45.000 almas) con el de la plaza de toros (17.000) evidentemente se trata de la confrontación de una banda en situación emergente y otra en decadencia. ¿Cultura latina en expansión frente a la anglosajona ya de capa caída? Quizás es llevar las cosas demasiado lejos, pero en Lisboa la situación fue bastante más grave: el Estadio José Alvalade se quedó, el día 25, a mitad de aforo: sólo 27.000 espectadores para una capacidad de más de 50.000. En cualquier caso, los madrileños, aunque no llenen, siempre muestran entusiasmo sin par. Los acordes de Star Me Up fueron saludados con un extraordinario clamor. Sin embargo, los primeros compases del concierto resultaron un tanto decepcionantes. El sonido tardó en aco- Jóvenes desconsolados plarse de forma razonable y el escenario, enorme, frío, daba la impresión de dejar a los cuatro protagonistas algo desvalidos. Ron Wood y Keith Richards parecían estar allí de paso, charlando entre ellos en exceso. Mientras, Mick Jagger, todo un profesional del espectáculo, saludaba en el idioma local a la audiencia- -siempre lo hace, aunque actúe en China- -y pidió disculpas por sus pasadas anulaciones de con- ciertos. Ni siquiera la aparición de la banda de acompañamiento- -sección de viento, teclados, bajo y coros- -mitigaba esa sensación de dispersión. Bueno, se trata de los Rolling Stones, así que tampoco había que alarmarse en exceso. Poco a poco se fueron haciendo con el terreno. ofreciendo un repertorio que parecía especialmente dedicado a los muy fans. Rescataron temas de José Manuel Costa EN EL CALOR DEL INFIERNO Y a entonces eran mayores. Quiero decir, hace un cuarto de siglo en este mismo Estadio Calderón. Pero lo que ya no tenían los Stones de actualidad ni de verdadera creativi- dad, lo tenían de símbolo para una ciudad que estaba alejándose del lugarón manchego camino de autoperfilarse entre las modernas del mundo. Como a veces sucede, aquel mítico concierto de los Stones (Rolling en España) parecía que marcaba un nacimiento, pero tal vez significó una cumbre irrepetible. Aunque este es otro cantar y entonces todo era celebrar aquella noche de rayos, truenos, lluvia y música, aquella noche tan mágica. La verdad es que se unieron todos los astros. En primer lugar, el encuentro de dos generaciones transicionales, la de los 50 y los 60 que, más o menos, habían conocido a los Stones en sus días de gloria. Estas dos generaciones, que representaban lo político- antifranquista por un lado y lo estético- antiautoritario por otro, pudieron encontrarse esa noche coreando Street Fighting Man con la mayor sinceridad. Nunca más volvería a producirse esa comunión. Luego sucedía que hacía mucho calor. Pero mucho. Un bochorno histórico que los técnicos del macroespectáculo trataban de paliar apuntando mangueras hacia las masas. La euforia iba en aumento, los cuerpos sudados sonriendo, el ver aquello tan lleno, tan unánime... Y aparecieron los presuntos teloneros, la J. Geils Band, un grupo que hubiera bo- rrado del mapa a cualquiera que no fueran los más grandes y podía haber justificado por si mismo aquella reunión, aquella ceremonia. Pero ¡ah! entonces comenzó a llover. A mares. El inmenso arco de globos blancos se vino abajo y aquello era lo contrario del Let The Sunshine In y se saludaba a la lluvia, aunque con preocupación, porque ¿saldrían los Stones bajo ese aguacero? Y desde el borde del abismo llegó la locura, cuando resultó que sí, que salían y un Mick Jagger, enfundado en un chubasquero rojo, saltó a escena para demostrar que el diablo existe y esa noche íbamos a conocerle. Una barbaridad.