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ABC VIERNES 29 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA CAPELLO Y LA ENEIDA Venceréis, pero no convenceréis (Unamuno) E LA AUTODETERMINACIÓN DE BALEARES S que ya me pierdo. Si las Islas Baleares tienen derecho a la autodeterminación, como exigen los parlamentarios del Bloc es porque consideran que aquel territorio es una nación. Nación oprimida, supongo. Lo que no sé, y de ahí mi legendaria desorientación, es si esa nación lo es por sí sola o lo es por el hecho de estar encajada en la Gran Nación Pancatalana, es decir, si la autodeterminación es para proponer un país independiente o una federación entre islas, principado y lo que caiga. Ignoro, asimismo, si la propuesta encierra un secreto casi atómico: la de incorporar Baleares a un nuevo imperio alemán que se anexionaría las bellas tierras mediterráneas. Lo ignoro todo, hasta quiénes son estas dos lumbreras autocráticas. Sí que adivino que se debe tratar de una mezcla moderna de asaltapiscinas y revolucionarios de cuatro tenedores con toque de pana y espesura de rizos e ideas. El nuevo gobierno de Antich ha tranquilizado a las masas y ha evidenciado que no está entre sus inmediatos proyectos exigir la autodeterminación de nada y que tranquilos, hombre, que estas son cosas de estos chiCARLOS cos y no hay que darle más importanHERRERA cia. Sin embargo no ha dicho, y lo echo en falta en un miembro de un partido que dice ser socialista español, que eso es una gilipollez inconmensurable y que no piensa perder ni un solo minuto de su vida en analizar tonterías de ese calado. No lo hace porque a los socialistas esas cosas les hacen gracia, las consideran elementos progresistas del pensamiento político: una idiotez así, efectivamente, sólo la puede decir un progresista, con lo que, como mucho, le dicen que no comparten la idea, pero jamás le afean el discurso. La consecución del legítimo gobierno de Baleares lleva a incorporar a las filas del mismo todo lo que se mueva en las islas y no parezca del PP, incluidos merluzos. La sirenita mallorquina, el político que sabe sacarle más partido, más jugo, a sus pocos votos, ha op- E tado por amortiguar su futuro penal merced al acuerdo parlamentario con el batiburrillo de izquierdas que forma el llamado Pacto de Progreso. Una fiscalía sensible a la presión política podría crearle algunos problemas a la princesa, mientras que una fiscalía perezosa le garantiza más tiempo sin problemas, y el PSOE puede influir debidamente en ello. Eso es todo. Entre todos han tomado una primera medida que da a entender el alcance político de su apuesta de futuro: suprimir una hora de enseñanza de castellano en las escuelas del archipiélago. Tal vez teman que los niños baleares aprendan demasiado castellano y eso les perjudique cara al apasionante futuro autodeterminado que les espera. ¿De qué se trata realmente? ¿de que no hablen español en condiciones? ¿En el programa del Partido Socialista estaba recogida la pretensión de rebajar las horas de enseñanza del idioma común de todos los españoles? ¿Están en eso los votantes del PSOE? En el ideario básico de todo nacionalista bisagra figura como elemento principal el desmarque escénico de cualquier nexo con el resto del país. Eso está más investigado que la fórmula de la cocacola. El idioma, evidentemente, es la primera víctima. No se trata de que aprendan más mallorquín, cosa muy saludable por otra parte, sino de que no aprendan tanto español, aunque con ello lastren sus posibilidades de futuro. En Navarra, los pactos que van cerrando los varios Petain que habitan en el PSN y los independentistas de Nafarroa Bai comienzan por establecer una mucho más acentuada enseñanza en vascuence en la comunidad foral en detrimento, evidentemente, de la lengua natural y propia de Navarra, que es el español. Que ello lo exija una formación que tiene como inspiración definitiva la anexión de Navarra a esa gran majadería llamada Euskal Herría es comprensible, pero que lo acepte un partido como el socialista es indicador de la ambición sin límite y de la falta de principios de la supuesta izquierda española. Lo de Baleares y Navarra, como ven, va a dar para mucho. La fiesta no ha hecho más que empezar. N el mundo de la alta empresa a los ejecutivos que obtienen grandes beneficios se les premia con un bonus, acciones de la compañía y a veces hasta un puesto de vicepresidente, pero en el fútbol, donde se mueve más dinero que en muchas sociedades mercantiles, se puede despedir a un entrenador que acaba de ganar un campeonato porque unos directivos que son simples forofos consideran que el juego del equipo victorioso es deIGNACIO masiado aburrido para CAMACHO sus exigentes paladares de aficionados. A Fabio Capello, contratado por su probada experiencia en éxitos rápidos, le han dado el finiquito en el Madrid con la misma velocidad con que él cumplió el objetivo que le habían fijado. Al menos al italiano sólo le han acusado de falta de brillantez en sus métodos; a su antecesor Del Bosque lo liquidaron por considerarle a él mismo demasiado feo para las expectativas estéticas del selecto banquillo del Bernabéu. Estos exquisitos que confunden la tribuna del estadio con los palcos de La Scala se pasaron cuatro años sufriendo dolorosas derrotas aderezadas por las primorosas filigranas de los galácticos de Florentino Pérez, y en su angustia llamaron a Capello como quien llama a un médico de urgencias. Estaban huérfanos de triunfos y querían recuperar viejos valores: el sacrificio, la entrega, la ética del sufrimiento frente a la estética del lujo. El centurión, reputado cirujano de hierro con gafas de Armani y trajes de Brioni, aplicó sus recetas sin anestesia ni remilgos; se trata de un tipo muy competitivo y tosco de maneras que reserva la belleza para su colección de pinturas y la elegancia para su cuidada vestimenta milanesa. En un fútbol hiperprofesionalizado, sacraliza la eficacia a costa de suprimir la diversión, desterrar la creatividad y prohibir la fantasía. Juego físico, expeditivo, áspero, de agonía y pelotazo, de esfuerzo y presión, sin retórica ni aderezo. Con eso se puede ganar y perder igual que de cualquier otra manera, pero Capello gana, y por eso en su tarjeta de visita pone allenatore vincente y cobra seis kilos por temporada. Si el fútbol fuese sólo un espectáculo lo correrían a gorrazos por esos campos de Dios, pero además es una competición, un negocio, una pasión y a veces mucho más que todo eso. Importa ganar, y no hay en él mayor espectáculo que la victoria. Como en política. Por eso solía decir JB Toshack, filósofo de whyskería, que el de entrenador del Real Madrid es un puesto político. Político, no diplomático. Capello vino para ganar y ganó; como ha hecho siempre, aquí y en Italia, que alguien le ha llamado para ceñir de laureles las sienes despobladas de los grandes equipos en horas bajas. Con disciplina y fe en que el éxito hace fuertes, como dice Virgilio: possunt quia posse videntur. Fueron capaces porque lo parecían. Pero Ramón Calderón y su gente, que prefieren el Marca a la Eneida han echado al centurión porque creen que ya no son tiempos de lucha. Ahora corren el riesgo de parecer incapaces, y hasta de serlo.