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22 ESPAÑA Triple crimen de Burgos s El príncipe destronado JUEVES 14 s 6 s 2007 ABC La Policía detiene al hijo mayor de la familia por el triple crimen de Burgos El sospechoso reprochaba a sus padres que se ocuparan sólo de su hermano menor, al que también mató CRUZ MORCILLO PABLO MUÑOZ MADRID. Sobre las nueve y media de la noche del lunes, dos agentes de la UDEV Central de la Comisaría General de Policía Judicial se acercaron a Rodrigo Barrio, de 19 años, cuando se encontraba en una residencia estudiantil en Orense y le informaron de que estaba detenido como sospechoso del asesinato de sus padres y de su hermano menor, perpetrado entre las cinco y media y las seis de la madrugada del 7 de junio de 2004. Habían pasado tres años y cinco días durante los cuales Rodrigo no sólo no mostró debilidad, sino que incluso intentó implicar en el triple crimen a un sacerdote del colegio de los Hermanos Gabrielistas de la localidad de La Aguilera, en el que estudiaba como interno en el momento de los hechos. El móvil podrían ser los celos del joven, que reprochaba a sus progenitores que sólo se ocuparan de Álvaro, su hermano cuatro años menor. Hasta septiembre, el caso Burgos era un puzzle sin piezas Más de dos años de intensas pesquisas de los expertos en Homicidios no habían podido encontrar un hilo fiable del que tirar, ni siquiera un móvil claro. Sólo se sabía que el criminal era un psicópata que actuó con una sangre fría que ponía los pelos de punta. A la vista de las circunstancias, el comisario jefe de la Unidad encargada del caso decidió replantear toda la investigación. La primera sorpresa de esta nueva fase fue descubrir que no eran tres personas- -dos familiares que vivían en el mismo inmueble y otro más, médico, que fue avisado por los anteriores- quienes hallaron los cadáveres en el piso de la calle Jesús María Ordoño la medianoche del 7 de junio, sino que lo hicieron seis. La mujer del galeno y otra pareja de primos que vive en Vitoria también habían acudido. Aunque no era muy relevante para el caso- -sus testimonios no aportaron grandes novedades- sí era el primer dato de que había cosas que habían pasado inadvertidas. La siguiente orden fue volver a hablar con todas las personas del entorno de las víctimas y comprobar cada dato, incluidos los aportados por Rodrigo, que en el momento del crimen tenía 16 años. La primera duda que se planteaba era cómo había entrado el asesino en el piso, una quinta planta, ya que la puerta no había sido forzada. Se descartó que se hubiera descolgado desde la azotea y penetrado por una ventana. Era muy difícil hacerlo por la propia estructura del inmueble, pero además la familia siempre dormía, incluso en verano, con las persianas bajadas. Por tanto, el asesino entró por la puerta. Rodrigo, en todas sus conversaciones con la Policía, había asegurado que nunca tuvo un juego de llaves de su casa, pero la investigación puso su versión en cuarentena. Un año antes de los crímenes volvió a ese piso con una prima suya a altas horas de la madrugada y entraron con sus llaves. Por tanto, al menos entonces sí disponía de ellas. Ya dentro de la vivienda, lo ocurrido está más claro. La reconstrucción apunta a que el primero en ser atacado fue el padre, Salvador, de 53 años, un hombre de apenas 1,70 metros de estatura pero suficientemente corpulento como para hacer frente al agresor. De hecho, muchas de las 50 heridas de arma blanca que presentaba eran de defensa. Esa primera escena se desarrolló en su mayor parte en el pasillo, aunque pudo comenzar con el hombre aún en la cama. La víctima iba descalza y estaba en pijama, como su mujer y el menor de sus hijos. Los investigadores creen que cayó al suelo y el asesino lo dio por muerto. A continuación, el psicópata entró en el dormitorio del matrimonio, donde aún seguía Julia Dos Ramos, de 47. Estaba en la esquina más alejada de la puerta, al lado de la ventana, paralizada por un pánico que le impidió incluso abrirla para pedir ayuda. Esa incapacidad para reaccionar es mucho más lógica si el agresor era su hijo, como sospechan los agentes. Julia recibió 17 cuchilladas. Murió a los pies de la cama. Al salir de la alcoba, el criminal vio que el muerto había huido y fue en su busca. Lo encontró en la cocina, con la puerta cerrada. Pero la víctima estaba ya muy débil y no pudo impedir que entrara. Allí acabó definitivamente con él. Quedaba Álvaro, el hijo menor. Se había encerrado en su cuarto y escondido debajo de la cama. El asesino pegó una patada en la puerta y dejó en ella impresa, con la sangre de las víctimas, la huella de sus deportivas, unas Dunlop del número 42. Arrastró al niño hasta el pasillo y allí lo mató de 32 puñaladas. Las tres víctimas tenían un profundo corte en el cuello. La Policía sabe, por testigos directos, que Rodrigo es aficionado a dibujar escenas macabras, Paralizada por el miedo Entierro de Salvador Barrio; en el recuadro, su hijo Rodrigo entre ellas víctimas degolladas. También a recortar imágenes escabrosas de revistas. Tras los crímenes, el asesino vació los bolsillos de los pantalones de Salvador y de Julia, cuyos bordes se tiñeron de rojo. Además, volcó sobre la cama el bolso de la mujer. Salvo las llaves del coche del hombre y las del garaje, no se sabe con certeza si se llevó algo más, aunque parece que algo buscaba. El DNI de Julia nunca ha aparecido; tampoco su cartera. La mujer no era muy aficionada a llevar joyas, pero sí solía lucir un sello de la Primera Comunión de su hijo mayor con las iniciales R. B. Nadie ha podido asegurar que en las fechas del crimen lo siguiera llevando. Rodrigo dijo no saber dónde estaba esa pieza y sin embargo la Policía la encontró en una pequeña caja fuerte que había en la casa que la familia tiene en la parroquia de Queirugas, muy cerca de Verín (Orense) Incluso, de su puño y letra había escrito una lista en la que se leía: anillo R. B Al criminal aún le quedaba resolver su salida del piso sin dejar rastro. Ningún interruptor tenía manchas de sangre, pese a los abundantes regueros que había en casi toda la casa; es decir, el asesino conocía por dónde se movía, no necesitaba encender la luz. Un nuevo indicio de que alguien muy cercano a las víctimas estaba detrás de la matanza. Tampoco había rastros de sangre ni en el descansillo, ni en la escalera, ni en el ascensor, ni en las puertas, ni en el garaje, al parecer el lugar por donde huyó el criminal. En la casa faltaba algo de ropa de Rodrigo, por lo que está claro que el asesino se cambió en el mismo lugar del crimen, metió la ropa manchada en una bolsa y luego la tiró en algún contenedor. Sin huellas relevantes, sin arma homicida, sin posibilidades técnicas de extraer muestras de ADN, la investigación sólo se podía centrar en romper coartadas de aquellos que podrían ser autores, demostrar contradicciones significativas, acumular el suficiente número de indicios para desvirtuar la presunción de inocencia del sospechoso. No necesitaba luz Rodrigo Barrio intentó implicar a un sacerdote de su colegio y se cree que incluso planeó colocar pruebas falsas contra él Dijo que no poseía un juego de llaves del piso familiar, pero la Policía tiene indicios claros de que ha vuelto tras el crimen Hoy comienzan los registros La operación de la UDEV Central de la Policía no acabó con la detención de Rodrigo Barrio. Hoy está previsto el registro de la casa que la familia Barrio tiene en la parroquia orensana de Queirugas, donde el joven Rodrigo ha pasado estos tres años mucho tiempo encerrado y a la que no dejaba entrar a nadie. Los investigadores creen que en esta vivienda, el refugio favorito de la madre del muchacho y en la que habían invertido una buena suma de dinero, podría encontrarse algún elemento de interés que ayude a cerrar el círculo. Mientras tanto, al cierre de esta edición la Fiscalía de Menores aún no había tomado una decisión sobre el sospechoso, que desde las seis de la tarde fue sometido a un interrogatorio al negarse a responder a las preguntas de la Policía. El joven Rodrigo, tal como ha demostrado a lo largo de este tiempo con sus actitudes, está convencido de que no hay pruebas contra él. Quizá se lleve una sorpresa.