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ABC VIERNES 15 s 6 s 2007 OPINIÓN 5 UNA RAYA EN EL AGUA EN AQUEL TIEMPO N aquel tiempo nadie llamaba González a Felipe, ni Suárez a Adolfo, ni Guerra a Alfonso, ni Manolo a Fraga. Usábamos los nombres de pila porque creíamos que la democracia era un lejano pariente que volvía del exilio a conocer a su familia. Los mítines llenaban estadios y plazas de toros y no era menester acarrear jubilados porque estábamos de estreno como si fuera Domingo de Ramos, y en vez de trajes nuevos eran las palabras las que parecían recién sacadas del escaparate. Recuerdo aquella noche sevillana, campo de la Feria de Abril, el reloj de la campaIGNACIO ña corriendo hacia el últiCAMACHO mo minuto, la gente desbordando las vallas; llegó Felipe con su intacta mirada de demiurgo desparramada sobre las miles de cabezas, señaló las barreras arrumbadas por la multitud y con un aire de profeta carismático sacudió la ansiedad eléctrica de aquel momento histórico: Esas vallas las ha tirado el viento de la libertad En aquel tiempo liminal todo nos parecía posible. Habíamos abolido la memoria y sólo queríamos apoderarnos del futuro sin saber que el futuro se apoderaría de nosotros. Nos creíamos capaces de cambiarlo todo: las relaciones personales, la política, el mundo, todo lo que al final terminó cambiándonos a nosotros mismos. Los días eran sorpresas y las noches aventuras; íbamos a comernos la vida sin sospechar que la vida se nos acabaría merendando. Las elecciones eran un alborozo de carteles, papelería gozosamente derramada por las calles, debates en las aulas, una cosquilla que nos hormigueaba la piel como la expectativa de un deseo. Lo más cruel fue no poder votar a los 20 años, quedarse con los pantalones cortos de la minoría de edad a la puerta de la fiesta más deseada. La tierra prometida aún tenía reservado el derecho de admisión. Pero aun así fue hermoso, porque no habíamos aprendido a descreer. Porque no nos habíamos vuelto escépticos a fuerza de engaños y de decepciones. Porque el demiurgo de las vallas aún no nos había tomado el pelo. Porque los políticos hablaban con el lenguaje de la calle. Porque cada día aprendíamos algo nuevo y porque cada fracaso daba paso a una esperanza. Porque la incertidumbre estimulaba nuestros sueños, porque la libertad estaba intacta y porque no conocíamos la cara amarga, abotargada y putrefacta del poder. O simplemente, no sé, porque éramos más jóvenes y el viento de la libertad nos curtía la cara sin helarnos el alma. Y salió bien. Lo bastante para que hoy nos sintamos razonablemente satisfechos, al cabo de tres décadas de desgaste trufadas de no pocos desencantos. Lo suficiente para aceptarnos ahora a nosotros mismos cuando el espejo le pone arrugas a aquel acné de euforia. Lo necesario para reconocernos en las huellas de aquellos pasos. Es verdad que no todo ha sido como creíamos merecer, pero en el futuro que entonces soñamos ha cabido de una manera decente el resto de nuestra vida. Fue hace treinta años, y Zapatero tenía 17. Quizá parte de lo que ocurre ahora se deba a que se perdió algo. E APÚNTENME A LA ABSTENCIÓN L ánimo de los votantes, de forma cíclica, sufre importantes embestidas tras cualquier proceso electoral. La ley española permite que partidos como el de María Antonia Munar, Unió Mallorquina, controle Consejos insulares, vicepresidencias de gobiernos, alcaldías como la de Palma y consejerías importantes con tan sólo el 6,75 de los votos. Quién da más. O quién es capaz de llevarse más por menos. Va a colocar a todo su partido, que cabe en una pequeña flotilla de taxis, y va a seguir viviendo del cuento de los goznes durante cuatro años más. A la hora de redactar este artículo aún no ha decidido con quién va a gobernar, pero no hay que ser un lince para saber que, sea quien sea el elegido, lo hará con quien más le dé. Estamos ante el mercadeo electoral sin límite. Ante ello, ¿cómo no va a desanimarse el votante? ¿cómo no va a crecer la abstención? El lamentable espectáculo de los dos grandes partidos haciendo crecer la puja en la subasta por hacerse con el amor de la sirenita mallorquina nos deja de bruces ante la desalentadora realidad de la política española: auténticos perdedores, vividores de la política, se convierten en los CARLOS vencedores inapelables de aquellos coHERRERA micios a los que acuden a participar unos votantes cada día más abatidos, más alejados del compromiso electoral. Navarra como ejemplo colindante: Fernando Puras, el que decía que nunca se postularía como candidato a la presidencia del Gobierno Foral si resultaba elegido como tercera fuerza política, está acabando de urdir un peligroso pacto con Nafarroa Bai que le va a proporcionar, precisamente, la presidencia de ese gobierno. ¿Cómo vamos a creerle cuando asevera que bajo ningún concepto consentirá alterar el actual estatus de la Comunidad? Argumenta el socialista que, lo que se dice quedar, él quedó el segundo ya que los nafarroes son, en realidad, una coalición de partidos y no un partido en sí; se queda tan pancho después de insultar la inteligencia de los que le votan y la de los que no le votan. En virtud de esa excusa de mal pagador, Puras es- E tá dispuesto a abrir una puerta que luego ya será muy difícil cerrar: una vez puesto el pie nacionalista e independentista en las instituciones veremos cuán complicado será deshacer el camino emprendido por unos gestores que tienen en la subvención y el amiguismo uno de los pilares de su ejecutoria. Rodríguez Zapatero, el presidente en cuya cabeza cabe un tío vivo dando vueltas de forma indefinida, calcula a estas horas los riesgos de dar el visto bueno a esa unión temporal de empresas políticas: en caso de no arriesgarse podrá sortear las próximas elecciones generales sin tener que responder por tamaño desafío, pero en el caso de aprobar la coalición gubernamental deberá afinar la máquina de justificaciones para explicar a la población española que su idea es que Navarra siga siendo lo que es hoy en día. Si el presidente abriga la esperanza de recuperar las negociaciones con ETA después de una supuesta victoria en las generales deberá, previamente, bendecir la constitución de un gobierno con los troyanos de Nafarroa, lo cual comportará ciertas dificultades didácticas y algún que otro previsible contratiempo electoral. Pero desengáñense: Rodríguez cree que una España confederal, con la debida copia vasca del estatuto catalán y la incorporación de Navarra a mayor gloria de la patria vasca, calmará suficientemente a la fiera como para recuperar un proceso al que nunca va a renunciar mientras sea candidato a algo. De ahí desistir a que su Juanfer de su alma presida el gobierno canario, que le queda tan lejos, con tal de que sus planes generales se cumplan. La ley electoral juega a su favor y le permite que los perdedores se conviertan en gestores de miles de millones de lo que sea. Ante escenarios como los descritos, la mayoría de ciudadanos experimenta el inevitable cansancio escénico de aquellos que son invitados a la fiesta sin poder después saborear las viandas. Todo es una componenda de mediocres y una pequeña estafa de interpretadores de votos libres. Se pregunta el ciudadano: ¿Y quién le ha dicho a usted que interprete mi voto? Le responde el político: la ley que yo no quiero cambiar. Entretanto, la abstención crece. ¡No va a crecer!