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ABC DOMINGO 24 s 6 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA MENTIRA DE ESTADO Y DESPOTISMO Ningún otro gobierno en democracia ha mostrado tanto desprecio al derecho colectivo de la sociedad a saber la verdad sobre una cuestión capital para su convivencia. Ningún otro gobierno ha mostrado tanta altivez en su relación- -en su ausencia de relación- -con los medios de comunicación. Ningún otro gobierno ha blasonado de una actitud más desafiante y soberbia hacia los profesionales de la información que éste presidido por Rodríguez Zapatero... UBO un tiempo felizmente superado en el que la denominada razón de Estado permitía la impunidad de políticas subterráneas cuyo conocimiento se hurtaba a la opinión pública en función de una suerte de despotismo ilustrado según el cual los gobernantes trabajaban para el pueblo pero sin el pueblo Ya no hay razones de Estado que valgan para justificar la opacidad gubernamental cuando ésta encubre la negociación con los terroristas en la que se ven afectados los derechos individuales y colectivos de los ciudadanos y de la sociedad. En democracia ningún Gobierno tiene legitimidad para transigir en interlocuciones políticas con delincuentes, por más que se apele a la necesidad de hacerlo para así terminar con las acciones criminales. Las reglas en democracia son muy claras: a los que infringen el Código penal- -lo hagan invocando razones políticas o de cualquier otra naturaleza- -se les detiene y se les juzga como mandan la Constitución y las leyes. El Ejecutivo carece de facultades para eludir la vigencia de las normas o distorsionar el funcionamiento del Estado de Derecho, y si lo intenta- -como lo está haciendo Rodríguez Zapatero en el que llama proceso de paz con la banda terrorista ETA- -está incurriendo en una gravísima responsabilidad política, moral y, acaso, también jurídica. siendo grave- -extremadamente grave- -esa responsabilidad, lo es aún más la instalación en el sistema político español de la mentira de Estado, es decir, de la persistente, arraigada y torpe decisión gubernamental de ocultar a la opinión pública la puntual información de su comportamiento en el proceso de negociación con la banda terrorista del que el órgano oficioso de los delincuentes está dando cuenta, confirmando informaciones publicadas por este y otros medios y de las que se deduce una alarmante extralimitación gubernamental en la disposición de sus facultades, a tal punto de incurrir en una clara desviación de poder. El Gobierno no ostenta- -tampoco su presidente- -el derecho a mentir; ni el de eludir la verdad con el silencio, ni mucho menos el de escudarse en desmentidos genéricos y rutinarios desdeñando con una prepotencia impropia de un régimen de libertades la función que corresponde al entero sistema mediático. Ningún otro gobierno en democracia ha mostrado tanto desprecio al derecho colectivo de la sociedad a saber la verdad sobre una cuestión capital para su convivencia. Ningún otro gobierno ha mostrado tanta altivez en su relación- -en su ausencia de relación- -con los medios de comunicación. Ningún otro gobierno ha blasonado de una actitud más desafiante y soberbia hacia los profesionales de la información que éste presidido por Rodríguez Zapatero. Cuando la banda terrorista, el pasado 5 de junio, dijo que rompía el alto el fuego permanente H declarado en marzo del pasado año, avisó de la apertura de todos los frentes Semejante expresión no se refería sólo a la comisión de atentados; se refería también a otra forma de intentar destruir al Estado, mediante las revelaciones del comportamiento de un presidente inmaduro y éticamente indigente que ha quedado atrapado en la tela de araña de unas negociaciones de naturaleza política- -ya no hay duda de ello- -en las que estaba dispuesto a pagar precio político- -y lo ha venido abonando- hasta que las exigencias de los delincuentes han escapado del ámbito de sus facultades. E Y l encarcelamiento político de Rodríguez Zapatero en sus compromisos con la banda terrorista ha llegado a tal extremo que ha quedado a merced de sus revelaciones, cada una de la cuales va dibujando la personalidad de un presidente entre incauto y visionario, entre ingenuo y banal, que- -atenazado por una iluminación cesarista- -ha interiorizado que el proceso de paz dispone de una vida propia, de una inercia imparable, y al que los accidentes -es decir, los atentados- -y la mismísima ruptura de la tregua no le impedirán alcanzar el mágico objetivo de una paz que debe llegar como sea Cuando un dirigente como nuestro presidente queda poseído por la convicción de su misión redentora llega a arrogarse el derecho a mentir. Y en esa tesitura estamos, sin que valga el paliativo de ampararse en la naturaleza siempre repugnante de un medio de comunicación cuya misión esencial consiste en la portavocía de la banda terrorista. El tal diario no puede ser creíble cuando ETA anuncia una tregua o cuando la rompe y dejar de serlo cuando relata con pelos y señales la negocia- ción de sus patrones con el Ejecutivo español, más aún cuando el periódico de ETA ratifica versiones informativas obtenidas por medios dignos, rigurosos y contrastadamente creíbles- -próximos o alejados del Gobierno, que de todo ha habido- -y que la hierática vicepresidenta primera o el atolondrado secretario de Estado de Comunicación se dedican a desmentir con más voluntad que acierto. Rodríguez Zapatero es- -políticamente hablando- -un déspota, es decir, una persona que abusa de su autoridad y cultiva una concepción democrática cínica en la que- -como en una moneda- -una faz muestra su adanismo y la otra su determinación irresponsable de alcanzar sus propósitos arteramente. A los déspotas les falta fondo cívico y ético, del que presumen con frecuencia justamente porque carecen de él. La vaciedad de criterios solventes- -y éste es el caso- -conduce siempre a la arbitrariedad, que es la forma de expresión política de los déspotas y que consiste en el proceder contrario a la justicia, la razón o las leyes, dictado sólo por la voluntad o el capricho según precisa definición del DRAE. De tal manera es así que puede contrastarse en la cuestión terrorista, pero siendo la arbitrariedad presidencial común en los demás asuntos de la gobernación, desde la también cuestión territorial Zapatero nos engañó a todos los catalanes Jordi Pujol. ABC 17 06 07) a la política exterior, pasando por las viscosas iniciativas atinentes a la memoria histórica o las descaradas intervenciones en operaciones empresariales, sin olvidar la innoble manera de usar y tirar a correligionarios y colaboradores que interesan mientras son utilizados y a los que no se les rescata- -todo lo contrario- -del fracaso al que él con frecuencia les conduce. os déspotas creen, en su arbitrariedad, que pueden disponer a su criterio de la modulación del sistema democrático y, además, hacerlo taimadamente, con nocturnidad y alevosía, sin explicaciones ni dación de cuentas a la ciudadanía, que es tratada- -en una regresión histórica sin precedentes- -como un conjunto de súbditos a los que no correspondería el derecho a la libertad de expresión que se traduce en el derecho a conocer lo que sus gobernantes hacen y deciden. Los déspotas, además, se adjudican aduladores académicos como el mediocre politólogo Philip Pettit, que ha venido a nuestro país para evaluar a Rodríguez Zapatero, al que ha otorgado un sobresaliente no sin apostillar que con él España es un modelo para las democracias avanzadas No sabíamos que la teoría del republicanismo de este escritor incluyese como mérito, precisamente, la mentira de Estado que practica su aventajado alumno. L JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC