Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
18 ESPAÑA HOMENAJE A LA TRANSICIÓN EN EL XXX ANIVERSARIO DE LAS ELECCIONES DE 1977 TRIBUNA ABIERTA VIERNES 15 s 6 s 2007 ABC Ignacio Camuñas Solís Ex- ministro de la UCD 15 DE JUNIO: ¿INGENUOS O DESLEALES? SCRIBO esta colaboración para el Diario ABC mientras contemplo, con nostalgia y grato recuerdo, el poster de las elecciones del 15 de Junio de 1977 que todavía conservo en mi despacho y en el que figura la cabecera del cartel electoral de UCD por la circunscripción de Madrid. En él aparecen Adolfo Suárez, Calvo Sotelo, Fanjul, Fernández Ordóñez, Garrigues, Cavero, Camuñas y Ruiz Navarro. En definitiva, un buen retrato de las distintas familias y grupos políticos que habían dado vida a la recién creada Unión de Centro Democrático. Por desgracia, la mayoría de ellos ya han fallecido y todos sabemos el delicado estado de salud por el que atraviesa el presidente Suárez. Tan solo Calvo Sotelo y yo podríamos conversar hoy sobre los avatares y peripecias de aquel gran acontecimiento que fue la convocatoria de las primeras elecciones generales libres y democráticas que iban a celebrarse en nuestro país después de la guerra civil. Por cierto, en alguna próxima ocasión habré de preguntarle a Calvo Sotelo por qué apareció en el último momento el nombre de Juan Manuel Fanjul como número tres de nuestra candidatura, pues que yo recuerde fue en casa de Calvo Sotelo cuando conocimos finalmente la composición de la misma. Aún y a pesar de no haber tenido especial trato con Fanjul hasta entonces, he de reconocer que se trataba de todo un caballero con una destacada trayectoria como jurista, pero que no había participado nunca en las cien mil reuniones y distintos acuerdos que habíamos venido manteniendo unos con otros. Recuperar el espíritu de la Transición, honrar la memoria del 15 de junio, pasa por trabajar urgentemente en la reconstrucción del entendimiento que entonces hubo entre el centro- derecha y el centro- izquierda, hoy, en definitiva, entre el PP y el PSOE. El régimen democrático del que disfrutamos exige para su correcto funcionamiento del acuerdo sustancial de estas dos fuerzas para preservar el equilibrio constitucional E te democrático en España basado en la libertad y en la solidaridad, y nos ilusionaba sobremanera recuperar el puesto que con naturalidad nos debería corresponder en el proceso de construcción europea. Después del tiempo transcurrido es lícito que nos preguntemos si lo que entonces soñábamos lo hemos razonablemente conseguido. Y en líneas generales, creo que sí, que podemos decir que buena parte de nuestras aspiraciones se han visto, por lo general, cumplidas. Pero no podemos dejar de admitir, a un mismo tiempo, que la democracia española no ha sabido encajar todavía la vieja cuestión regional o, lo que es lo mismo, los conflictos territoriales y, muy en especial, la cuestión vasca y catalana. igámoslo, pues, sin medias palabras: no hemos sabido resolver satisfactoriamente el problema fundamental de la estructura del Estado en nuestro país. ¿Fuimos algunos demasiado ingenuos al pensar que con los extensos poderes de los que disfrutarían las comunidades autónomas íbamos a dar por zanjados nuestros viejos conflictos históricos? ¿Se atribuyeron entonces facultades y competencias a las nuevas comunidades autónomas que quizás nunca debieron concederse? o, por el contrario, ¿fueron otros los que, con su manifiesta deslealtad, han ido echando a perder lo que con tanto esfuerzo entre todos habíamos logrado? ¿Estamos, en esta ocasión, ante una historia de ingenuos o de desleales? En todo caso, y antes de avanzar en mi razonamiento, debe quedar suficientemente claro que una cosa es la descentralización del poder y la autonomía y otra muy distinta la confederación como paso previo para la secesión y la independencia como algunos pretenden en permanente delirio. Muchos creímos- -yo me encuentro entre los ingenuos- -que cumpliendo escrupulosamente las peticiones de libertad, amnistía y estatuto de autonomía que entonces se hicieron, lograríamos encauzar razonablemente las demandas históricas pendientes. Pero el transcurso de los años nos ha hecho enfrentarnos a amargas realidades que empañan grandemente lo conseguido en este y en otros capítulos de nuestro desarrollo político. Así, treinta años después, podemos comprobar que ETA sigue matando impunemente. D P ero vayamos al tema que nos ocupa. No quiero insistir en esta ocasión en los muy justificados homenajes que en estos días se hacen a la Transición española. Ha sido ya reiteradamente reconocido el espíritu de concordia y entendimiento que practicaron el conjunto de las fuerzas políticas y que condujo a la feliz consecución de la Constitución hoy todavía en vigor. En aquellos momentos, nuestra memoria histórica nos aconsejaba imperiosamente ocuparnos del futuro, sin olvidar por ello nuestro reciente pasado, pero sin rememorar, en todo caso, los pecados históricos cometidos por las derechas y las izquierdas de otros tiempos. Nos acuciaba, entonces primordialmente, la idea de establecer un régimen plenamen- La bandera española en algunos territorios se oculta y se margina, cuando no es vilipendiada por los sectores más extremistas. Catalunya is not Spain ha pasado a ser recurrente pancarta política con la que se nos obsequia en los espectáculos deportivos de mayor alcance internacional. Incluso, algunas autoridades del Estado con sede en determinadas autonomías se ufanan en despreciar lo que ellos llaman, con desdén, el Estado español, proclamando con descaro un derecho a la secesión que, como es lógico, carece en absoluto de respaldo constitucional. ¡Qué dirían ante este espectáculo personalidades tan sensatas y respetables como Josep Tarradellas o Ramón Rubial! El disparate se ahonda, día a día, a través de la continua manipulación de la asignatura de historia que se imparte en algunas autonomías. Por desgracia, se está instruyendo ya a varias generaciones de españoles en la desinformación cuando no en el rencor ante la pasividad e impotencia de las autoridades del poder central. La enseñanza de la lengua común, vehículo de comunicación entre todos los españoles, encuentra continuos y crecientes obstáculos en buena parte ya del territorio nacional. Y así, podríamos seguir enumerando otras afrentas, por otra parte ridículas e innecesarias, que cada vez resultan más demenciales en el marco de una Unión Europea que necesita, a su vez, hablar con una sola voz en mundo ya globalizado. Gracias a Dios que las ensoñaciones y los mitos de campanario no logran todavía frenar el dinamismo y la proyección exterior de la mayor parte de la sociedad española. ¿Se figuran ustedes, en este sentido, lo que podría dar de sí nuestro país si no tuviéramos que ocuparnos todos los días de estas enojosas zarandajas? Es urgente, pues, que al mismo tiempo que nos complacemos con justicia del llamado espíritu de la Transición, reconozcamos con franqueza, no exenta de tristeza, que no hemos sabido resolver aún con suficiente equilibrio este importante capítulo de nuestra Constitución. Y, al mismo tiempo, no podemos dejar de lamentar igualmente que el mal ejemplo se extienda por doquier, pues cada autonomía empieza a no ver más allá de sus narices- -y de sus intereses- -y las distintas comunidades autónomas, amén de pretender apoderarse del caudal de los ríos que fluyen por su región, rivalizan día a día en una escalada de pretensiones sin fin que ponen de alguna forma al Estado en almoneda. Parece como si España fuera en realidad la resultante final de las 17 autonomías en vigor cuando ha sido España, ella misma, quien ha dado vida a las distintas comunidades autónomas, según lo que estrictamente establece nuestra Constitución. s verdad que el actual mandato del presidente Rodríguez Zapatero ha excitado aún más la cuestión al adoptar iniciativas poco juiciosas y de enorme riesgo, pretendiendo aislar y arrinconar al principal partido de la oposición que representa casi a la mitad de la opinión pública española, pero sería injusto pensar que él es el único responsable de la confusión y el disparate en el que nos encontramos. Y, para remate, uno tiembla cuando se contempla que el Partido Popular pueda llegar a La Moncloa sobre la base de las aportaciones que distintas fuerzas nacionalistas pudieran prestarle. ¿No creen ustedes que en estas condiciones estamos arriesgando innecesariamente nuestro futuro? Recuperar el espíritu de la Transición, honrar la memoria del 15 de junio, pasa por trabajar urgentemente en la reconstrucción del entendimiento que entonces hubo entre el centro- derecha y el centro- izquierda, hoy, en definitiva, entre el PP y el PSOE. El régimen democrático que del disfrutamos exige para su correcto funcionamiento del acuerdo sustancial de estas dos fuerzas para preservar el equilibrio constitucional. Ninguna tarea se me antoja, pues, más necesaria en la presente coyuntura histórica. En otra ocasión trataré de abordar aquellas cuestiones que a mi parecer deben tener primacía en el momento actual. Me refiero a una sensata e imprescindible reforma de nuestra Constitución y al establecimiento de una normativa electoral que posibilite adecuadamente la existencia de las minorías en presencia pero que impida, no obstante, que las mismas puedan llegar a condicionar la gobernación natural del país. E