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32 ESPAÑA El triple crimen de Burgos s El príncipe destronado VIERNES 15 s 6 s 2007 ABC UN FANTASMA EN LA ESCENA DEL CRIMEN 1. En una de las inspecciones oculares realizadas desde el mes de septiembre del pasado año apareció una bolsa de aseo sobre la cisterna del inodoro; en una segunda estaba dentro del armario del cuarto de baño se encuentran dos paquetes de tabaco, Chester, que según se pudo averiguar habían sido vendidos en la segunda quincena de junio de 2004; es decir, después de los asesinatos Rastros de sangre en la vivienda Dormitorio del niño Salón Ascensor 2. Escondidos en el bidé interruptores de la casa tenía restos de sangre, lo que indica que el asesino no necesitó luz para moverse por ella 3. Ninguno de los Hijo 32 puñaladas Padre 50 puñaladas No se encontró sangre ni en la escalera ni en el ascensor ABC Fernando Rubio 4. El agua del inodoro estaba al nivel normal y no tenía coloración; si no se utiliza, el nivel de agua desciende y coge una coloración marrón 5. Aparece en el altillo de un armario de la habitación de Rodrigo un paquete de Lucky con algunos cigarrillos, fue vendido antes del crimen Dormitorio de los padres Madre 17 puñaladas Dormitorio del hijo mayor Cocina Dos paquetes de tabaco y una bolsa de aseo quiebran la versión del joven de Burgos Los investigadores creen que ha estado varias veces en el piso, en contra de lo declarado por el sospechoso CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ MADRID. Seis horas de interrogatorio el miércoles y otra ayer en la Fiscalía de Menores de Burgos acabaron por disipar las pocas dudas que quedaban sobre Rodrigo Barrio, detenido el martes, y el triple crimen de su familia. La juez de menores se inclinaba tras esta declaración porque el sospechoso pasara ya la noche en un centro de internamiento- -tenía 16 años cuando ocurrieron los hechos- pero antes el joven tuvo que ver cómo los agentes ponían su casa del revés. Pasada la una de la tarde, fue trasladado por los agentes de la UDEV Central, acompañados por dos fiscales, desde los juzgados de Burgos hasta la casa familiar de la parroquia de Queirugás (Orense) para llevar a cabo dos registros (otro en casa de su tía) en busca de nuevas pruebas. Esa casona, de piedra y pizarra, ha sido el refugio preferido de Rodrigo desde el asesinato de sus padres y su hermano, el 7 de junio de 2004. Ahí, se encerraba las horas muertas sin dejar entrar a nadie. ¿Dibujaba, oía música, escribía? Desde luego guardaba objetos preciados para él, como el sello de su comunión con las iniciales R. B. que fue hallado en una pequeña caja fuerte por la Policía (él aseguró que no sabía dónde estaba) junto a una lista manuscrita del joven. Ese anillo solía llevarlo su madre colgado de una fina cadena. Los investigadores están convencidos de que él lo puso bajo llave, así que quizá podría haber escondido otras cosas, por ejemplo algunas de las que se echaron en falta en la escena del crimen- -el DNI de la mujer, su monedero o las tarjetas sanitarias- y actuó solo, movido por unos celos enfermizos hacia su hermano pequeño que se trocaron en obsesión. El príncipe destronado nunca aceptó su segundo plano, se rebeló contra él, primero en forma de fracasos en el colegio y, con el paso del tiempo, alardeando de un comportamiento agresivo e indisciplinado en casa. El hijo mayor de los Barrio Dos Ramos ha vivido parapetado tras una coartada casi perfecta. En el colegio de Los Hermanos Gabrielistas donde estudiaba interno en La Guardia, a unos 80 km de Burgos, se le vio a las 10.30 de la noche del día 6 de junio y en clase a las ocho y media del día siguiente. Esa era su baza, pero no contaba con las que habían ido tejiendo los agentes para desmontar una tras otra sus evasivas respuestas unas veces y sus abiertas mentiras, las más. Declaró reiteradamente que nunca había tenido llaves del piso familiar, pero una prima suya y él volvieron un año antes de la verbena a altas horas de la madrugada y abrió el chico. No sólo las tuvo antes, sino también después. La Policía encontró en una de las inspecciones recientes dos paquetes de tabaco de la marca Chester ocultos en el bidé del baño. Podían haber estado ahí siempre y haber pasado desapercibidos a los investigadores, pero el olfato policial les dijo que no y acertaron. En una prueba con escasos precedentes, una pirueta más de las pesquisas, se logró averiguar a través de la serie de números que figuran en el papel timbrado de los paquetes la fecha en la que se habían empaquetado (la información la aportó Alemania) y la fecha en la que se habían vendido en España: la segunda quincena de junio de 2004, al menos una semana después de que se cometiera el triple asesinato. Rodrigo no tenía llaves de su casa, nunca las había tenido, según él, pero había entrado en el piso de la calle Jesús María Ordoño después de las muertes y después del precinto judicial. Otra mentira para sumar a la lista. No se sabe con certeza si volvió a su casa en una o en más ocasiones porque, además del tabaco, el ojo clínico de los policías encontró más rastros. En uno de los registros había una pequeña bolsa de aseo sobre la cisterna del váter; en el siguiente reconocimiento la bolsa estaba metida en un armario del baño. El sanitario había sido utilizado en fechas recientes, es decir, más de dos años después del crimen. El nivel del agua no había bajado, como es habitual por falta de uso, y estaba transparente. Sólo era una mentira, un precinto roto, aunque un embuste innecesario que también escamó a los agentes. Ya antes se había encontrado otro paquete de tabaco, éste de la marca Lucky con unos cuantos cigarros, entre ellos uno de marihuana, escondido en el altillo de un armario de su dormitorio. Ese paquete se vendió un año antes de los crímenes, de forma que pudo pasar desapercibido en los primeros registros, o quizá también fue colocado a posteriori. Rodrigo ha sido sorprendido en más renuncios, pese a su capacidad de enredo, de anticiparse a los investigadores, pese a su imponente frialdad que le ha permitido vivir bajo el techo de las hermanas de su madre en Orense, seguir estudiando (con suspensos) e inventar Casi una decena de registros Los registros (casi una decena) han aportado claves imprescindibles a los policías, piezas que han permitido ir encajando el puzle y estrechar el cerco en torno al criminal, sobre todo desde septiembre pasado cuando el comisario responsable del caso decidió darle la vuelta a la investigación. Para la Policía, Rodrigo es el autor material del crimen