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ABC JUEVES 28- -6- -2007 Calvo cree ahora verosímil que Odyssey sacara su tesoro de aguas internacionales 81 AMOS OZ E ISRAEL: Mercedes Monmany Escritora UNA HISTORIA DE AMOR Y CORAJE páginas de los principales periódicos de todo el mundo, por divulgar de forma lúcida y honesta, con una autocrítica responsable y constructora cuando hacía falta, la terrible y cotidiana realidad de su tierra. Una tierra y una democracia firmemente asentada que tiene que vivir o intentar vivir legítimamente en paz, en medio de un forcejeo político diario y de esa triste amenaza ininterrumpida que desde la creación del Estado de Israel en 1947 han tenido que sufrir los habitantes de una patria, la vieja patria del corazón llamada Eretz Israel, la única que podían llamar por fin con ese nombre. Habitantes, tan víctimas como otros, que como en el caso de la familia de Amos Oz, llegarían de Rusia, Lituania o Ucrania para instalarse allí tras las innumerables tragedias, por todos conocidas, y tras el sinfín de sinsabores y persecuciones arrastrados a lo largo de la historia. Una historia de amor y rencor o decepción respecto a Europa y una fascinante historia colectiva y humana que el lector que desee conocer de cerca, infiltrándose en sus habitaciones, cocinas, abigarradas tertulias callejeras o de los cafés de Jerusalén, Haifa o Tel Aviv, puede hacerlo a través de las magníficas memorias que con el título de Una historia de amor y oscuridad probablemente su obra maestra, publicaría no hace mucho este gran escritor judío. Un escritor que al mismo tiempo siempre ha sido un luchador incansable por la paz, una paz razonable no tenemos intención de suicidarnos por las necesidades de la paz dirá en Contra el fanatismo y el siempre difícil, y continuamente torpedeado, entendimiento entre árabes y judíos. Apasionado de la ciudad de Jerusalén una vieja ninfómana que exprime hasta el agotamiento antes de desembarazarse con un gran bostezo de un amante tras otro como se demuestra en novelas espléndidas como La tercera condición Amos Oz es siempre un interpelador incisivo de las más variadas cuestiones humanas y morales de su tiempo y AFP no de los más importantes escritores actuales de todo el espectro internacional, eterno candidato al premio Nobel de Literatura, Amos Oz (Jerusalén, 1939) del que ahora acaban de ver a la luz unos magníficos Ensayos sobre literatura publicados en Siruela, la editorial que ha venido recogiendo lo principal de su extensa obra desde hace años (las novelas No digas noche Un descanso verdadero Una pantera en el sótano El mismo mar o Mi querido Mijael así como ensayos absolutamente espléndidos e imprescindibles para cualquier lector de nuestros días como es el caso de Contra el fanatismo forma parte, junto a Abraham B. Yehoshúa y David Grossman, del célebre triunvirato de novelistas actuales en lengua hebrea que más ha hecho, indirectamente y a través de sus respectivas obras literarias, pero también a través de su frecuente presencia en las U Escritor dotado de un embriagador y deslumbrante verbo poético, sus libros están atravesados de inolvidables pasajes ha sabido combinar, de una forma magistral y sumamente atractiva, lo íntimo y lo general. O, si se prefiere, la vida en estado puro, con toda la carga que siempre arrastra, mezclada y confundida sin casi apenas interrupción, de drama y comicidad. Del drama más profundo y de la irresistible comicidad de la que están cargados ciertos instantes compartidos junto a los seres queridos. Escritor dotado de un embriagador y deslumbrante verbo poético, sus libros están atravesados de inolvidables pasajes llenos de emoción, humor, poesía, tragedia y un sentimiento de nostalgia y de dolor vivido en soledad que, en muchas ocasiones, enfrenta al hombre a la incomprensión de lo que le rodea. Esa incomprensión tendría su punto álgido cuando el pequeño niño solitario Amos sólo tenía doce años, tal y como cuenta en Una historia de amor y oscuridad y se tuvo que enfrentar de repente al desgarrador e incomprensible misterio del suicidio de su joven madre. Dos años más tarde se iría a vivir a un kibbutz, donde culminaría su formación, su fortalecimiento como ser humano y su aprendizaje de la vida y del amor. Un amor que se convertía también en deuda con los suyos contraída desde su nacimiento: llevar sobre sus escuálidos hombros todo aquello que sus padres, emigrantes en tiempos difíciles, no pudieron ver cumplido