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ABC SÁBADO 16 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EL MADRID SIEMPRE VUELVE UANDO elRealMadrid ganaba los títulosamanojos, sus aficionadosllegaron a despreciar la Liga, y el que esté libre de soberbia que tire la primera localidad; loúnicoquenosentusiasmaba eralaCopa de Europa, cuya larga ausencia de tres décadas le creó entre el madridismo el aura de un Santo Grial. Lorenzo Sanz ganó dos en tres años y se creyó el rey Arturo sentado en la tabla virtuosa; convocó elecciones seguro de arrasarlas y se topó con la exigencia imperativa de esta afición insaciable: encima querían buen fútbol. Florentino trajo una galaxia de estrellas IGNACIO que bordaron filigranas y CAMACHO llenaron el estadio, pero en cuanto empezaron a perder la gente se acordó de sus sueldos y les tiró a la cara sus caprichos. El público del Bernabéu es el tribunal más exigente del mundo: va al fútbol como si estuviese en la ópera. Ocurre que hasta los paladares más delicados se olvidan del caviar cuando aprieta el hambre, y los años de gazuza han conformado provisionalmente a tan selectivo auditorio, que se dispone a celebrar el campeonato que ya rozan con los dedos con el entusiasmo de un pobre al que le toca la Primitiva. Ante la expectativa del éxito se han olvidado del antifútbol de Capello, de su juego metalúrgico de pelotazo y tentetieso, que los italianos llaman palla lunga para maquillarlo de belleza lingüística, y apelan a la épica para rescatar las viejas virtudes de un club que forjó su leyenda no tanto en la exquisitez como en el esfuerzo. La forma en que se ha producido la remontada, llena de goles milagrosos y triunfos de último minuto, ha contribuido a esta euforia agonística en la que se reconoce el espíritu de los viejos mitos agostados por la edad o la vida, como Di Stéfano, Camacho, Juanito y otros paladines del sudor y la furia. Lo importante de esta trayectoria ascendente no es que el Madrid haya vuelto, con permiso de ese magnífico y compacto Sevilla y del siempre tormentoso Barça que ahora se ha convertido en el equipo del régimen, sino que ha demostrado que siempre vuelve más pronto o más tarde, para desazón de un antimadridismo que no es más que una variante del eterno pecado español de la envidia. Muchos mediocres que nunca perdonan la excelencia llevan una semana haciendo fuerza mental en torno al Mallorca y sus primas, que no son parientes sino maletines llenos de euros, para que arruinen el sueño de gesta con que Chamartín pretende reagruparse mañana alrededor de su mitología victoriosa. Si se queda en la orilla del éxito será un tragoamargocon regustoahecatombecomolas célebresdeTenerifeen losnoventa, pero aun así ya está escrita la mejor página de este palimpsesto: la de una rebelión prometeica contra elfracaso, cifrada en elarrojo inconformista de la superación, la fe, la determinación y la rabia. La presentida fiesta de Cibeles no será una celebración de la arrogancia, sino de la autoestima; una catarsis de los viejos valores que siempre retornan más allá del desfallecimiento y la debilidad. Y si al final no alcanza para la gloria, habrá valido la pena ese sufrido camino de perfección en pos de la virtud de la fortaleza. C TE LLAMAN EL LEÓN E su paso por el colegio de los salesianos de Baracaldo guarda mi padre un puñado de dibujos en los que delata unas dotes artísticas nada comunes. Entre ellos, mi favorito siempre fue uno en el que retrataba o caricaturizaba a los jugadores del Athletic de Bilbao de mediados de los cincuenta, aquella alineación que consiguió el doblete en 1956 y que en 1958 derrotaría en la final de la Copa al Real Madrid de Alfredo Di Stéfano, que acababa de proclamarse campeón de Europa: Carmelo, Garay, Arieta, Mauri, Maguregui... y, por supuesto, el incombustible Piru Gainza, superviviente de aquella delantera mítica de los cuarenta que todos los aficionados españoles recitaban de corrido y quizá el mejor futbolista que vistió la camisola del Athletic, con permiso de Telmo Zarra. A Zarra mi padre apenas alcanzó a verlo jugar, pero de Gainza guarda un recuerdo vívido y perdurable, como también de aquellas tardes reventonas de felicidad en que San Mamés se convertía, indefectiblemente, en la tumba de los equipos visitantes. Era la edad dorada del Athletic de Bilbao; aquella edad en que cualquier aficionado al fútbol, no importa cuál fuera el JUAN MANUEL equipo de sus preferencias, guardaba DE PRADA en el santuario del corazón una hornacina siempre encendida para los leones. Inevitablemente, mi padre me transmitió el amor por el equipo del bocho, el único equipo dispuesto a defender numantinamente sus tradiciones. Uno de los primeros recuerdos de mi infancia está asociado a la derrota del Athletic- -por el valor doble de los goles en campo adverso- -en una final de la copa de la UEFA ante el Juventus: las lágrimas de Chechu Rojo fueron también las mías aquella tarde. Y tampoco podré olvidar nunca el penalti decisivo que Iríbar falló por la misma época en una final de Copa ante el Betis. Fueron derrotas llenas de grandeza que acendraron mi devoción por aquel equipo que paseaba con orgullo su singularidad por el mundo. Y, cuando ya parecía que el Athletic no podría competir con equipos que abastecían sus alineaciones D en los parajes más exóticos del atlas, el entrenador Javier Clemente se inventó una alineación que perfumó mi adolescencia con el aroma de la victoria: Zubizarreta, Goicoechea, Liceranzu, De Andrés... así hasta llegar al veterano Dani y al habilidosísimo Sarabia, que tenía unas piernas como canillas, pero que hacía virguerías con el balón en los pies. Mi padre y yo disfrutábamos como enanos con las hazañas de aquel Athletic que humillaba a equipos con un presupuesto diez veces mayor; y, gozosos, entonábamos las notas del Alirón: Cantemos, pues, los bilbainitos, a nuestro club, con gran amor, para animarle, con nuestro himno, el canto digno del Alirón Cualquier tiempo pasado fue mejor, nos advierte el poeta. En mi juventud no pude celebrar ningún triunfo del Athletic; pero cultivé la ilusión encarnada en Julen Guerrero, la más bella perla de Lezama, que parecía llamado a convertirse en el talismán que reverdeciera viejos laureles. Aquella ilusión se desvaneció sin dejar ni rastro, como se desvanecen los proyectos demasiado optimistas que hemos incubado en un instante de insensatez. Cuando Julen Guerrero anunció lloroso su retirada del fútbol hacía mucho tiempo que había dejado de ser el jugador que prometió ser; pero su despedida me infundió una tristeza con sabor a herrumbre: con él se iba mi juventud, y también todos los sueños de victoria que había incubado durante tantos años, desde que mi padre me contagiase el amor por un equipo que custodiaba las tradiciones más hermosas. Ahora esos sueños se remueven en alguna secreta cámara del recuerdo, deseosos de avivar su rescoldo, cuando mi querido Athletic afronta un partido que lo puede arrojar a las tinieblas de la segunda división, un territorio que merodea peligrosamente desde hace algún tiempo, un territorio que jamás en su historia centenaria ha llegado sin embargo a pisar. Encomendándome a los fantasmas benéficos que en otro tiempo se pasearon por el césped de San Mamés, susurro- -como si de una plegaria se tratase- -aquellos versos del viejo himno que me enseñó mi padre: Del fútbol eres ley, te llaman el león... No dejéis de rugir, leones; no dejéis que se extinga el oro de mi infancia.