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ABC LUNES 18 s 6 s 2007 OPINIÓN 3 LA TERCERA UN DECÁLOGO CONTRA LA ABSTENCIÓN Los actuales pactos posteriores a los comicios no deben, en ningún caso, dar al traste con la voluntad mayoritaria de los votos. Y mucho menos, cuando dichos pactos son el resultado de uniones ideológicamente enfrentadas... ESDE hace tiempo andan tanto los políticos como los sociólogos electorales bastante empeñados en el estudio del fenómeno de la abstención cuando, a cualquier nivel, llega la hora de emitir el voto. Esta preocupación corre, habitualmente, por dos caminos. El de acertar con los factores que provocan la abstención (días festivos o no, conveniencia o inconveniencia de los llamados días de reflexión, edad de quienes se abstienen, etc) y, en segundo lugar, aclarar la respuesta, todavía no del todo definitiva, de a qué fuerza o partido político beneficia cierto grado de abstención. Vaya por delante la afirmación de que el fenómeno está estrechamente ligado al sistema electoral vigente (mayoritario o proporcional) y al mismo grado de consolidación que la democracia posea en un país o en otro. Así ocurre que el presidente de los Estados Unidos resulte victorioso con una amplia abstención y eso en nada afecte al sistema establecido. Por el contrario, una alta participación sigue siendo muy conveniente en democracias jóvenes como la nuestra en las que el simple hecho de ir a votar significa un acto de creencia en el régimen vigente. Pero no deja de ser bastante sospechoso que, concluídas las elecciones aparezca un nada despreciable silencio sobre el tema de la abstención y muy escasa alusión a los votos en blanco y votos nulos. También de ellos se puede deducir alguna que otra conclusión que todos deberían conocer. No suele ser así: se obtienen tantos votos y a gobernar o a pactar. Parece que es lo único que importa. Tanto de los resultados de las últimas elecciones municipales y autonómicas y, en forma más palpable, de las que se dieron al someter a votación la reforma del Estatuto Catalán, no son pocas las líneas que cabría escribir. la hora de realizar un intento que agrupe las vías que mejorarían la participación, lo primero que hay que hacer es marginar la cita de aquellas abstenciones debidas a la no creencia en la democracia establecida. No podemos entrar a fondo en estos párrafos en la variedad de causas que originan esa discrepancia con el modelo o la forma de régimen entre nosotros vigentes. Ni muchos menos caer, sin más, en su condena. Continuidad en el aprecio al régimen político anterior y en su forma de democracia orgánica republicanos de ayer o de hoy, discrepancia con el principio de la igualdad de voto, ideología anarquista, desprecio intelectual o visceral hacia la política y los políticos, disconformes con el modelo de las autonomías o, simplemente, desilusionados desde bien pronto con lo que hay y con lo que cada uno esperaba. Todo esto está ahí y, naturalmente, lleva a no querer saber nada de procesos electorales. Y pienso que no es tan escaso su porcentaje. Incluso voy más allá. En tanto que ciudadanos y contribuyentes, estos sectores indicados, aunque no voten nunca, deben gozar de cuanto significa la protección de un Estado de Derecho. Son tan ciudadanos españoles como los demás y si discrepan de todo o parte de lo establecido están en D su derecho de intentar cambiarlo sin más requisito que el no empleo de la violencia. De aquí que no me parezcan del todo correctas, en algunas afirmaciones políticas, de citar únicamente a los demócratas y mucho menos a los constitucionalistas No tener fe ciega en la en la establecida democracia representativa no constituye ningún desdoro. Si así no fuera, no tendríamos historia político- constitucional. aclarado este punto, en mi criterio nada baladí, permítame el lector que camine hacia la enumeración sintética de un decálogo que pudiera servir para aminorar la padeciente abstención. 1 Acabar con la existencia de listas cerradas y bloqueadas que tan nula libertad deja al votante a la hora de elegir sus preferencias y que constituyen un excesivo privilegio de los partidos. En la actualidad, esta práctica ocasiona en no pocas ocasiones la abstención de quienes se niegan a dar su voto a determinados nombres impuestos en las listas. 2 Garantizar al elector que, por un medio u otro, terminará gobernando quien mayor número de votos haya obtenido. Los actuales pactos posteriores a los comicios no deben, en ningún caso, dar al traste con la voluntad mayoritaria de los votos. Y mucho menos, cuando dichos pactos son el resultado de uniones ideológicamente enfrentadas. Quizá esta garantía conduzca a pensar en la posibilidad de segundas vueltas, tal como ocurre en contextos cercanos, en los que en la primera vuelta se votan tendencias ideológicas y, en la segunda, posibilidades reales de gobernar. 3 Fomento previo, en las campañas electorales, del estímulo para ir a votar y ello a través de medios eficaces. Los enfrentamientos cara a cara en programas televisivos nos parecen de la Y A máxima utilidad. 4 Similar fomento teórico de la utilidad del voto de cada uno, como mayor principio de una democracia. Incluso si se va a votar en blanco, con el que también se refuerza el sistema, aunque se rechacen los nombres propuestos. 5 Incluir en las campañas electorales ofertas concretas, alejando el trasnochado principio de la lealtad inquebrantables al partido, que también puede equivocarse en estas ofertas. La verdad, en democracia es siempre relativa, salvo, claro está, en los regímenes totalitarios en que aparece previamente definida por una persona o por un grupo. 6 En esta misma línea, las campañas deben hacer coincidir los principios que se ofertan con las necesidades concretas de cada auditorio. En la etapa de predominio de partidos cógelo todo hay que llevar bien estudiado lo que falta o lo que sobra en cada lugar. Cada día tienen menos eco los mítines en que se repite siempre lo mismo. Y mucho menos cuando todo está dirigido a atacar al adversario, sin exponer lo que el partido que se defiende haría en lugar del atacado. 7 Absoluta necesidad de que el votante tenga la garantía del posterior cumplimiento de lo prometido. Estamos ante una de las causas más usadas para justificar la abstención. En el terreno teórico hay que combatir con fuerza la cínica afirmación de que los programas están, precisamente, para no ser cumplidos luego. ¡Bonito legado de un demócrata! Y en el terreno práctico, acabar igualmente con lo de ¡qué más da: todos van a lo mismo! Las diferencias y garantías deben estar plena y previamente expuestas ante los ojos del ciudadano que se acerca a la urna. 8 Abordar en las campañas electorales temas que realmente preocupan y con fuerza al conjunto del país: sanidad, educación, administración, especulación, hemorragia de comisiones con dinero público. ¡Temas pendientes en nuestra democracia desde 1977 hasta nuestros días! Y con unos y con otros. 9 Limpieza ciudadana en los candidatos que cada partido presente. Los ciudadanos conocen bien sus lacras y, por ello y a veces, siente repugnancia por la obligación de tener que votarlos. Y 10 y como desideratum general y difícil en muchos casos, presentación de candidatos con capacidad de seducir con las intervenciones. Es decir, personas que lleguen pronto al público, por la razón que sea, y que atraigan con su palabra o con su presencia. No hay cosa más aburrida que un candidato repetitivo y sin saber hablar. V a de suyo que este catálogo requiere formas legales. ¡Ya es hora de que se acometan! Y algo quizá más importante: lo que ahora se ha dado en llamar voluntad política De quienes ganan y de quienes pierden. Quien tiene que ganar de verdad es la democracia participativa. MANUEL RAMÍREZ Catedrático de Derecho Político