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ABC MIÉRCOLES 20 s 6 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA COSAS INVISIBLES Responder, como respondió Zapatero, que su anhelo de paz era inigualable, y que los terroristas- -y el PP- -no supieron estar a la altura, es salirse por peteneras. Existen indicios preocupantes de que se prometieron cosas que no se podían dar. Necesitamos razones para desatender esos indicios. Mientras esas razones no se hagan manifiestas, el presidente no tiene derecho a pedir un cheque en blanco... NDA alborotado el patio porque partidos minúsculos o muy descolgados de la cabecera podrán determinar quién se lleva el gato al agua en tal o cual autonomía, o tal o cual ayuntamiento. La inquietud sube de grado en aquellos casos en que la formación sobrevenida cultiva intereses muy particulares o incluso contrarios a la utilidad pública. La cuestión preocupó mucho al último Popper, el cual hizo un alegato apasionado en defensa del sistema de representación británico, de índole acusadamente mayoritaria. Los sistemas mayoritarios, no obstante, se hallan también expuestos a peligros e inconvenientes, entre otros, el de la marginación o silenciamiento de las minorías. ¿Por qué les cuento esto? Sólo para recordar que la fórmula venerable que identifica la democracia con el gobierno del pueblo sirve para distinguir ciertas formas políticas de las tiranías siracusanas o de las monarquías del Antiguo Régimen, pero no da mucho más de sí. Lo que denominamos democracia es un precipitado histórico y moral en que se juntan el voto, la división de poderes, los derechos, la limitación del soberano a través de una carta constitucional, y unas cuantas cosas más. Entre estas cosas, destaca la obligación tácita en que se encuentra el gobernante de dar cuenta de sus decisiones en términos comprensibles por una opinión ilustrada. La opinión ilustrada ha de ser genéricamente racional y, a la vez, plenamente consciente de qué acciones políticas son abusivas y cuáles se justifican cuando se toma en consideración la gravedad y naturaleza del asunto que las ha motivado. Todo esto nos remite, en fin, al terreno difuso, difícil, de las virtudes, en la acepción aristotélica de la palabra. Las virtudes se adquieren con la práctica, y por lo mismo, más se debilitan cuanto menos se ejercen. ues bien, España atraviesa, ahora mismo, una situación delicada, sobre la que no sé si se ha llamado lo bastante la atención. En su entrevista con Gabilondo del día 7, el presidente rehusó, inauditamente, asumir responsabilidades tras el naufragio del proceso. Me apresuro a señalar que hacerse políticamente responsable de un gran fracaso, no comporta que haya de presentarse la dimisión. Pero sí implica reconocer los propios errores y, sobre todo, facilitar una explicación convincente de por qué se cometieron. Responder, como respondió Zapatero, que su anhelo de paz era inigualable, y que los terroristas- -y el PP- -no supieron estar a la altura, es salirse por peteneras. Existen indicios preocupantes de que se prometieron cosas que no se podían dar, y que, incluso si se hubiesen podido dar, habría sido insensato poner sobre el tapete sin un consenso que se ha evitado de modo contumaz. Necesitamos razones para desatender esos indicios. Mientras esas razones no se hagan manifiestas, el presidente no tiene derecho a pedir un cheque en blanco. Su palabra no basta, por desgracia. No lo hace, A porque es ella, ella precisamente, la que ha adquirido un carácter contencioso. Es ella la que está pidiendo a gritos una rehabilitación que ya sólo puede venir desde fuera. Fuera equivale, aquí, a datos y argumentos. Es muy complicado, cierto, dirigir una nación cuando se ha perdido autoridad moral y ya no se puede comprar al fiado. Pero se trata de un precio que debe aceptar el gobernante alocado. Si transcurrido un tiempo, recupera el crédito, miel sobre hojuelas. Si continúa trastabillando, y su tarea se convierte en un infierno, se tendrá que ir. Por razones de decoro y también por patriotismo. El día 11 se produjo un encuentro entre Zapatero y Rajoy del que nadie esperaba nada. Sin embargo, el asunto no se desenvolvió según lo habían previsto los observadores. Aunque Rajoy vinculó el apoyo de su partido a que no se desista del empeño de derrotar a ETA, su laconismo fue extremo. Llamó la atención, sobre todo, la afirmación siguiente: No es hora de reproches ni de hablar de la credibilidad del presidente del Gobierno. Tiempo habrá en su día para pedir responsabilidades a cada cual por las conductas de estos últimos año e acuerdo, tiempo habrá en su día. Pero ese tiempo podría ser el de los historiadores, no el de un político en activo cuyas manifestaciones resultarán extemporáneas si no se expresan en el momento adecuado. Se tiene la impresión, por decirlo brevemente, de que el PP tolerará que el principio del sigilo prudente prepondere sobre el de la transparencia. Puede haber, a no dudarlo, buenas razones para ello. Imaginemos que se conoce por fuentes fiables que los terroristas preparan un atentado atroz, frente al que sólo se acertaría a reaccionar en un clima de unidad democrática ab- soluta. En ese contexto, se entendería la actitud circunspecta de la oposición. Se entendería incluso si un análisis detenido condujera a la conclusión de que se aproxima una época dura y que no es ésta la coyuntura propicia para arrinconar al PSOE. A la vez, es posible hacerse composiciones de lugar mucho más pueriles, y también, menos edificantes. Cabe pensar que Rajoy ha operado movido, ante todo, por sus asesores de imagen. La idea consistiría en zafarse de la táctica excogitada por los asesores de imagen rivales, cuyo propósito notorio es congelar al PP en una instantánea de hosquedad y dureza. También en este caso se entendería a Rajoy. Pero habría que concluir que para el mandatario popular es más importante no perder las elecciones, que hacer una apuesta arriesgada por el objetivo, quizá lunático, de mejorar la calidad de nuestra democracia. n resumen, y parafraseando a Ortega, lo que nos pasa es que no sabemos qué es lo que nos pasa. Esta situación no es envidiable. La nuestra es una democracia joven, aunque con las arterias endurecidas. Ha sufrido reveses varios, y no está para bromas. Las señales de decadencia se remontan, como mínimo, al caso de los Gal, espantosamente gestionado tanto por el poder, como por la oposición. Lo más terrible fueron, de suyo va, las muertes. Pero fue también profundamente deslegitimador que viéramos caer a varios ministros por motivos que conocíamos o sospechábamos, pero cuya mención fue eludida por un Ejecutivo desesperado. La política española no se ha curado de esa herida, a la que después se han sumado otras. La especie de que las culpas se purgan en las urnas es una barbaridad, sólo enunciable por brutos políticos. El PSOE sufrió un castigo durísimo: primero perdió las elecciones y después a sus cuadros históricos tras la debacle de 2000. Ahora bien, ni se recuperó la confianza en el estamento dirigente, del signo que fuere, ni se conservaron los modales que permiten distinguir la contienda partidaria de una riña arrabalera. Los costes en diferido no han sido registrados por una conciencia pública que se iba degradando al mismo ritmo que los propios acontecimientos. Llévense la mano al corazón, y díganme si sus hijos, sus amigos, o la gente que ustedes aprecian, reúnen las condiciones que son en este momento necesarias para sobrevivir en la arena política. La contestación, presumo, es un no matizado y que admite excepciones múltiples. Pero un no al fin y al cabo. Vuelvan ahora el pensamiento a los años setenta u ochenta. Comprobarán que se concebía al político de otra manera. El gradiente de la recta que une las dos concepciones, da una medida del deterioro del sistema. Es un deterioro reversible. Pero es también un deterioro que no se remediará si no conseguimos poner los acentos donde corresponde. E D P ÁLVARO DELGADO- GAL